lunes 27, junio 2022
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El Presidente, sus desafíos y sus compañías

De cal y de arena

No será el súmmum de la perfección pero del gabinete que acompañará al presidente Carlos Alvarado sí puede decirse que es una expresión de idoneidad, inmejorable en la realidad política que está viviendo el país. Quedaron atrás los tiempos en que los partidos políticos eran un conglomerado de acción política atractivo, además con capacidad de convocatoria para los mejores en las líneas de la actividad pública, aulas de formación intelectual también atractivas a la gestión empresarial y al amplio y pujante espacio del trabajo asalariado. Devaluados como están los partidos, no están allí los de mejor pensamiento y más refulgente accionar. Ni se diga por lo que respecta al daño causado por los corruptos invasores de partidos y de la función pública, quienes los han descalificado al grado de manchar de desconfianza los cargos en la gestión de los poderes del Estado (quién pronosticaría esta suerte para el Poder Judicial) y de exponer a quienes los ocupen a la vindicta pública, al escrutinio de sus conductas, a una rendición de cuentas excesiva y por eso mismo, abusiva (por ejemplo, el listado de bienes y posesiones que hay que entregar a la Contraloría General de la República).

El gabinete del presidente Alvarado es visto con un generalizado beneplácito y salvo unos pocos casos en que se cuestiona la idoneidad para la función encomendada (la Canciller y el Ministro de Trabajo, v.g.), el equipo ha caído bien. Hay elementos descollantes, como los nombramientos de Rodolfo Piza, Rodolfo Méndez, Rocío Aguilar, Edna Camacho, André Garnier, Rodrigo Cubero  y Michael Soto, a quienes se les han encomendado tareas muy delicadas y de urgente requerimiento, de cuyo éxito van a depender los resultados en apartados vitales como el del desempleo, la inseguridad ciudadana, el colapso de la infraestructura, el descalabro financiero en la Caja del Seguro Social y el declive cualitativo de la educación pública. Es evidente que mientras no se ataquen los factores determinantes del colapso en las finanzas públicas, el país no va a poder acometer la pesada tarea de rehabilitar el empleo, la seguridad ciudadana, la infraestructura, la salud pública y la calidad de la educación.

Las personas a las que Alvarado ha dado ese duro encargo tienen méritos para desafiar obstáculos, lo que no obsta para advertírseles que ese reto exige algo fundamental: habilidad para la gestión pública, para negociar y construir acuerdos, lo que años atrás llamábamos capacidad para el juego político. Es evidente que esa maraña de problemas que se les ha confiado tiene como eje central, como elemento común que les liga, el requerir un abordaje claramente político.

El presidente electo ha dado muestras de comprender los límites del mandato que le dio el electorado. Ni su partido salió bien librado de las urnas, ni tiene autonomía política fuerte en la Asamblea Legislativa, ni le precede una gestión del PAC aclamada por exitosa, ni va a estar libre de la “fagocitosis política” de algunos diputados que no terminan de entender lo que ha pasado en las urnas.

Y por entenderlo, está convocando al gobierno a figuras de distinta filiación política para que trabajen sobre una agenda nacional que en muchos componentes lleva el sello de las propuestas de la Agenda Nacional conciliada por nueve partidos políticos bajo la inteligente conducción de Miguel Gutiérrez Saxe y Roberto Artavia.

El mandatario marcó los objetivos, trazó la ruta para alcanzarlos y seleccionó a las personas a cargo de la ejecución de sus proyectos. Ahora es él quien debe asumir la responsabilidad de conducir bien y armónicamente al equipo, de asegurar que interprete bien las partituras y de emprender –de la mano del Ministro de la Presidencia- la tarea de forjar los entendimientos políticos necesarios, misión fundamentalmente radicada en la Asamblea Legislativa donde les será indispensable hacer algo muy distinto al desteñido e irresponsable desempeño del presidente Solís y de sus ministros Jiménez y Alfaro.

En la Asamblea Legislativa habrá que tomar decisiones vitales que deben llegar a plasmarse en acuerdos políticos acertados en contenido y en tiempo. Por eso mismo los diputados no pueden mirar a distancia los acontecimientos sino que les es exigible aportar la otra parte fundamental del deber de sacar al país del atascadero en que está: diseccionar lo que propone el Ejecutivo, estudiarlo y resolver, bien sea acogiéndolo en su forma original o enmendándolo. No será tarea fácil.

Primero, por los celos que hierven en el caldero de la política. Segundo, porque los partidos sienten el latigazo del electorado y temen adentrarse en el camino por el que va el gobierno, sin tener en claro qué y cómo conducirá el timón don Carlos. Tercero, porque cada fracción no oficialista guarda escondida su baraja y no la va a comprometer. Cuarto, porque hay suficientes señales de que allí en la Asamblea aún anida la fagocitosis política.

Serán la habilidad conductual, la aptitud política, la capacidad de dirigir armónicamente a su equipo y hacia objetivos muy claros, los que van a revestir al presidente Alvarado del liderazgo necesario para generar confianza en los espacios legislativos donde se tienen que configurar los apoyos políticos a sus propuestas.

Don Carlos Alvarado tenía dos rutas para imponerse la tarea de cumplir con su plan de gobierno: 1) llamar a figuras de reconocida idoneidad para encargarles la cartera ministerial o la gestión de una autonomía; 2) invitar a los partidos a compartir la gobernanza con representantes. Optó por la segunda ruta, aunque sin los respaldos de amplia base lo que le ha obligado a hacer ajustes en la colocación de fichas y a percibir reacciones de desconfianza. Probablemente no se imaginó un tropiezo así, que le ubica sus relaciones políticas con los partidos ajenos en un terreno distinto sometidos a un manejo también distinto al que le hubiese impuesto la primera ruta.

Por lo pronto, él y el PAC entran a un período de pruebas de plazo que no será muy largo, menos si él o su equipo incurren en meteduras de pata.

En la Unidad Social Cristiana se evidencian trazos de canibalismo inhabilitante. De Restauración Nacional todo puede esperarse salvo que entienda lo que es este país, lo que implica estar en el escenario político y lo que vale la experiencia para capitalizar credibilidad. Liberación Nacional se propone “velar armas”. Ayudó al gobierno a hacerse de la presidencia del Parlamento pero se cuidó de dejarle en claro que ni en Zapote ni en el PAC disponen de suficiente brazo político. Corre, sin embargo, el peligro de sucumbir a los flirteos de los “religiosos” que –por cierto- le han conducido a conflictos de alcoba en un pasado reciente. Y en punto a los partidos “turequeros”, pocos son sus arrestos para adquirir ciudadanía de actores políticos parlamentarios. Irán a rastras. Con la salvedad del Frente Amplio, cuyo diputado Villalta tiene el gran desafío de devolver a la izquierda la fuerza protagonista que perdió en los comicios de febrero.

Hay graves problemas de directa incidencia en lo social, lo fiscal y lo político. Su solución atañe a todos los costarricenses. Y es tarea a materializar en el corto plazo.

¿Estarán entendiendo los diputados el sentido del voto de los ciudadanos en las urnas?

Ojalá le vaya bien al presidente Alvarado Quesada. Más que por lo que acrecería su buen nombre, porque Costa Rica necesita que así sea.

(*) Álvaro Madrigal es Abogado y Periodista

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