miércoles 28, septiembre 2022
spot_img

Mi suegra, casi turrialbeña

Artículo aparecido en el número más reciente de la revista Turrialba Hoy

Un día de 1946 arribó a Turrialba una familia algo atípica, por estar colmada de muchachas lindas. Su patriarca, Eustoquio Villalón Montero, quien llegó como gerente del Banco Nacional de Costa Rica, era de padre puertorriqueño y madre costarricense. En Esparza había conocido a Deyanira Figueroa Valverde, una muchacha refinada, cuyo padre Clodomiro Figueroa Candanedo, proveniente de Chiriquí, había recalado en Puntarenas con su hermano Aníbal; exitoso comerciante, así como liberal y masón, con los años se convertiría en una prominente figura pública.

Luis Pérez y Mabel Villalón en Turrialba.

 

Rubia y de ojos verdes, con apenas 18 años de edad -estudiante aún del Instituto de Alajuela-, una de las hijas de don Eustoquio, nomás llegando estremeció el corazón de Luis Pérez Loaiza, un lugareño cinco años mayor que ella, hijo del español Federico Pérez Rubín, para entonces fallecido. A él la situación no le fue fácil, pues debió disputarla con otros jóvenes, pero tres años después, a inicios de 1949, contraía nupcias con ella. Como evocaciones de tan lindos tiempos, se deleitaba escuchando «Aquellos ojos verdes» y «Parece que fue ayer».

Para Mabel, muchachita criada con holgura económica y abundantes comodidades, la vida matrimonial no le fue nada sencilla al inicio. Narraba que no sabía siquiera cómo chorrear el café matutino, y Luis debía levantarse muy de madrugada a traer los peones, para atender la finca cafetalera perteneciente a él y sus hermanos, en Santa Rosa. Pero, poco a poco, fue aprendiendo a hacer de todo: cocinar, limpiar, lavar, planchar, coser, zurcir, tejer, bordar, curar, etc., con un esmero y calidad envidiables.

Sus manos hacían prodigios, realmente, pero era porque así se lo dictaba su corazón de esposa y madre amorosísima. Sus siete hijos -engendrados en Santa Rosa-, con los que por circunstancias de la vida ella y su esposo debieron emprender un impensado y extenso periplo por Nuestro Amo, Esparza, Jorco y dos veces Heredia, atestiguaron el temple de esa mujer, que no se doblegaba ante ninguna adversidad. Y nunca se amargó, porque su alma rebosaba de bondad y dulzura, y a los malos tiempos oponía su inquebrantable y sabroso sentido del humor.

Me ufano de que, en más de 30 años de tratarnos, no tuvimos una sola desavenencia. Por el contrario, nos amamos como madre e hijo, y ese afecto se acrecentó aún más cuando, a inicios de 1991, me mudé a vivir a Turrialba, para laborar en el CATIE.

Residente en Heredia, cada vez que podía se valía de cualquier motivo para, a pesar de lo incómodo que era, tomar el autobús en San José y venirse a disfrutar de su nieta Darinka.

Además, con los años, era feliz confeccionándole trajes, para que apareciera en las veladas o en los desfiles escolares. Creo que, en el fondo, todo esto la hacía sentirse muy cerca de Turrialba, a la que llevaba muy prendida en su noble corazón. Adoraba a las gentes de aquí, y especialmente a las de Santa Rosa, entre quienes don Luis Aguilar y doña Adoración (Chon) Salazar eran sus invariables contertulios nocturnos. Varias veces me dijo que sería muy feliz si pudiera vivir sus últimos años en este amado terruño.

Tras casi 67 años de una cálida, virtuosa y ejemplar vida matrimonial, en agosto de 2015 y a los casi 92 años de edad, falleció don Luis. Afectada por varias isquemias o micro-derrames desde meses antes, el dolor laceró el alma de doña  Mabel y exacerbó su padecimiento, para entrar en una especie de mutismo. Lúcida, de mirada vivaz e inextinguible sonrisa, así como invariablemente coqueta, ya no podía articular frases completas, pero aún así hasta sus días finales pudimos comunicarnos, para hablar de muchas cosas, entre las que no podía faltar Turrialba.

Partió en paz, a los 89 años de edad, en la madrugada del 6 de marzo, mientras dormía. ¡Quién sabe! Pienso que, tal vez, en ese trance final previo a su partida, su mente la llevó al día en que un apuesto y tímido muchacho llamado Luis se le acercó para decirle cuánto le gustaba. Y, no me cabe duda, ese mismo fue el día en que selló su pacto de indeclinable afecto por las gentes y el paisaje de Turrialba, que tanto colmaron y alegraron su buen corazón.

(*) Luko Hilje Q.

(luko@ice.co.cr)

Más noticias

5 COMENTARIOS

  1. Contrasta tu afecto y buen recuerdo de tu suegra con las expresiones propias de quienes no han conocido como suegras a cuasi madres,como relatas fue el caso de doña Mabel.
    Yo que tuve el placer de tener una suegra cuasi madre:doña Trina..se lo que eso ha significado en mi vida matrimonial.

    Jorge.

  2. Muchísimas gracias, de niño, por el cariño que mi madre Montserrat Royo tuvo con doña Mabel y por su puesto con don Luis, que era del mismo grupo de muchachos y muchachas de aquella época en Turrialba, aprendimos a querer a doña Mabel y las hermanas.

  3. Un hermoso homenaje lleno de gratitud y amor hacia tu suegro, una prosa exquisita como siempre, estimado Luko Hilje. Gracias por compartir.

  4. La eclosión de millones de hermosas flores es silenciosa, en cambio las detonaciones de una sola arma son molestas e intimidantes, «de la abundancia del corazón habla la boca!» y de la riqueza del alma nos muestran sus obras diría yo. Gracias Luko por renovar una vez más nuestra fe en la Humanidad a través de estas bellas pinceladas que retratan una alma generosa, valerosa y buena; dichoso usted que a conoció y trató por tanto tiempo. El mundo de hoy con sus sucesos y maldades a veces nos deja un mal «sabor» en el alma; pero un relato como el tullo fresco, honesto y campirano, cae como las primeras gotas del invierno, en la sequedad agrietante de la tierra torturada por meses del inmisericorde sol del estío. Muy bello relato que retrata una muy bella familia y una gran mujer; gracias por compartirlo.

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Últimas Noticias