martes 7, diciembre 2021
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De ratones y libros (Of mice and Books), 36

Aloysius Bertrand. Escultura de David D’Angers. Redes

Viajes por mi biblioteca, 36

A Federico.  La luz de su recuerdo alumbre mis pasos

Aloysius Bertrand, aunque en momentos mostrara signos de coraje y gallardía, era un hombre bueno, dulce y compasivo, a quien la incomprensión, la pobreza y la enfermedad  precipitaron a una muerte prematura.  Había nacido en la ciudad de Ceva, en la Región del Piamonte, Italia, en 1807, con el nombre de Louis Jacques Napoléon Bertrand; fruto de la unión de un oficial francés y una dama piamontesa, durante la ocupación militar que siguió a la victoria de Marengo. Cuando tenía 7 años su familia se radicó en Dijon, Francia, donde el joven inició sus carreras periodística y literaria. Carreras en las que, sin embargo, nunca llegaría a triunfar, a pesar de que su particular talento poético fue tempranamente reconocido por gigantes como Saint Beuve  y Victor Hugo.

Aloysius Bertrand anheló el amor, a la vez que luchó afanosamente por alcanzar el reconocimiento público y la fama por virtud de su obra única, inimitable, titulada Gaspard de la Noche: fantasías a la manera de Rembrandt y de Callot. Todo ello le fue negado. La suerte nunca acompañó sus obligadas y angustiosas estancias en París: las reiteradas visitas a las casas editoras, las esperas interminables que culminaban en cero (por quiebra del editor) o en aplazamientos que devoraban los años, le fueron arrancando en pedazos su salud y sus ilusiones. Los años de iniciación lo vieron combatiendo por los ideales del socialismo, pero la última parte de su corta vida la vivió arrinconado, solitario y famélico, entre la pasión fervorosa por la belleza poética, que nunca lo abandonó, y una bohemia pobre compartida con otros parias del arte y la literatura.

Víctor Hugo. Redes

Empero, delante de sus amigos más afortunados (el pintor Louis Boulanger, Víctor Hugo, Charles Nodier, Saint-Beuve, Nerval, el gran escultor David d’Angers), que componen una generación aguerrida de la cual él, Bertrand, formaría parte entre los más jóvenes, oculta cuidadosamente sus dificultades.  Apenas David, más perceptivo, llega a conocer al final su oscura tragedia; la tuberculosis, la pobreza y la desesperanza están matando a Bertrand (en 1838 ya ha tenido que hospitalizarse dos veces). Saint Beuve le busca nuevo editor; David le procura ayuda médica y monetaria, pero ya no hay remedio.

De igual forma, aquellas miserias tampoco afloran explícitamente en las páginas de su libro; el cual, sin embargo no puede en su conjunto ocultar un perfume sutil de melancolía que lo impregna por todas partes.  Aloysius Bertrand no se duele nunca de su suerte, que sabe inmerecida: está lúcidamente seguro de que su obra es inmortal, pero su paso por el calvario de la incomprensión, la indiferencia y la mala fortuna lo inclina hacia un cierto fatalismo y a un dejo amargo que, en ciertos momentos, transparece apenas en alguno de sus versos:

                   El amor, como el almendro,

 tiene sus flores perfumadas

 pero amargos sus frutos.

O la expresión de irónica tristeza que aparece en la dedicatoria del Gaspard   “Al señor Victor Hugo”:

‘…Cuando a un bibliófilo le dé por exhumar esta obra enmohecida y carcomida, leerá en ella, en la primera página, tu nombre ilustre, que no habrá servido para salvar al mío del olvido.’

David D’Angers

En el Cementerio de Montparnase hay un mausoleo, obra magistral de David d’Angers, coronado por un busto con una cabeza de anciano cruzada por el dolor: es la efigie de un Aloysius Bertrand de 32 años, que aparenta al menos 70, y que sintetiza cruelmente el drama de su existencia.

Esperando cada vez más ansioso la publicación de su libro, que había entregado al enésimo editor en 1836, y cuya aparición se demoraba incomprensiblemente, Bertrand muere de tisis y de tristeza a los 34 años de edad, en abril de 1841, después de enterarse de que la edición sufriría un nuevo, fatal aplazamiento.  No pudo saber que Gaspard de la Nuit vería por fin la luz en fecha cercana: el fiel David d’Angers, que acompañó al enfermo hasta el ultimo momento, logra poco después rescatar el manuscrito de manos del reprobable editor,  y asume los costos de la publicación de aquel incomparable libro de poemas que renovará los géneros literarios en Francia y en el Mundo.

En efecto, en aquel su único libro publicado, el Gaspar de la Nuit, Aloysius Bertrand inventó un género nuevo: el poema en prosa; y con ello procuró a los lectores de su tiempo y del porvenir un nuevo deleite estético, abriendo el camino por el que marcharán grandes maestros de la literatura como Edgar Allan Poe, Sully-Proudhome, Rubén Darío, Rainer María Rilke, André Gide, Jorge Luis Borges y otros. Así lo reconoce el gran Charles Baudelaire en 1867, cuando confiesa que ha tomado al Gaspard  como modelo para su famosísimo Spleen de Paris, otra muestra genial de prosa poética.

Los poemas de Bertrand son estampas medievales y renacentistas casi siempre crepusculares o nocturnas, narradas en tono entre irónico y nostálgico por un personaje ubicuo (Gaspard de la Noche); y abarcan una gran variedad de temas. Muy joven comenzó el poeta a componerlos: ya alcanzaban un número significativo cuando Bertrand viajó a París por primera vez, en 1828, pero en los años sucesivos continuó puliéndolos y corrigiéndolos infatigablemente, hasta lograr que cada uno de ellos alcanzara, en un francés impecable, levemente arcaizante, aquel balance perfecto entre sonido y sentido, que es tan difícil de conseguir en las traducciones. Veamos un solo ejemplo:

                                                           “…LA ESCUELA FLAMENCA

  1. HAARLEM

Cuando cante el gallo de oro de Amsterdam,

la gallina de oro de Haarlem pondrá un huevo.

Las Centurias, de Nostradamus

Haarlem, ese admirable tumulto que resume la Escuela Flamenca. Haarlem, pintado por Jan Brueghel, Peeter Neefs, David Teniers y Rembrandt.

Y el canal donde tiembla el agua azul, y la iglesia cuyas vidrieras de oro resplandecen, y el balcón donde la ropa se seca al sol, y los tejados, verdes de lúpulo.

Y las cigüeñas que aletean en torno al reloj de la villa, y estiran el cuello allá arriba, en los aires, recibiendo en el pico las gotas de lluvia.

Y el despreocupado burgomaestre que acaricia su papada, y el enamorado florista que se consume con la mirada clavada en un tulipán.

Y la gitana ensimismada con su mandolina, y el anciano que toca el rommelpot, y el niño que infla una vejiga.

Y los bebedores que fuman en la lóbrega taberna, y la moza de la posada que cuelga en la ventana un faisán muerto…”

La obra es perfecta, fue salvada y vive con vida propia. Pero mi pensamiento vuela hacia atrás, hacia  el perdedor Aloysius, que prodigó a manos llenas su amor y su genio, y sólo consiguió a cambio beber en el amargo cáliz del rechazo y la derrota, fieles compañeros hasta el fin de sus días. Aloysius murió con el dolor de no ver impreso su poema, y con el amargo temor de que, si por suerte adversa, de la misma manera en que había sucedido hasta aquel momento final, la publicación no llegara a materializarse, el Mundo nunca llegaría a conocer sus poemas, y entonces habrían sido vanos su fina sensibilidad poética, su paciente meticulosidad y su apasionado furor creativo.

Así, aunque su libro conociera la gloria; Aloysius no conoció más que el fracaso. Pero detrás de fracasos como ése, alcanzo a ver los signos de la verdadera grandeza humana de aquella vida: la lealtad a sus amigos, la humildad, el decoro y la cortesía, la buena voluntad y la solidaridad con los débiles.   

Y sigue.

(*) Walter Antillon Montealegre es Abogado y Catedrático Emérito de la Universidad de Costa Rica.

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