lunes 3, octubre 2022
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¡Sorpresa! El acoso aún existe

El tema del acoso ha sido sin duda uno de los más puestos sobre la mesa de debate y en visibilizarse, con toda razón, cuando tratamos cualquier tema referente a la situación actual de la mujer en nuestro país. Es evidente que la situación ha sido difícil, grave, dura, pero así de dura se ha planteado la respuesta para combatir un mal de este tipo, que afecta a miles de mujeres de una manera impensable por una persona (seamos claros: hombres) que desde su comodidad nunca ha sido víctima de ello.

Enfoquémonos en el acoso sexual, el cual definiremos así: “Por acoso sexual se entienden todo aquel tipo de conductas intimidantes o coercitivas de naturaleza sexual. Este tipo de agresiones pueden ser físicas, verbales o no-verbales.” (definición de psicologíaymente.net).

Este ha estado presente en nuestra sociedad desde que tenemos memoria, sí, en su momento más normalizado que en la actualidad. Para muchos fue común el “típico” silbido y “comentarios sucios” a compañeras de colegio o hasta escuela, y para otros se convirtió (mi caso personal) en una tortura el salir a la calle con la hermana (o cualquier mujer), pues esto significaba escuchar comentarios de todo tipo (humillaciones), por personas de todo tipo; niños, jóvenes, adultos y adultos mayores; desde constructores, barredores de calles, hasta hombres de saco y corbata; provenientes de personas en bicicleta, en motocicleta, o automóviles último modelo. El acosador es acosador, sea indigente o gerente de banco.

Tras muchas (y diversas) luchas se ha logrado combatir este problema, pero aún sigue muy presente, y se siguen repitiendo las prácticas de hace algunos años. Cuando alguna mujer denuncia el acoso se recurre a los mismos comentarios: “¿cómo andaba vestida?”, “de seguro hasta le gustó”, “¿para qué se expone?”. Todos apuntando a cuestiones enteramente personales, poco relevantes y que no restan importancia a lo sucedido. Poniendo a la mujer en la posición de objeto, pertenencia del hombre, la cual al parecer pierde todos los derechos y libertades por la mínima acción.

El acoso se da en presencia de relaciones desiguales de poder, tomando en cuenta que en esta sociedad en muchos casos el solo hecho de ser mujer conlleva a la desigualdad. Estas relaciones desiguales se dan siempre, desde el hombre fuerte y grande que acosa con complejo de superioridad, el profesor que puede cambiar notas y acceder a expedientes académicos, y lo usa a su favor para cometer casos de acoso, y hasta el hombre económicamente más poderoso. Relaciones de poder desiguales, muy presentes, desde las cuales resulta difícil enfrentar el problema, y lograr si quiera acabar con él (sin que el acosador pague por lo hecho).

Y ¿por qué solo hablar del acoso hacia la mujer? Pues claro que el hombre también es víctima de acoso, pero en contextos poco comparables. Se nos ha educado con la idea de que podemos acosar, que está bien, es normal y no es violencia, tampoco hemos sido víctimas de esto en las peores circunstancias, cuando se nos presenta es tomado como un juego, un chiste o incluso como un motivo de tener orgullo, no existen las mismas posibilidades de que nos sintamos vulnerados. Pero es suficiente entender que es una falta de respeto, y una violación completa a las libertades y espacios de cada persona.

Es un obstáculo para el combate del acoso el hecho de que siga siendo difícil el denunciarlo en casos como el hecho público hace poco, sucedido según se denuncia en la Universidad Católica de C.R., espacios en los cuales es sumamente fácil manipular documentos, actas y donde está claro que hay muchas posibilidades de impunidad. Otro obstáculo se presenta en el mismo derecho, y lo difícil que resulta (en la mayoría de casos) en el “santísimo” debido proceso probar un caso de acoso, y los muchos portillos existentes para que estos queden igualmente impunes.

Algo hay que tener presente, indispensable en nuestra realidad; el acoso no es un juego, en ningún caso es aceptable, y en ningún caso es menos dañino. El acoso es el mismo sin importar quien lo ponga en práctica, sea que este se normalice en la música, el cine, la televisión o redes sociales. El acoso nunca será culpa de la víctima, nunca existirán razones para hacerlo, y nunca será aceptable.

Dejemos de asumir que el cuerpo y la ropa de una mujer (o cualquier circunstancia) son para provocar, en todo caso nada nos da derecho de acosar. Al acoso no se le discute; se le combate. Y recordemos siempre esta frase de Simone de Beauvoir: “El opresor (acosador, en este caso) no sería tan fuerte si no tuviese cómplices entre los propios oprimidos” (cualquiera que no participe de la lucha contra el acoso desde su espacio y posibilidades, es cómplice), trabajemos para que no existan oprimidas, y tampoco cómplices entre las oprimidas.

(*) Jorge Soto Paniagua, Joven Esparzano. Estudiante de derecho en la UCR-SO. Activista cultural y social, miembro de organizaciones juveniles, y representante ante el CCPJ de Esparza.

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2 COMENTARIOS

  1. Es una tristeza que las mujeres callen este tipo de situaciones.
    Y aun mas triste que las autoridades no castiguen con dureza a estos sujetos que acosan a la mujer.
    Estos sujetos son una vergüenza, al parecer no tuvieron madre, porque no piensan en lo que sintirian si se la acosan.
    Esto hay que combatirlo hasta erradicarlo.

  2. La educacion desde edadades muy tempranas sera basica para acabar con el acoso a la mujer .Educar para erradicar la sociedad patriarcal . Para que todos podamos aprender y entender que hombres y mujeres valemos por igual .Tal parece que es esta condicion de poder del varon sobre la mujer la que le da derechos sobre ella para acosarla , tocarla decirle «piropos»que son verdaderos insultos e irrespetarla a placer.Una nueva educacion que nos ayude a consturir y o a reconstruir nuestro genero bajo condiciones de igualdad y valores eticos es inprecindible
    Y no se debe claudicar ante mentes machistas y retrogradas que se cobijan bajo teorias de ideologias de genero quieriendo confundir a muchos para mantener asi sus costumbres .y «tradiciones», y porque no su zona de confort .
    .

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