domingo 28, noviembre 2021
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De ratones y libros (Of mice and Books), 37

Viajes por mi biblioteca, 37

¿Cómo podría vivir dentro de una biblioteca virtual yo, que soy un ratón avezado en bibliotecas de estantes, cartones y papeles? Pero sí: confieso que ya empecé a leer en un tal ‘kindle’: colector electrónico de libros que me permite aumentar el tamaño de la letra de cada página, para lograr una lectura fluida y placentera. Que me perdonen mis viejos libracos, leales compañeros que a mi lado soportan ahora su propia vejez. Y ni hablar del ‘Audio-Libro’, que te regala el oído con tus novelas, ensayos y cuentos favoritos, bien narrados por una voz femenina o masculina.

Pensionado y todo, pipiriciego y todo, hoy por hoy tengo más trabajo y debo ser más laborioso e incansable que nunca; pero mis lecturas, por ‘la fuerza de las cosas’ (Simone de Beauvoir dixit), provienen cada vez más de las pantallas y emisoras electrónicas: cada vez menos de mis amados libros. Y el resultado es que ahora dispongo de más  (aunque quizás menos confiables) fuentes de información. Hay que quitarse el sombrero, los que usamos sombrero, ante aquel ingenio que nos permite tener ante los ojos, en el momento en que queramos, un artículo publicado en el primer número de la Rivista Italiana per le Scienze Giuridiche fundada en 1886, en la Universidad de Roma, por los profesores Francesco Schupfer y Guido Fusinato; o un tomo de la versión francesa de la Geschichte der Römisches Rechts im Mittelalter de Federico Carlos Savigny (traducción de Charles Genoux publicada por el editor Hingray, París, 1839).

Por otra parte, aquello de que ‘loro viejo no aprende palabra’ será cierto para los loros, pero no para la gente. A mis años leo novelas, me conmueve la poesía; sigo estudiando, sigo aprendiendo; …sigo también sin entender muchas cosas, pero no hay duda de que soy menos burro que a los 20 o a los 30.  Si conserva las ganas, uno no termina nunca de aprender, porque después de años y años de acumular el fruto de tantas lecturas, siento que ahora es el tiempo de profundizar en aquellas cosas que sabemos más importantes. Y la recompensa de tantos afanes y fatigas es el inmenso placer de comprender: súbita iluminación de un espacio en sombras.

Liceo de Costa Rica. Dominio Público

Creo que ya les había contado esto (en cuyo caso, tengan la cortesía de disimular): cuando era alumno de II Año en el Liceo de Costa Rica (¿1947?) recibí un curso de Historia de Europa Medieval que me dejó fascinado. El Profesor, que no era un historiador académico sino un egresado de la Carrera de Derecho y un apasionado por la Historia, acertó a mostrarme tan vívidamente aquella época y aquellos seres humanos que se movían entre la contrita plegaria y la más extremada violencia, que comprendí de golpe su humana proximidad (casi sentía el hedor espeso de sus cuerpos en mis fosas nasales), a pesar del milenio transcurrido entre su tiempo y el mío. Desde entonces mi constante interés en la Historia y en la Cultura de la Humanidad; particularmente en la Historia y la Cultura de Occidente, que nos atañen más directamente a los latinoamericanos; aún cuando, sea dicho al pasar, no fuéramos culturalmente occidentales, sino ‘occidentalizados’, como sostiene Arnoldo Mora.

Lo cierto es que, como lo he mencionado en otros ratones de esta serie, desde aquellos lejanos años del Liceo se me fijó una insaciable curiosidad por la Historia; pero, precisamente, en mi condición de ‘occidentalizado’ me impuse el deber (que en realidad era un placer) de priorizar el estudio de los complejos y fascinantes procesos de desarrollo y transmisión de la Cultura greco-latina, del Derecho romano y del Cristianismo a través de los siglos, hasta dar con el Mundo de hoy. Y siguiendo ese patrón me encontré con la sorpresa adicional de que las grandes obras históricas del pasado y del presente eran, invariablemente, exquisitas obras literarias.

Para empezar la lista debo mencionar de primero al gran orador romano Caio Julio César, genio político y militar que nos dejó en su De bello Gallico (Guerra de Las Galias) una apasionante historia y a la vez una de las obras maestras de la literatura latina clásica. Y saltando siglos, por el placer eufónico que nos deparan sus libros, invoco los nombres de Nicolás Maquiavelo y sus Istorie Fiorentine (1532); de Voltaire y Le Siècle de Luis XIV (1751)y de Edward Gibbon y su History of the Decline and Fall of the Roman Empire (1776).

Apenas atemperados los efectos del grandioso preámbulo de la Ilustración (Vico, Montesquieu, Herder, La Enciclopedie, Kant y Hegel), es en el Siglo XIX cuando se inaugura el verdadero reinado de Clío, que con sobrada razón es Musa de la Historia y de la Poesía Épica. Es el tiempo de los grandes historiadores académicos, desde los alemanes Berthold Niebuhr, Leopold Ranke, Karl Friedrich Eichhorn, Theodor Mommsen, Eduard Meyer, hasta los franceses Augustin Thierry, Jules Michelet, François Guizot, Denys Foustel de Coulanges y Adolphe Thiers, los italianos Carlo Botta, Pietro Coletta, Cesare Cantù, Guglielmo Ferrero, el suizo Jacob Burckhardt, los ingleses Thomas Arnold, Thomas Carlyle, William Stubbs, George Macaulay Trevelyan, los españoles Francisco Martínez Marina, Eduardo de Hinojosa, Julián Juderías. Ramón Menéndez Pidal. Les seguirán, ya en el Siglo XX, las colecciones monumentales, producto de la colaboración de muchos especialistas, de Wilhelm Oncken, de Walter Goetz, de Henri Berr (L’Evolution de l’Humanité); de la Universidad de Cambridge, de la Fischer Verlag de Frankfurt, etc.; y las grandes síntesis de Oswald Spengler (Untergang des Abendlandes) y Arnold Toynbee (A Study of History).

Todos ellos son conmovidos testigos de la sempiterna fatiga de la hueste humana en la Tierra; de sus progresos y caídas hasta nuestros días; de las insalvables fragmentaciones y querellas que la dividieron en libres y esclavos, ricos y pobres, cultos e ignaros, y que están todavía presentes en las brechas económicas, sociales y culturales del Mundo de hoy.

Pero también son testigos de aquel incansable esfuerzo por entender y recordar lo entendido, que está constantemente presente en el desarrollo de las civilizaciones en todas las épocas y lugares: el esfuerzo humano en la construcción del pensamiento racional y en la formación del acervo de las ciencias, las artes, las letras y la tecnología, con sus marchas y contramarchas; en el hambre y la sed de Justicia de los pueblos que pugnan implacables a través de la Historia.

Una época paradigmática de las aspiraciones y los esfuerzos humanas que quiero usar como ejemplo en estas páginas es, indudablemente, aquel período de la Historia Occidental llamado ‘El Renacimiento’, que se extiende entre los Siglos XIV y XVI; período durante el cual, en medio de las más ásperas contradicciones, Europa consigue en buena medida recuperar (y luego propagar por el Mundo) los ideales filosóficos, artísticos y científicos de la Cultura Greco-Latina que habían sido originalmente implantados por los romanos en todos los confines de su Imperio, durante los primeros siglos de nuestra Era.

El Renacimiento ha sido cantado por los músicos y los poetas épicos y dramáticos, y analizado e interpretado desde diferentes puntos de vista por historiadores, filósofos, sociólogos, economistas, politólogos, naturalistas, etc.  Es sin duda un episodio decisivo para la determinación del destino de Europa y del Mundo.

De ahí que particularmente los historiadores del Arte, de la Cultura y de la Política han hecho del Renacimiento objeto de profundos y eruditos estudios, plasmados en obras que son clásicos de la literatura y la historiografía universales; desde ‘El Renacimiento’ del esteta británico Walter Pater (Iberia, Madrid, 1955), pasando por La Cultura del Renacimiento en Italia del historiador suizo-alemán Jacob Burckhardt (Losada, Buenos Aires, 1952) y por la monumental obra del erudito inglés John Addington Symonds titulada también El Renacimiento en Italia (Fondo de Cultura Económica, México, 1995).

Al final de su incomparable retablo sobre los días más brillantes de la Corte de los Duques de Borgoña en los Países Bajos, en los postreros años del Medioevo europeo, el historiador y humanista holandés Johan Huizinga nos deja la siguiente imagen relacionada con los acontecimientos que en aquel momento están a punto de eclosionar:

“…El Renacimiento llega cuando cambia el ‘tono de la vida’, cuando la bajamar de la letal negación de la vida cede a una nueva pleamar y sopla una fuerte, fresca brisa; llega cuando madura en los espíritus la alegre certidumbre (o ¿era una ilusión?) de que había venido el tiempo de reconquistar todas las magnificencias del Mundo Antiguo, en las cuales ya se venía contemplando largo tiempo el propio reflejo”

(EL OTOÑO DE LA EDAD MEDIAMadrid, 1952, pág. 450)

Y sigue…

(*) Walter Antillon Montealegre es Abogado y Catedrático Emérito de la Universidad de Costa Rica.

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