martes 30, noviembre 2021
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La rebelión del consumidor. Parte II

En un artículo anterior, “La rebelión del consumidor, única arma de las mayorías”, tomaba en consideración el punto del abaratamiento (relativo) y la proliferación de bienes de consumo no imprescindibles (bienes suntuarios), las múltiples formas de crédito en aumento, aunadas a una publicidad y tretas de Mercado para hacer creer en su imprescindible necesidad de tener todo: “el complejo de Dom Perignon o el afán de tenerlo todo”, síndrome muy estudiado en psicología de masas hace más de tres décadas y abandonado ante el empuje del capitalismo salvaje, que si ha sabido utilizarlo para crear pseudo clases basadas en el consumo desmedido y la falsa idea de que sin esos objetos se es menos: somos lo que tenemos, o como me visto me ven y como me ven valgo.

Ver: La rebelión del consumidor: única arma de las mayorías (Parte I)

Ahora quiero enfocar esta segunda parte en un importante punto, muy claro en la encíclica del Papa Juan Pablo II, Laborem exercens, sobre la dignidad del trabajo humano en franco detrimento ante la industrialización en manos de la mecanización a ultranza, que menoscaba la capacidad de supervivencia de las grandes mayorías, creando otro mal aparejado al consumo patológico, la desocupación galopante y el subempleo, ante una aplicación fría y cada vez más perniciosa ley de mercado: el máximo retorno de capital, de Adam Smith.

Dicho en lenguaje coloquial. En nuestro medio, Costa Rica, tenemos que sumar un mal que se ha venido creando para combatir un mal mayor, la creación de dos tipos de empleado público: los clase A qué tienen todo tipo de prebendas y gollerías y que fueron creados por la clase política para el empoderamiento de ellos y colocar amigos y parientes, ahora esa misma clase dentro de sus privilegios, desean y han creado un empleado público de segunda clase: empleado clase B, con salario único y mucho más bajo, sumándole la imposibilidad de ver algún día una jubilación, que llegará a los setenta o más años, es decir cerca de la muerte. Tenemos con las estrategias privadas y las públicas, un verdadero efecto Catalina que incrementa los males de la sociedad, sacrificando a enormes mayorías por el bien personal de pequeñísimas minorías, estas mayorías encuentran su razón de ser en ese anonadarse en las cosas baladíes y embrutecedoras: basta ver un “Mall” en Domingo, se cambió el turno del pueblo por un turno de consumo que llena ese vacío existencial.

El punto pivote de la contaminación ambiental y el desastre ecológico, tiene su máximo exponente en este vertiginoso mercado de multitudes, a un precio ecológico Inmenso, y posiblemente irreversible en su camino hacia una crisis de ruptura del equilibrio de la naturaleza, que hoy por hoy siembra desesperanza a manos llenas y a vista y paciencia de las silenciosas grandes mayorías.

La juventud, especialmente los Millennials, se refugian en los juegos y la vida virtual, las drogas y el alcohol, como su única ruta de evasión ante el desastre que se muestra en su horizonte. La generación anterior ha abandonado la realidad social para refugiarse en una realidad virtual de redes sociales, donde hacen su vida entera. Se entra a cualquier institución pública y privada y todos o casi todos los empleados están pegados a la pantalla del celular, dejando al lado la posibilidad de pensar, nos han robado el dinero, el tiempo y el intelecto, mediante tretas verdaderamente diabólicas y dirigidas a la enajenación del género humano.

Esta crisis de la reflexión impide ciertamente que podamos defendernos, hemos sido utilizados por múltiples fuerzas económico-políticas, para convertirnos en nulidades absolutas: el camino a la explotación de las mayorías por verdaderas y poderosas minorías, está en marcha.

¿Hay solución? Me temo que en el mejor panorama, no, no sin antes pasar por una verdadera revolución social, que socave al sistema como un terremoto grado 10. Un reordenamiento que es incuestionable no vendrá de parte de esas minorías privilegiadas, vendrá de las grandes masas desesperanzadas y hartas de hacerse cada vez menos invisibles. ¿Cuándo llegará? Muy simple, cuando el sistema no tenga más puntos de elasticidad y no exista siquiera la posibilidad de aturdirse en el consumo compulsivo, la nueva droga legal.

Llegará el momento en que alguien grite a voz en cuello: “expoliados del mundo entero, uníos” (expoliar: Despojar con violencia o con iniquidad). No será sencillo, no, será muy doloroso para todos, ricos incluidos, porque la paz social perdida solo se recupera con dolor, algunas veces ni el dolor mitiga las grandes convulsiones sociales.

(*) Dr. Rogelio Arce Barrantes es Médico

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