jueves 8, diciembre 2022
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El templo anhelado por los naranjeños

Naranjo, mi cantón natal, ha tenido cuatro iglesias en el curso de su historia, según un testimonio de El Cisne Azul, seudónimo del lugareño Guillermo Mata Arce; su relato aparece en el breve pero importante libro Naranjo y su iglesia, editado en 1929 por el padre José del Olmo Salvador como un informe final referido a la construcción del actual templo. Mata indica -sin referirse a su ubicación- que a él le contaron que la primera iglesia tenía su fachada hacia el sur, en tanto que las otras tres se orientaban hacia el oeste. Eso sí, las cuatro ocupaban el cuadrante actual.

Por su parte, en el libro Naranjo y su historia (1835-2004), el historiador José Luis Torres Rodríguez documenta que, por iniciativa del párroco Pedro Sandoval, entre enero y julio de 1871 se erigió el bello y macizo templo que sería víctima del terremoto de 1924. De éste, el ya citado Mata expresaría que «se decía que era una de las mejores iglesias de la República», y «de una hermosura y una aparente solidez que atraía la admiración de cuantos visitantes llegaban a Naranjo». Es decir, de los escritos de Mata y Torres se colige, de manera implícita, que las dos primeras fueron capillas o ermitas con muy modestas y endebles edificaciones.

En cuanto al templo al cual aluden, para que no quede duda de su sencilla hermosura, se dispone de una elocuente fotografía de su frontispicio (Figura 1). Dicha imagen está en manos de las hijas del croata José Jengich Stilinovich y la costarricense-alemana Hilda Buck Beer, quienes las han conservado por muchos años, al igual que otras dos vistas laterales, las cuales se mostrarán pronto. No obstante, a pesar de la calidad de su construcción, esa edificación no soportó la arremetida de un despiadado terremoto ocurrido a las cuatro de la madrugada del 4 de marzo de 1924 -día de San Casimiro-, seguido por otro sismo dos horas después, «más corto en duración, pero mayor en intensidad», en palabras del padre del Olmo. Su epicentro tuvo lugar en Orotina, a tan solo 26 km de distancia.

Figura 1. Antigua iglesia de Naranjo.

Tal fue el impacto del sismo, que «las pocas paredes de adobe que había fueron destruidas totalmente», en tanto que las demás, que eran de calicanto -es decir, de piedra unida con argamasa de cal-, no se libraron de su intensidad. En efecto, «las paredes laterales, si no se vinieron al suelo, lo atribuyo a los grandes poyos que las sostienen, pero rajadas en todas las direcciones», aunque «tenían de espesor un metro y estaban construidas de piedra y argamasa, con una longitud de 200 metros lineales». La solidez de esas paredes se capta en dos imágenes del costado derecho del templo (Figura 2), en una de las cuales se observan gruesos contrafuertes o bastiones oblicuos (Figura 3), que el padre denominara poyos de manera incorrecta según el arquitecto Andrés Fernández.

Figura 2. Costado derecho de la antigua iglesia.

Figura 3. Contrafuertes, más torre.

A esto se sumaba que «las cornisas habían caído todas al suelo», que «la verja de mármol del presbiterio fue arrancada desde su base y lanzada fuera como tres metros», y que «el ábside [especie de cúpula sobre el altar], [estaba] caído en su totalidad [y] las dos sacristías casi completamente destruidas», mientras que «la fachada por un desplome de ocho pulgadas puede caer de un momento a otro».

Cabe hacer una digresión para indicar que por entonces vivía frente a la esquina sureste de la iglesia una adolescente llamada Carmen, quien estaba pronta a cumplir 14 años. Y, ¡cosas del destino!, jamás habría imaginado que gracias a aquel incidente telúrico que con tanta violencia sacudió los suelos y hasta las almas de todos los habitantes del cantón, un día llegaría ahí quien se convertiría en su esposo.

Para retornar al lamentable estado de la iglesia, se conservan dos fotografías fehacientes, que parecieran corresponder a la fachada y la parte posterior del templo, respectivamente. Sin embargo, ambas retratan el frontispicio, como lo delatan el arco punteado que formaba el dintel de la puerta central y la presencia -a la derecha en las fotos- de un pequeño y delgado árbol, con tres bifurcaciones; este arbusto podría ser de murta, según el botánico Quírico Jiménez Madrigal. La primera (Figura 4) fue tomada por el conocido fotógrafo local Juven Hidalgo Blanco -nacido en 1890, por lo que para entonces frisaba los 34 años de edad-, pero en la segunda (Figura 5) no consta quién fue su autor. De estas valiosas fotos, la segunda está en los álbumes fotográficos de mi familia, en tanto que la primera me fue facilitada por don Rogelio Rodríguez Barquero, gracias a la mediación de don Carlos A. Ramírez Villalobos, ambos domingueños; la heredó de su tío Abraham Rodríguez Salas, quien fuera médico en Naranjo por muchos años.

Figura 4. Frontispicio, tras por el terremoto de 1924.

Figura 5. Frontispicio, ya sin la torre derecha.

Al observarlas con detenimiento, en ambas imágenes hay personas activas. Ello sugiere que se estaba reconstruyendo el edificio, pero el testimonio del padre del Olmo es muy claro en cuanto a que en los días subsiguientes debió procederse con «los trabajos de demolición de los averiados muros», para lo cual se conformaron brigadas de vecinos, sin distingos sociales; incluso hubo que dinamitar algunas paredes, para lo cual se contrató a Augusto L. Beer Bauer. La presencia de andamios -bastante rústicos, por cierto- revela que, por lógica, era necesario desmantelar la edificación de arriba hacia abajo. De hecho, en la segunda foto, que fue tomada días o semanas después de la primera, se percibe que de la torre derecha no quedaba más que una delgada columna, rodeada por varillas de construcción expuestas, donde otrora quizás hubo otras columnas o bastiones.

A estas dos imágenes se agrega otra -también en manos de la familia Jengich-, que es previa a la de Juven Hidalgo, pues las puertas estaban en pie. En ella se nota que, en congruencia con esa otra foto, antes de eliminar dichas puertas se demolieron algunas pilastras o columnas adosadas, que son como gruesas paredes que sobresalían del cuerpo del edificio, tanto a sus costados como entre cada una de las tres puertas frontales (Figura 6). No obstante, esta foto da pie a cierta confusión.

Figura 6. Pilastras destruidas por el terremoto.

En efecto, si la ahí observada es la puerta frontal izquierda, la estructura que está al lado derecho en la imagen corresponde a la porción basal de la torre izquierda, pero no se observa sobre ella la cúspide, que en términos técnicos se denomina una cubierta apuntada de base octogonal, según el ya citado arquitecto Fernández. Podría ser que ya la hubieran demolido, pero en la foto de Hidalgo se percibe que las cubiertas fueron eliminadas después y no antes de las puertas; en realidad, las torres fueron quitadas casi al final, como se verá cuando aludamos a la gruta. Esto sugiere que esta foto no corresponde a la fachada, sino quizás a uno de los costados o a la parte posterior del templo, aunque esto último es poco probable, pues sería extraño que hubiera una puerta tan grande en la retaguardia del altar mayor.

Ahora bien, mientras ocurrieron las labores de demolición, y por mucho tiempo, las actividades litúrgicas semanales se realizaron en la pequeña capilla del hospital de entonces, en tanto que las misas dominicales tuvieron lugar en el quiosco del parque.

Narra el padre del Olmo que el connotado ingeniero Lucas Fernández Fernández realizó una cuidadosa y objetiva evaluación de los vestigios del antiguo templo, y determinó que la armadura de metal estaba intacta, al igual que las columnas centrales; por esta asesoría se le cancelaron 100 colones. A su vez, recomendó construir la nueva iglesia con cemento armado, lo que incrementaba mucho los costos, pero garantizaba mayor resistencia y durabilidad.

Por fortuna, como se había realizado un gran turno a fines de 1924 para acopiar fondos que permitieran construir una nueva casa cural, se contaba con una partida de 14.000 colones. Ante la nueva e imprevista necesidad, con presteza y determinación el padre del Olmo solicitó cambiar su destino, además de empezar una campaña de contribuciones entre los pobladores del cantón, para así reunir los cuantiosos fondos que se requerirían para la nueva obra. De hecho, en su libro hay un puntilloso registro de todas las contribuciones recibidas -con los nombres de los donantes y su distrito de residencia-, ya fuera en efectivo o en especie, así como de las acciones realizadas, gracias a la encomiable labor de don Isaac Barahona Suárez, tesorero de la junta edificadora. Debido a este pormenorizado recuento, es que hemos podido entender mejor la secuencia en que ocurrieron los hechos, para tratar de reconstruir la historia de la nueva iglesia.

Dispuestos a iniciar pronto la obra, los planos del nuevo templo le fueron encargados al ingeniero herediano Manuel Benavides Rodríguez; él poco antes había elaborado los de la casa cural, por lo cual se le pagaron 215 colones. Esta vez se le cancelaron 350 colones, pero su diseño fue descartado debido a que «era un plano de líneas sencillas, sin otra ornamentación que la común, sin ningún detalle de mérito, reproducción de nuestra arquitectura raquítica, despojada de motivos que evocan épocas brillantes del Arte», en palabras del padre del Olmo, quien aspiraba a erigir un templo de portentosa factura. Fue por ello que, con firme convicción, expresó que «con hijos tan distinguidos como los naranjeños, [la Iglesia] va a erigir un edificio que será joya de arte, y clamará en voz alta que ninguna otra entidad ni oficial ni particular emprendería y concluiría con tanto cariño». En efecto, ignoro si todavía lo es, pero con sus casi 75 metros de longitud, por mucho tiempo sería el templo más largo del país.

Fue por ello que a inicios de 1925 se contrató al catalán Gerardo Rovira Aponte para que elaborara una nueva versión de la obra, la cual fue rápidamente acogida. Acerca de la génesis del concepto arquitectónico utilizado, se cuenta con un testimonio del propio Rovira, quien expresó que «el señor cura del Olmo y yo nos propusimos construir la iglesia: él apoyando en un todo mis ideas, y yo creando y consultando obras de arquitectura, para orientarme y dar vida a la obra que se inaugura mañana, y que seguro admirarán por su belleza de líneas, especialmente la fachada». Esto lo hizo por la prensa (Diario de Costa Rica, 21-IV-1929, p. 2), a propósito de la inauguración del templo, pues un periodista consignó que el arquitecto fue Teodorico (Quico) Quirós Alvarado, quizás confundido porque este célebre profesional diseñó el Monumento a Cristo Rey, cuya primera piedra se colocaría en esos días en el cerro del Espíritu Santo; de hecho, el boceto de tan hermoso monumento apareció en la prensa para esta coyuntura (La Tribuna, 23-IV-1929, p. 3).

Es pertinente indicar que Rovira vivía en San José, donde desde 1924 estaba involucrado en la construcción del Club Unión, cuyo edificio fue diseñado y dirigido por el destacado arquitecto José Francisco (Chisco) Salazar Quesada, y supervisado después por Jaime (Chame) Carranza Aguilar, otro notable arquitecto. Eso le imposibilitaba dedicarse de lleno a la erección del templo en Naranjo. Aún así, a inicios de marzo de 1925 comenzaron las obras, que él supervisaba mediante visitas mensuales, pagadas a 50 colones cada una. Las evidencias que he podido recopilar sugieren que fue en agosto o setiembre, cuando las avanzadas obras en el Club Unión ya no requerían su presencia a tiempo completo ahí, él se mudó a Naranjo con su familia; de hecho, este suntuoso edificio se inauguró el 7 de noviembre de 1925.

Como desde el año anterior había reclutado como albañil a un inmigrante croata recién llegado a Costa Rica, caracterizado por ser esmerado, perfeccionista y exigente consigo mismo, lo invitó a unírsele en la nueva obra, y fue así como Pasko Hilje Vuleša arribó a Naranjo; en mi artículo El constructor catalán y el obrero croata (https://wsimag.com/es/trama/39568-rovira-y-pasko) hay abundantes detalles de la cercana y afectuosa relación ellos dos. Aunque Pasko, quien por entonces frisaba los 33 años de edad, no conocía a nadie ahí, el destino le tenía reservada la muy grata sorpresa de que tiempo después se toparía con aquella linda muchacha llamada Carmen Quirós Rodríguez, vecina del cuadrante donde se erigía la iglesia. Por una feliz coincidencia, se casaría con ella el 6 de enero de 1929, cuatro meses antes de la inauguración del templo; en octubre nacería su primogénito Eugen y, con los años, diez hijos más conformaríamos su prole.

Un hecho que amerita consideración por aparte es la gruta que está al costado derecho de la iglesia. En mi artículo Pasko y el padre del Olmo (Informa-tico No. 173, 5-XI-07) menciono que, como agradecimiento por la curación de un serio padecimiento pulmonar, el padre prometió a Nuestra Señora de Lourdes que le edificaría un santuario o gruta dondequiera que él estuviera. Fue así como lo hizo en la hermosa iglesia de San Joaquín de Flores, en Heredia, sitio donde fue párroco antes de llegar a Naranjo, lo que ocurrió el 23 de junio de 1923, según lo indica Barahona en el librito citado previamente.

Diligente y ejecutivo, el padre pronto emprendió dos proyectos, uno para levantar una verja o tapia en el cementerio local y otro para edificar la nueva casa cural, pero la primera estructura fue presa del terremoto, en tanto que los fondos para la segunda obra se destinaron a la iglesia, como se indicó antes. Pero nunca olvidó la gruta, al punto de que Barahona anota erogaciones asociadas con ésta -que tuvo un costo final de 3303 colones, provenientes de donaciones-, a partir del 9 de febrero de 1924. Es decir, nótese que su construcción se inició antes del propio terremoto, y sería retomada posteriormente. De hecho, en su detalle de gastos, para agosto de 1924 Barahona especificaba que «durante este y varios meses siguientes se activaron los trabajos de construcción de la Gruta de la Virgen de Lourdes», la cual se completó el 8 de febrero de 1925.

Al respecto, hay una curiosidad referida a una foto de la gruta -aparecida en un número de la revista josefina La Raza correspondiente a agosto de 1933-, junto con otras imágenes alusivas a la inauguración del templo actual. Lo extraño y hasta confuso a primera vista es que ahí se aprecia la torre derecha de la antigua iglesia (Figura 7), lo cual no tendría lógica, pero a la vez esto indica de manera inobjetable que la remoción de las torres ocurrió después de concluida la obra de la gruta.

Figura 7. Gruta, más una torre de la antigua iglesia.

Para retornar a la construcción de la iglesia, las labores se extendieron por poco más de cuatro años, desde inicios de marzo de 1925 hasta mediados de abril de 1929, bajo la conducción de la junta edificadora, presidida por el padre del Olmo, e integrada por los señores León Víctor Corrales García (vicepresidente), Leovigildo Barrantes (secretario), Isaac Barahona Suárez (tesorero), Tobías Rodríguez  Blanco (ecónomo) y los vocales Luis Carballo Jiménez, Faustino Murillo Ugalde, Tadeo Ramírez Chaves, Anastasio Rojas Corrales y Selim Rojas Salas.

Numerosos detalles aparecen en el libro del padre del Olmo, incluyendo un texto muy lírico suyo intitulado «Una corona de frescos laureles», vale decir, una noble presea «para colocarla sobre la frente de los naranjeños», debido al compromiso que adquirieron los vecinos en todas las fases, desde el terremoto, hasta ver erigido el nuevo templo. Ahí narra que los materiales que no podían conseguirse en tajos locales llegaban a la estación del ferrocarril en Alajuela, desde donde eran transportados hasta Naranjo. En una ocasión hubo que madrugar mucho, pues había que «trasladar 250 barriles de cemento, muchos quintales de hierro y los incómodos armazones de las ventanas», en un viaje de un solo día y por tan malos caminos. Para premiar tan épico acto, al retornar la caravana de unas 150 carretas, fue recibida de manera festiva por la filarmónica local, que con sus acordes animó la travesía desde la entrada del pueblo hasta la plaza o parque, mientras la multitud la aplaudía y vitoreaba.

Lamentablemente, no se cuenta con una lista de los obreros que participaron en la construcción de la nueva iglesia, para rendirles en este artículo el homenaje que merecen. En todo caso, para que se capte al menos en parte la complejidad y los riesgos de la obra emprendida, se cuenta con varias imágenes inéditas, presentes en los álbumes fotográficos de mi familia; por muchos años las atesoró mi tío Luis Castro Rodríguez. Las hay de un sector interno del templo (Figura 8) y de la fachada (Figura 9), así como de las torres izquierda (Figura 10) y derecha (Figura 11); la de la fachada fue tomada por el famoso fotógrafo herediano Amando Céspedes Marín. Como se nota en las dos últimas, en las cúspides de las torres había sendos ángeles con una trompeta en su mano derecha, mientras que el brazo izquierdo está estirado de manera oblicua, como sujetando una especie de espada o lanza corta.

Figura 8. Nuevo templo, en proceso de construcción.

Figura 9. Frontispicio, en construcción.

Figura 10. Torre derecha, en construcción.

Figura 11. Torre izquierda, en construcción.

Cabe acotar que, debido a varios sismos ocurridos entre 1950 y 1955, esos ángeles fueron eliminados junto con las cúpulas originales y el tímpano, al cual estaba adherida una alegoría alusiva al nacimiento de Naranjo; además, hubo que reducir un poco la altura de las torres. Esas labores le fueron asignadas a mi padre, quien junto con otros obreros tuvieron que hacer las demoliciones a puro mazo y cincel; en los álbumes fotográficos de mi familia se cuenta con una imagen de una de las torres, ya sin su cúpula (Figura 12). Asimismo, se aprovechó la oportunidad para separar las torres del resto del templo, también a puro mazo y cincel, para así prevenir daños causados por eventuales movimientos telúricos.

Figura 12. Modificación del frontispicio, tras nuevos sismos.

Para regresar a los días de la construcción del templo, el catalán Rovira no pudo ver cristalizada su anhelada obra, debido a discrepancias con el padre del Olmo. Para entonces, «no faltaba más que revestir parte de la obra interior y parte también de la fachada», en palabras del padre, aunque en realidad había mucho más que hacer o modificar.

Ello provocó un retraso de algunos meses, pero tras una detallada inspección efectuada por el ingeniero Lucas Fernández, de la cual se derivaron varias recomendaciones de fondo, desde enero de 1928 la obra quedó a cargo de los suizos Augusto y Venancio Induni Ferrari, más sus sobrinos Pío Albónico Induni y Aurelio Induni Fasola. Ellos realizaron un trabajo esmerado y encomiable. En el libro Los Induni, de Guillermo y Carlos Alvarado Induni, hay valiosa información acerca de los aportes específicos de sus ancestros, entre los que destacó el altar mayor. Por cierto, ahí se indica que fue Pío Albónico quien confeccionó la ya citada alegoría, en las que había dos hombres en medio de varios árboles de naranja; obviamente, se trataba de los pioneros Judas Tadeo Corrales Sáenz y su concuño Juan de Dios Matamoros Fernández, fundadores del hoy cantón de Naranjo.

Ahora bien, completada la majestuosa obra, de la que se dispone de dos espléndidas imágenes (Figuras 13 y 14), se acercaba su fecha de inauguración, lo cual se publicitó ampliamente por la prensa. Por cierto, la primera de esas fotografías, presente en los álbumes de mi familia, posiblemente fue captada por Juven Hidalgo, en tanto que la segunda -hasta hoy inédita-, me la dio el amigo ramonense Fernando González Vásquez; a él se la facilitó el recordado historiador Claudio Barrantes Cartín, quien conservaba un álbum de fotos tomadas por D. Tucker Brown, ingeniero del United States Bureau of Public Roads durante la época de la construcción de la carretera interamericana.

Figura 13. El templo, en los días de su inauguración.

Figura 14. El templo, pocos años después de su inauguración.

Al respecto, en cuanto a la difusión de las actividades inaugurales, en uno de los dos periódicos principales del país, con el título Notas de Naranjo. Inauguración de Basílica, un corresponsal anónimo había informado acerca de los fastuosos actos esperados, que incluirían conciertos, juegos de pólvora y cenas (Diario de Costa Rica, 18-IV-1929, p. 2), y dos días después aparecía el titular Mañana se inaugurará en la villa de Naranjo un suntuoso templo (Diario de Costa Rica, 20-IV-1929, p. 6).

Tras las celebraciones, a un texto de casi media plana encabezado por el titular Solemnes festejos para la Consagración del Templo Parroquial (Diario de Costa Rica, 23-IV-1929, p. 5), se sumaron seis fotografías en la segunda parte del ejemplar de ese día, con el título Gráficas de las ceremonias de consagración del Templo Parroquial de Naranjo y de la colocación de la primera piedra del Monumento a Cristo Rey; ahí consta que dichas imágenes fueron tomadas por la empresa Pacheco Hermanos.

En la primera de esas fotos, avanzando bajo un palio, se observa al presidente Cleto González Víquez acompañado por monseñor Antonio del Carmen Monestel Zamora -obispo de Alajuela-, monseñor Claudio María Volio Jiménez -obispo titular de Laranda, que no pude determinar lo que significa- y el padre capuchino fray Raymundo Lulio de Manacor. De las demás, en una se capta a la multitud dentro del templo durante el sermón, mientras que en otra hay un nutrido grupo de personas escuchando al padre Félix Ruiz de Samaniego, poco antes de la colocación de la primera piedra del Monumento a Cristo Rey -en el cerro del Espíritu Santo-, acto que estuvo a cargo de monseñor Monestel. De las tres restantes, dos corresponden al banquete ofrecido a los visitantes, en tanto que en la otra foto varias personas conversan frente a la bella casa de don David Rojas Flores.

Por su parte, en el otro medio no pudimos hallar noticias previas a los actos, pero sí hubo una importante cobertura posterior. Tan es así, que el periodista Fernando Borges, con el título La visita de las altas autoridades civiles y eclesiásticas al cantón de Naranjo, publicó un detallado recuento de lo acontecido, dado que él acompañaba a la comitiva presidencial, que iba en un automóvil conducido por Augusto Lutz (La Tribuna, 21-IV-1929, p. 4). Dos días después, enmarcadas con el título Diferentes aspectos de las solemnes festividades religiosas en Naranjo, en primera plana aparecían cuatro fotografías de la multitud congregada frente al templo, más una del padre del Olmo; por su parte, en el interior destacaba un amplio relato intitulado Con un banquete al Sr. Presidente de la República y a los Sres. Obispos, terminaron las grandes festividades de Naranjo (La Tribuna, 23-IV-1929, p. 3).

Gracias a la información publicada en ambos periódicos, así como a un recuento escrito por el padre del Olmo en su libro, nos ha sido posible reconstruir lo acontecido en esos memorables y fastuosos días.

En efecto, al mediodía del viernes 19 de abril doce cañonazos anunciaron el inicio de las festividades religiosas. Asimismo, a media tarde se dio la bienvenida a las autoridades eclesiásticas en Dulce Nombre, donde las casas estaban embanderadas. Frente al cementerio, tras escucharse una potente bombeta, uniformados y con estandartes, así como en estricto orden, los niños, jóvenes y adultos de varias congregaciones religiosas recibieron a dichas autoridades, al tiempo que la filarmonía local entonaba los acordes del himno papal. A continuación, seguidos por estas personas, los automóviles en los que viajaban monseñor José Fietta -internuncio apostólico de Centro América y Panamá-, monseñor Monestel y Carlos Trapp -rector del Seminario-, avanzaron bajo arcos colocados sobre el camino, hasta la iglesia, mientras la gente se aglomeraba a ambos costados de la ruta, en un trayecto de casi cinco kilómetros. A las citadas autoridades se unían monseñor Juan Vicente Solís Fernández y los sacerdotes Félix Ruiz de Samaniego, Tomás Grizka y Clodoveo Hidalgo Solano.

Ya en la iglesia, el padre del Olmo hizo una salutación a las autoridades visitantes, se cantó el himno de gracias o Te Deum Laudamus, y los prelados dieron la bendición a la multitud. A las siete de la noche los sacerdotes oficiaron cánticos especiales en la gruta, y una hora después se inició la retreta de gala, acompañada por juegos de pólvora a cargo de José de Jesús Rodríguez. Jubiloso, todo el pueblo se sumó a las celebraciones.

A las cinco de la mañana del sábado 20 se escuchó la diana, y tres horas después monseñor Fietta procedió a la consagración del altar mayor en el nuevo templo, considerada como «la ceremonia más majestuosa de la liturgia católica», lo cual se hizo a puerta cerrada, en un ritual restringido a las autoridades eclesiásticas. Eso sí, concluido este acto, y para declarar oficialmente inaugurada la iglesia, el nuncio cortó una por unas 250 largas cintas que pendían de las rosetas o ventanales circulares del frontispicio, cada una sujetada por uno de los así denominados «padrinos del templo». Mientras esto sucedía, la filarmónica entonaba varias piezas marciales, y se escuchaba la reverberación de varias detonaciones, en tanto que, ya sueltas y desplegadas las cintas, formaron una inmensa bandera de Costa Rica que cubría la fachada del templo. El acto culminó con la entonación del Te Deum.

Posteriormente hubo otros actos, incluyendo un concierto de la Banda Militar de Alajuela, el recibimiento de los santos patronos de cada uno de los distritos del cantón y un desfile de niños, para después ir a recibir al presidente González Víquez y su comitiva a la entrada del pueblo; en ella figuraban Aristides Agüero Arroyo, gobernador de Alajuela, y el coronel Tobías Escribano. Aunque esperados por una multitud no tan concurrida como la de la víspera, ellos avanzaron a pie desde las afueras de la ciudad por calles bellamente decoradas, acompañados por el nuncio, el obispo Monestel y el padre del Olmo. Al llegar al atrio del templo, la ya citada banda los recibió con lo acordes del himno nacional.

A las cuatro y media de la tarde, el padre del Olmo ofreció una recepción al presidente y sus acompañantes, y fue ahí donde monseñor Monestel anunció que el papa Pío XI le encargó condecorar con la cruz de oro Pro Ecclesia et Pontifice al padre del Olmo, pero que deseaba que lo hiciera el presidente de la República. Fue «amenizada por una magnífica orquesta», cuyo nombre no menciona la nota periodística.

Una hora después del rosario, conducido a las siete de la noche por el capuchino Manacor, se inició un baile en el Palacio Municipal, bello edificio de madera y de dos pisos localizado diagonal a la esquina suroeste de la iglesia. Mientras tanto, ahí al frente, en el quiosco de la plaza, la Banda Militar de Alajuela ofrecía una retreta de gala y después en el cine local se exhibiría una película. Asimismo -a juzgar por lo consignado en el programa de eventos-, en medio de la densa oscuridad de la noche, la cumbre del cerro del Espíritu Santo resplandecía con el deslumbre de hermosos juegos pirotécnicos.

Una nueva diana, esta vez en domingo, alertó a los pobladores que por fin había llegado el día que por cuatro extensos años habían esperado. En efecto, precedida por una procesión dedicada a la patrona Nuestra Señora de las Piedades, e iniciada a las ocho de la mañana, a las nueve se oficiaba la primera misa pontifical, a cargo de monseñor Monestel, pero cuyo sermón le correspondió a monseñor Volio, connotado orador. Eso representaba el clímax de las celebraciones de esos días.

Posteriormente, al mediodía hubo un banquete, aunque no podía prolongarse mucho, pues a la una de la tarde se colocaría la primera piedra del Monumento a Cristo Rey, y a las tres habría un té de honor en el Palacio Municipal. Debido al trajín de esos días, resultaba imposible para las personalidades participantes asistir a todos los eventos. De hecho, el nuncio y otras autoridades habían regresado a San José desde la víspera, y el presidente lo hizo después del almuerzo ese día. Por tanto, aunque en el pergamino depositado en la base del futuro monumento, cuya redacción completa aparece en el reportaje del Diario de Costa Rica (23-IV-1929, p. 5), se especificaba la presencia del presidente, esto no ocurrió así.

En realidad, al cerro ascendieron en automóvil los obispos Monestel, Volio y el padre del Olmo, más el padre Samaniego, a quien se mencionó previamente como el orador inicial en el acto. La multitud lo hizo a pie, a pesar de lo escarpado del terreno y lo polvoriento de tan retorcido camino.

En esa hermosa cima, desde la cual se disfruta de una vista imponente del Valle Central, tuvo lugar una ceremonia sobria. Después de la alocución de Samaniego, y mientras la Banda Militar de Alajuela interpretaba el himno nacional, monseñor Monestel bendijo la piedra y el pergamino colocados en el hoyo o receptáculo que especifica el protocolo para casos como éste, y los presentes lanzaban paladas de tierra, para cubrirlos; por cierto, ahí estaba el arquitecto Quico Quirós, autor del boceto del proyecto. Cabe acotar que en los álbumes fotográficos de mi familia hay una imagen de ese día, en la que posan mi padre -de traje oscuro- y mi madre, junto a un grupo de personas amigas, al pie de un pedestal en el que se yergue una efigie de Cristo Rey (Figura 15); pareciera que fue en el sitio exacto donde se colocó la primera piedra del monumento.

Figura 15. Colocación de la primera piedra del Monumento a Cristo Rey.

Para concluir las actividades de ese domingo 21 de abril, a las seis de la tarde hubo un rosario solemne y la bendición con el Santísimo, tras lo cual la muy activa e infatigable Banda Militar de Alajuela deleitó al público con una gran retreta en la plaza, por hora y media. Concluida la música, de inmediato «el laureado polvorista don Eusebio Chaverri» se lució con una «soberbia exhibición de juegos artificiales», y poco después, casi a las diez de la noche, se abría el cine a todo el público. En síntesis, un día realmente inolvidable.

Eso ocurrió hace exactamente 90 años cuando, con un enorme sentido de solidaridad y fraternidad, y organizada en torno a un gran líder espiritual como el padre José del Olmo, la comunidad naranjeña no solo supo sobreponerse del cataclismo provocado por el terremoto de 1924, sino que también demostró que era posible erigir una joya arquitectónica de muy altos quilates, robusta y de gran solidez. Y tan así lo fue, que ahí está hoy ese hermoso templo, incólume ante las adversidades.

(*) Luko Hilje Quirós (luko@ice.co.cr)

Basílica Nuestra Señora de las Piedades el Viernes Santo 19 de abril 2019.

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5 COMENTARIOS

  1. Recuerdo de la gruta donde estuvimos muchas veces, mi familia, y mis hermanos en particular, pescando cabezones y olominas (aluminas las llamábamos) por allí del año 1960. Autor del artículo el buen amigo Luko Hilje. Mi padre trabajó en la Municipalidad local, el mencionado padre Olmo estaba bien mayor; también recuerdo que a mi padre le tocó el discurso oficial por la llegada del embajador de Estados Unidos Raymond Telles.

  2. Considero que Luko, aunque no somos de la mismas generación, le considero un amigo entrañable, y aunque su campo profesional, no es la de historiador, corre por sus venas, sangre de historiador, pues siempre nos deleita con sus artículos de diferentes temáticas ligadas a la historia nacional, y sobre todo de su Siempre Amado Cantón de Naranjo, es una dicha contar siempre con sus artículos, pues nunca se para sí sus relatos históricos, sino que gusta mucho de compartirlos, ya sea con sus amigos, como con quienes gusten de sus relatos. Gracias Luko.

  3. Muy bella historia de la iglesia de Naranjo, he estado investigando la historia de mi familia y muchos de ellos se casaron en la iglesia de Naranjo , pensé que no habían fotos de cómo era pero me alegró mucho encontrar esta crónica con fotos incluidas ,muchas gracias.

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