sábado 28, enero 2023
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La estafa Guaidó y el adiós al madurismo

La intentona golpista del pasado 30 de abril en contra del presidente Maduro fracasó estrepitosamente. En Venezuela cualquier cosa puede ocurrir. Y sigue ocurriendo. Su envenenado ambiente político me recuerda a Comala, el torvo pueblo creado por Rulfo en Pedro Páramo. La Venezuela política es un entramado etéreo de voces fantasmagóricas, de murmullos escondidos, de alianzas inconfesables, donde lo único real entre la clase política son el oro, las dagas y el afán homicida.  Y como si fuera poco, en el escenario hay un degenerado mental, mejor dicho, un psicópata, que desde las alturas de la Casa Blanca atiza un fuego endemoniado.

Uno se pregunta cómo es que un gobierno tan desastroso no haya caído, no hoy, sino desde hace rato.  Pero también conviene preguntarse cómo es posible que en Venezuela todavía exista una oposición brutalmente idiota, despiadadamente apátrida, e inconmensurable en su delirio por el caos y la zozobra, peligros con el que arriesgan e hipotecan la vida física de los venezolanos. Mefistófeles se parte en dos.

No se debe ignorar que si hoy la vida en Venezuela es  calamitosa, también podría ser peor, aciaga, en muchos más decibeles, si ahora no se impide la guerra. ¿Por Dios, qué pasa en ese llano donde maduristas y neofascistas se han enfrascado en destruir a Venezuela? ¿Por qué maduristas y neofascistas  temen contar los votos ahora? ¿Acaso no podría ser la ONU el árbitro neutral? ¿Acaso la democracia no debe servir para evitar guerras? ¿Por qué Guaidó dice que negociar no es una opción? En la lucha por el poder la fuerza de la razón es con frecuencia la más vilipendiada de las cenicientas.

La congénita debilidad de la oposición derechista

La derecha moderada y la ultraderecha (la de Guaidó y López) desde la instauración democrática de la V República nunca pudieron superar el diabólico trauma que los ha perseguido hasta hoy.  Nunca más pudieron dormir tranquilos sabiendo que ya no dominaban las palancas del Estado y, con ello, la piñata que les significaba PDVSA. En su lugar, el expresidente Hugo Chávez Frías utilizó las utilidades del crudo en ambiciosas y buenas inversiones sociales; pero también resultó claro que el Caudillo no pudo frenar de raíz el agobiante burocratismo y la cancerígena mala costumbre de la corrupción, fenómeno consustancial a la historia política venezolana de siempre y que a la postre minó la buena salud que la Revolución Bolivariana tuvo en sus primeros años.  

Decir derecha es decir oligarquía, y la trombosis heredada por haber perdido el poder se tradujo en un constante ánimo putchista como si se hubieran inyectado heroína. Pocos en la derecha salvaron su cordura.  El “fenómeno” Guaidó no es del todo fortuito y se explica en parte por la congénita debilidad recién aludida, que le ha impedido a las formaciones derechistas administrar con tino sus victorias electorales frente al chavismo, o, manejar bien su banda de influencia, porque hay que recordar que incluso en los mejores tiempos de Chávez, siempre ha existido una franja considerable de electores opuestos a la Revolución que son ahora, por cierto, una mayoría. Pero cuando la derecha pierde o entiende que pierde, el cuadro se hace peor, confinándose ella a retorcerse -cruel y dispersa- en el caldo de su consabido humor maníaco-depresivo, y con su típico odio de clase, su racismo y su putchismo

¿Por qué fracasó el intento de golpe de Estado fraguado por los neofascistas?

Todavía no se conoce toda la historia; es más, me atrevo a decir que los protagonistas no se encuentran en condiciones de contarla toda, no por ahora. En mucho porque el trumpismo y la derecha venezolana necesitan maquillar o disimular este monumental fiasco. No obstante ello, algo fundamental se puede decir.

Esta vez las masas le dijeron “no” a Guaidó  

El pueblo no se entusiasmó con la hazaña de López y Guaidó. La derecha como “liderazgo” tiene un saldo histórico negativo -cosa que millones de opositores saben- por lo que las masas  procuran administrar con cautela su propio protagonismo en las calles cada vez que son convocadas a marchar. Son masas nerviosas, sufridas, desconfiadas, pensantes e intuitivas. Guaidó tiene un poder de convocatoria limitado (que el ingenuo no sospechó tener) porque él es una esperanza limitada, una esperanza en la que el pueblo no deposita todo su afecto, y porque este mismo pueblo no está dispuesto a inmolarse por un advenedizo ya de dudosa reputación.

Guaidó es una turbia esperanza que no es sinónimo de pueblo. Los tiempos de Guaidó y los tiempos de su pueblo son diferentes en lo fundamental y a veces hasta opuestos. Guaidó “liberó” a Leopoldo y eso al pueblo le importa un bledo. Guaidó mira con ánimo distendido una invasión extranjera y eso al pueblo sí y sí le sobrecoge. La escogencia del operador Guaidó como fachada ha sido la mayor pifia de la Casa Blanca. Ahora en el Departamento de Estado miran a su operador de reojo y con una mueca de disgusto porque, paradójicamente, el mismo Guaidó se ha convertido, por torpe, en un obstáculo operativo mayor.

La mayoría del pueblo venezolano no vive fascinada con Guaidó -a pesar de haberse vendido su figura como la de un aparecido mesías- y  cuando la masa lo sigue es porque en el alma de la mayoría del pueblo existe un hartazgo y un repudio hacia la gestión del madurismo. Y no es para menos. Poco más de 3 millones de venezolanos han emigrado y en un quinquenio el PIB se ha reducido en un 50%, y no todo es responsabilidad del cruel e inmoral bloqueo financiero imperialista, sino que en ello también influyeron factores endógenos que permitieron el casi desmantelamiento de PDVSA y una corrupción sin precedentes que se fue incubando desde antes de las sanciones, y de la que se beneficiaron tanto burgueses “revolucionarios” como opositores. Partícipe o no de estas corruptelas, el presidente Maduro es el primer responsable de ellas por ser el Jefe de Estado y de Gobierno, y porque el naufragio económico de una nación no debe ni puede pasar ignorando las severas consecuencias políticas que en justicia correspondan al mandatario.

En política los espacios no se regalan

La oposición le ha regalado al régimen de Maduro los espacios democráticos y de agitación parlamentaria que, aunque estuviesen muy atirantados, no dejaban de ser un acervo en la construcción de una oposición sólida. El capital ganado por la exMUD en las últimas justas parlamentarias ha sido dilapidado, se volvió humo en un tiempo récord, y nunca entendió esa misma derecha que las emociones del electorado son ambivalentes, que su psiquis es compleja, y cuyo temperamento oscila dramáticamente, sin lealtades sólidas e incondicionales. Si Guaidó se creyó “rey” fue porque nunca supo leer al pueblo, al opositor en particular, y por no haber distinguido entre el pueblo y su persona, tema que nunca significa lo mismo y trampa segura para los narcisistas de profesión como él y Leopoldo López. Además, parece que Guaidó nunca se preguntó en serio quién era él, pues de otro modo se habría suicidado.

La Fuerza Armada Bolivariana

La intentona rápidamente colapsó  porque Guaidó es un imbécil político , porque las masas no lo apoyaron en su aventura, y porque el Ejército no se sumó a una descabellada y breve opereta de mala muerte. El régimen de Maduro resultó más inteligente y más hábil como para no caer en las provocaciones necrófilas de la piltrafa neofascista. Maduro se sobrepuso a la sorpresa y triunfó gracias a los consejos y al manejo que de la crisis hizo el general Padrino López, sin duda el militar más querido y admirado dentro de la institución castrense. No obstante ello, la humillante derrota de los neofascistas es apenas un capítulo dentro de un libro muy largo que en nada le procura a Maduro menos insomnio. Otra vez la historia vuelve a subrayar que el Presidente sigue en Miraflores merced al apoyo de la Fuerza Armada Bolivariana pues su gobierno disminuye en términos de gobernabilidad, incoherencia que con frecuencia llega a un punto de parálisis.

La cobardía neofascista

Guaidó y López  huyeron de la escena golpista, dejando a medio mundo abandonado, corriendo uno a refugiarse en una embajada, y el otro, desencajado y tembloroso,  buscando protección y consuelo en uno de sus niditos de Altamira. Guaidó no solamente es un cobarde, un narcisista consumado, pero también es un incorregible desleal. Fue indigno de “un comandante en jefe” el haber abandonado a los más de 300 militares rasos que por él desertaron y migraron a Cúcuta, tirados todos a la más mísera y humillante suerte. Su lucha “no violenta” es una mampara, un vulgar arreglo de relaciones públicas para embaucar a los ingenuos y hundir a otros. Desde la fallida “ayuda humanitaria” la popularidad de Guaidó viene rápidamente en descenso; su nombre ya es un chiste entre el pueblo porque sus promesas que con fanfarria anuncia nunca se cumplen. ¿Cuál nueva fecha anunciará? La derecha racional deberá desbancar a Guaidó para que lo constructivo se anime y el diálogo se haga realidad.

El antipatriotismo del “mesías”

Juan Guaidó es una entelequia puesta por Trump. No sabe lo que hace, no sabe lo que dice, no sabe lo que piensa. Fue puesto por Trump a secas. Sirve para obedecer, sirve para repetir, sirve para hacer lo que Trump le ordena que haga. Su función es la de implosionar Venezuela, la de impedir el diálogo, la de abogar por una intervención militar. Su intención es la de entregar la soberanía de Venezuela a los Estados Unidos, o, mejor dicho, a sus voraces transnacionales, porque eso es lo que Trump quiere. Juan Guaidó es Trump. Y para quienes adversamos a Maduro desde la dignidad, desde un auténtico espíritu democrático, la simbiosis con Trump es inaceptable.  El pueblo opositor no está convencido de que tenga que sufrir la afrenta extranjera, ni la rendición del honor de la patria. Juan Guaidó pasará a la historia como lo que es: el más grande traidor entre todos los traidores de nuestra América y no solo de Venezuela.

Adiós al madurismo

El madurismo como una etapa del proyecto bolivariano ha muerto. La pregunta es cómo enterrarlo. Espero que se haga en paz. Creo que del madurismo quedará nada o muy poco. El chavismo y los ideales nobles de la Revolución Bolivariana seguirán presentes hasta que lo finito diga otra cosa. El madurismo quedará registrado como el período fatal de la V República. El madurismo con su cauce autoritario, su oscuro clientelismo, su catastrófico manejo de las finanzas públicas y de la economía, su burocratismo y su corrupción, dejará una sociedad en cuidados intensivos y demostrará, nuevamente, como los mejores proyectos sociales, quizá los más sublimes, pueden terminar precisamente pareciéndose a lo opuesto.

La Revolución hizo muchas cosas buenas por los humillados de siempre y los pobres de siempre. Chávez lo hizo. Los oligarcas nunca se lo perdonaron. Su error fundamental consistió, a mi juicio, en una suerte de incondicionalidad hacia al pensamiento de Fidel, a sus elucubraciones añejadas de estalinismo y mal marxismo que el Comandante cubano no pudo ni quiso superar. Chávez nunca fue un comunista ni quiso serlo; fue un caudillo pero nunca un dictador como Fidel. Sin embargo,  toleró del castrismo la siniestra idea del valor relativo y secundario de las libertades individuales frente al Estado y frente al partido.

Extraño es lo anterior porque en la Venezuela de Chávez se permitió lo que en Cuba todavía no se permite. Lo mismo hicieron los gobiernos progresistas de la región. De ahí que Chávez imaginara que él bien podría perpetuarse en el poder ganando elecciones, de manera democrática sí, pero sin entender que esta matemática mágica es nociva y agobiante en el universo real latinoamericano.

La sola idea de que un partido político se concibiera como la fuerza conductora de la sociedad, y que la misma sociedad tuviera unas fuerzas armadas adscritas a la ideología de ese mismo partido, por más democrático y constitucional que hubiere sido el proceso para llegar ahí, lo cierto es que con ello se  abrían grandes puertas al abuso y, eventualmente, a la tiranía. El pensamiento de Chávez anduvo extraviado en dicho sentido.

Algo parecido le ocurre al madurismo pero en una cuerda trágica, cuando ya los números financieros no cierran ni cuadran, cuando los aliados ya no son suficientes, cuando el contexto internacional le es adverso y el neoliberalismo fascistoide se haya en un ascenso global.  

La solución es la paz

El pueblo clama por un cambio pero no a cualquier precio, o, por cualquier método. El venezolano de a pie ya conoce la historia de lo acontecido en Afganistán, Iraq, Libia y Siria. Sabe o intuye de que hay una gran distancia entre un infierno mayor y otro menor; está avisado de la crueldad del Pentágono.

La aplastante mayoría de los venezolanos quiere la paz y nunca una guerra civil, o, tropas extranjeras aniquilando a los nacionales en la propia patria. El dilema de “la guerra o la paz” es el tema supremo de la política que no siempre está sobre la mesa, y que en Venezuela ahora lo está, trama que alerta al mundo con una luz roja agitada, muy desesperada. Para ello el mundo debe descarrilar los planes belicistas de Washington. Espero que el Grupo de Contacto que ahora se reúne en Costa Rica a ello contribuya.

Existe en buena parte de la “comunidad” internacional  la idea de que las partes en conflicto abran un espacio y se sienten a negociar unas elecciones generales adelantadas a la brevedad, supervisadas por la ONU, con el compromiso de respetar  los resultados que de ella salgan. Sería magnífico que las elecciones se adelantaran para elegir absolutamente a todos los cargos de elección popular, porque la conflictuada nación necesita de una total y vigorosa renovación en todos sus mandos políticos.  Los designios de Trump no son la solución;  son los venezolanos quienes deben negociar el camino a unas nuevas elecciones que abran paso a una paz duradera y a la gobernabilidad democrática.

Es el pueblo quien debe tener la última palabra cuando se vive la congoja de estar entre la guerra y la paz. Consultar al pueblo, sobre todo en tiempos azarosos, es la mayor de las obligaciones democráticas. Soñar con desaparecer física y políticamente al adversario es barbarie; simplemente es inaceptable. En fin, las posibilidades de diálogo no se encuentran agotadas porque nunca es tarde intentarlas.  La paz primero.

(*) Allen Pérez es Abogado

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7 COMENTARIOS

  1. Como es siempre el caso, siempre hay dos verdades, la que dicen los periódicos y la verdad. La verdad y el porqué de las cosas no las dicen. El ciudadano promedio es un tonto si cree que leyendo periódicos se vuelve más sabio. De los noticiarios se pueden creer noticias solamente eventuales (en el mejor de los casos), pero tales hechos no son dados en contexto, o sinó el contexto es tergiversado. El juego es tener a la gente expectante o bien hacerla creer en cosas que no ve.

    Muchos critican a la religión por aceptar la fe como doctrina. Pero la fe me parece a mí algo que la mayor parte de los individuos practican. La fe en la ciencia, la fe en los noticieros. Al final, tener fe sería asumir la posición de un testigo imposible. El ser humano está condenado a vivir en ignorancia a través de los intermediarios del sistema: religión, científicos y medios de comunicación. La única verdad es la verdad mística (si existe alguna). Este es un mundo de fantasmagorías.

  2. Para el imperio y los fascistas, el problema no es Maduro, es el chavismo, es el proyecto bolivariano, que enfrenta radicalmente la doctrina Monroe.jf

  3. El petróleo es una maldición para cualquier país que lo posea sin ser una potencia mundial, las ratas de los extremos derechos e izquierdos buscan como hacerse a la brava del control político para controlarlo, ni Maduro ni Guaido están pensando en el pueblo, mucho menos escuchando lo que este quiere, ahí lo que impera es un pulso entre Rusia y EEUU por ver quién se hace del control del petróleo Venezolano.

  4. Que país tan raro. Lo que no entiendo es por qué aún se tiene la idea de que con Maduro se puede negociar cuando ya este tipo ha demostrado que es un autoritario al que no le interesa el pueblo. Su victoria en las urnas nadie se la cree. Tienes que ser extremadamente ingenuo para pensar que casi todo el país votó por Maduro siendo que las encuestas arrojan que la gente lo detesta y no quiere saber nada de él. Una guerra en Venezuela sería terrible y ojalá que no suceda pero, siendo sinceros, ¿el país por si mismo puede caer más bajo de lo que ha caído? Si ya están en la miseria, ¿que es lo que tanto defienden? No sé si Guaidó será un títere de los Estados Unidos, pero al menos él busca acabar con la situación tan terrible en que viven los venezolanos, que se acabe el hambre, la escasez de medicinas, carajo, son necesidades básicas, a mi me parece razonable. A Maduro sólo le interesa mantenerse en el poder y que todos los demás se mueran. Eso si es un traidor.

  5. Jugar al empate en política no tiene respaldo popular . la derecha latinoamericana solo sirve a los intereses de las oligarquías nacionales y siervos del imperio gringo. la identidad de un proceso como el bolivariano no tiene debilidad de identidad. muy por el contrario se fortalece al calor de la pifia gringa y la traición de la clase pudiente en Venezuela. solicitando invasión territorial Maduro o no Maduro. el proceso continua su ruta. es el sentimiento y conciencia nacional. ADIÓS GUAIDO.

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