jueves 8, diciembre 2022
spot_img

Frank Ruffino presenta «Los perros también soñamos» y otros cuentos

San José, 6 Jun (Elpaís.cr).- «Otra especie de filantropía» es un relato de la obra de Frank Ruffino «Los perros también soñamos» y otros cuentos (Veragua Ediciones), incursionando con este primer libro de cuentos en la narrativa.
Ruffino es escritor, poeta y periodista de origen español oriundo de Tilarán y actualmente radicado en San Ramón de Alajuela. La obra está pronta a publicarse. Según el escritor, los textos fueron escritos en el último año y este primer semestre de 2019. La obra cuenta con la novedad de que el autor inició los relatos a partir de poemas de sus cinco libros de poesía, y abarca 17 de los 20 cuentos con esta singular proyección.
Ruffino ha editado cinco poemarios, los últimos ‘Hombre Adjunto’ (Editorial Alma Mater, 2013) y ‘Habitación del Hombre’ (Colección Marenostrum, 2015) y obtenido reconocimientos en certámenes fuera y dentro del país, como el primer lugar del Brunca de Poesía 2010 de la UNA y el segundo lugar en el Premio Internacional Macedonio Palomino para Obra Publicado 2007 (México) con su poemario Viaje de Ausentes (Ediciones Perro Azul, 2006), entre otros.
Otra especie de filantropía

Ladrar por ladrar en este teatro global de las pesadillas, y el único consuelo para el país de Innombrable son los sueños…

El pequeño David se encontraba en la parte exterior de cierto restaurante popular capitalino, un día cualquiera de su vida, porque es la época en que parece se rehúye del presente y se añora vivir en el pasado o futuro…, quizá sí, futuro, en ese tiempo no concreto que es nuestro porvenir donde por lo menos soñamos volverá la justicia a recobrar el espíritu, su respeto y señorío. Por ahora, y por pura cuestión de sobrevivencia, seguiremos practicando de esa otra que llaman los noticieros de sucesos «pronta y cumplida», aunque se tome en nuestras propias manos.

La camarera sirvió la orden, y el hombrecillo estaba pronto a probar su café y devorar su comida cuando un inoportuno le interrumpió…

-Señor: Regáleme un billete de mil colones.

-No tengo mil colones.

-Eche una moneda de a quinientos.

-Tampoco tengo.

-Entonces deme ese sándwich.

-Este ha sido mi único alimento del día y ya pronto abordo ese bus (se volvió y señaló el Scania azul parqueado al otro lado de la calle). El regreso a mi pueblo son muchas horas.

-Sería peor que lo asaltara o matara, usted manda…

-¿A quién?

-A usted. Bueno, viejo, no se ponga guapo y regáleme por lo menos la hora, usted no regala nada, ni un traguito de ese refresco.

El pequeño David hizo una rápida lectura de ese rostro sociópata y tras él desentrañó lo que tramaba su desconfigurado cerebro de drogadicto malvado. Así, introdujo su brazo derecho en el saco de gangoche y cogió el 38 sin perder de vista al delincuente, quien pensó buscaba el celular o el reloj para “regalarle la hora”. Sostuvo esa posición de ataque velado mientras el café con leche humeaba, y con una calma singular, dominio propio y socarronería interrogó a su intimidante interlocutor:

-¿A usted le gustan mucho los regalos?

-Diay sí viejo, ¡a quién no!

-¿Le gusta una bala?

-Una bala sí, por lo menos una bala, viejo, pero me está cansando y nadie cansa «al negro».  -Y al tanto que hablaba, el negrito apretaba definiendo algo duro y largo en su sudadera blanca con capucha… Con un rápido movimiento el pequeño David puso el cañón del revólver entre sus ojos.

-Pensé era una bala -ladró el tipejo tembloroso, una mueca torcida dejaba visible parte de la dentadura a la que le faltaba dos piezas superiores. El hombre deslizó hacia abajo el cañón embutiéndolo por ese asqueroso hueco pedigüeño. “El negro”, de unos 25 años y a quien su supuesta víctima le doblaba en edad y por lo menos treinta centímetros más de estatura, bizco de terror y babeando balbució algo así como «por favor perdón señor». Suplicando en modo de gruñidos fue haciéndose más corto de estatura hasta que el pequeño David lo tuvo completamente a su merced, de rodillas, sus manos juntas como cuando se pide en oración un gran favor, y se está, precisamente, entre la vida y la muerte… “¡Qué coincidencia fatal!”, caviló el viajante con ironía.

-¿No quiere merendar bala en salsa negra de pólvora con sabor a plomo?

Entonces un líquido amarillento y fétido comenzó a resumir de sus pantalones.

-¡Te measte y cagaste negro cabrón!

Extrajo su celular y con una pericia singular de su mano izquierda, puso el cronómetro pegado a los ojotes desorbitados del asaltante.

-Le regalo tres segundos para que se pierda de mi vista tras la esquina, si no, le alcanzará este presente de plomo, no me gustan los tipos holgazanes y malucos. Dicho, tres segundos, sólo tres segundos. -Y con el mismo cañón le empujó presionando y estirándole el cachete en dirección hacia el punto de fuga que le brindaba. De un salto el sorprendido maleante se incorporó y corrió a la esquina para ocultarse y perderse, mas a dos pasos de la salvación resbaló en la especie de diarrea que descargaba por los ruedos de su vaquero. El diminuto obsequio se introdujo a un costado a la altura del pecho, una bella rosa negra se tatuaba en la piel del abrigo. «Mala suerte» susurró el ducho tirador.

En esa tarde de inesperados regalos, no quiso darle ni un segundo a quien le había malogrado la merienda y casi el día. Tumbado, el enemigo chillaba como una niñita histérica. El pequeño David contó ocho pasos hasta esa cosa humana que le parecida más una lombriz epiléptica, y le obsequió estas palabras:

-Hoy estoy más dadivoso de la cuenta, ten esta otra regalía.

Apuntó a su frente mientras pronunciaba una frase tan sencilla y que nada cuesta en tiempos de tanta palabrería y mezquindad: «¡Feliz cumpleaños anticipado!», y disparó.

Revisó los pantalones del malandro y se sintió afortunado al constatar portaba su carné de identidad. Dos damas mayores salían del establecimiento cogidas del brazo y aplaudieron agradeciendo su acto heroico.

La patrulla de la policía no tardó en llegar. El pequeño David le extendió el documento del infeliz, mas el oficial ni se tomó la molestia de bajar del vehículo, un vistazo con sus prismáticos bastó para confirmar se trataba del consuetudinario hampón, llamó a la morgue y le extendió al valiente ciudadano toda una plana de cupones para el respectivo cobro en el banco del Estado de trescientos mil pesos en efectivo por librar a la sociedad de «el negro», tiquetes que también podría canjear en cuatrocientos mil pesos de abarrotes si se presentaban en la Cadena de Supermercados Populares, dinamizándose así la economía, tan maltrecha en el país de Innombrable.

-Molesto incidente, sí, pero el final de esta esta tarde dio un giro más provechoso –pensó agradecido el pequeño David.

Aún su autobús no partía.

(*) Cuento de Frank Ruffino

Más noticias

5 COMENTARIOS

  1. Excelente narrativa que atrapa desde la primera línea. No quiero perderme un relato de Ruffino. En buena hora El País nos ofrece la oportunidad.

Responder a Flora Fernández Cancelar respuesta

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

Últimas Noticias