domingo 27, noviembre 2022
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Tres ídolos rojinegros

En la conmemoración del centenario de la Liga Deportiva Alajuelense, aprovecho para compartir estos artículos, sobre tres futbolistas y auténticos caballeros que vistieron ese uniforme, y cuyas habilidades tuve el inmenso gusto de disfrutar incontables veces. Escritos en los últimos 22 años, el primero apareció en el Semanario Universidad (17 de octubre de 1997), el segundo en La República (28 de julio de 2001) y el tercero en el Semanario Universidad (15 de marzo de 2002).

Gámez, Errol y Edgar en una de sus convocatorias a la Selección Nacional.

Gámez

Mañana de domingo alajuelense. Escenario óptimo. La gramilla, reverdecida por el rocío, rezuma humedad y está impecablemente demarcada con cal. Graderías bajas y rústicas, donde un público abigarrado y aún pueblerino, espera ansioso y fiel. Por fin, once uniformes de agresivo rojinegro ingresan en fila y, en medio, bajito y a trote corto, aquel símbolo: ¡Gámez!

Lo que seguía casi siempre era portentoso: fútbol vistoso, espontáneo, en el que Juan José Gámez dirigía la alegre orquesta, eludía a los rivales con ingenio y picardía, distribuía balones con exactitud, y creaba, creaba y creaba para que Errol Daniels anotara, anotara y anotara, tanto que hizo 191 goles en su carrera y fue el máximo goleador en seis campeonatos.

Juan José Gámez

¡Qué fútbol! Sí, era fútbol genuino, pues había belleza, arte y goles, como el que Badú implantó en la Liga. Ese fútbol se jugaba por vocación y placer, y con deleite.

Incluso muchos sábados por la tarde, en vísperas de partidos de la Liga, Gámez y Errol jugaban en La Sabana con el equipo de la Municipalidad de San José, en el torneo de la Asociación Nacional de Empleados Públicos (ANEP). Ellos, junto con notables jugadores, activos o retirados de la primera división, demolían rivales por goleadas. Yo era feliz, pues por vivir muy cerca de La Sabana, disfrutaba por partida doble de mis dos ídolos: Gámez y Errol.

Después, en las mejengas cotidianas soñaba que era un híbrido de ambos. ¡Pobre yo! ¡Pero es que la imaginación infantil es más fértil y prodigiosa que las modernas tecnologías de transformación genética! Y con mi hermano Ricardo hasta encargamos unos “tacos” en el humilde taller de don Beto Porras, allá en Alajuela, quien hacía los zapatos para los jugadores de la Liga; los nuestros eran altos, tipo botín, como solían usarlos Gámez y algunos otros de sus compañeros. ¡En el fondo, quizá pensábamos que esos “tacos” eran mágicos y que jugarían solos!

Cada semana vivía el martirio de conseguir plata para ir el domingo al estadio. Y, cuando no podía, había que recurrir a otras tretas.

Fue inolvidable el día aquel en que jugaban la Liga y Saprissa en el Estadio Nacional. Sin dinero para la entrada, los amigos del barrio llegamos al portón principal, con la idea de entrar con los jugadores. Conforme llegaban, por separado, se les pedía permiso y uno tomaba su maletín y se colocaba delante de ellos, como si fuera su hijo, para entrar de manera gratuita. ¡Consabido pacto tácito de boleteros y jugadores, con tal de halagar a los niños! ¿Lo imaginan? De un pronto a otro estaba yo ahí, y mi corazón palpitaba agitado: en mi hombro izquierdo el maletín de Gámez y en el derecho su mano de padre postizo.

He evocado esta imagen ahora, cuando los jóvenes futbolistas que formó o reformó -evidencia de su educación salesiana- le reconocen su notable virtud paternal. Y es que en la nueva y última etapa de su vida asumió con devoción tareas de labrador: sembró, raleó, abonó, aporcó y podó, y apenas empezaba a cosechar. Pero a los miopes mentales, tan comunes y perjudiciales, les fue imposible ver tan lejos como él, y por eso lo menospreciaron.

Por ello ahora, tras su muerte, su legado pertenece a los niños y jóvenes, como los que hace ya muchos años vibramos de emoción en aquellas mañanas de domingo alajuelense que él, con su desbordante magia, convirtió en indelebles.

Los goles de Errol 

Nacido en Naranjo, soy fiel a mi provincia y, por supuesto, al equipo de la Liga Deportiva Alajuelense. Y ahora, en medio de estos días de apoteosis por este bicampeonato ganado con sobrada calidad y holgura en el puntaje, nos llega la muy grata noticia de un reconocimiento mundial para Errol Daniels.

¡Doble premio, sin duda, porque hablar de Errol es hablar de la Liga! Es rememorar aquellos tiempos en que los jugadores de fútbol eran símbolos auténticos de sus equipos y defendían sus camisetas -por cierto, también simples y hermosas en sus colores, sin la burda sobrecarga de rótulos comerciales que ahora ostentan- con afecto y entrega, y sin más cálculo que la alegría propia del deber cumplido, para halagar a su leal afición.

Errol Daniels

A nosotros, niños o adolescentes entonces, Errol nos alegró tanto la vida en esos días que -por gratitud elemental-, hoy no podemos pasar desapercibido este honroso homenaje. Y cuando escribí hace unos cuatro años a propósito de la muerte de Juan José Gámez (Universidad, No. 1270), me fue imposible omitir a Errol. Porque ellos dos fueron una dupla portentosa en el arte de alegrar, a través de la fiesta deportiva que debe ser el fútbol: Gámez, hormiguita incansable creando belleza y jugadas emotivas, y Errol insaciable dejando la bola en la red.

Goleador nato, con 191 goles en nueve torneos, en seis de los cuales -cinco de ellos consecutivos- fue al máximo anotador: 25 (1964), 19 (1965), 30 (1966), 41 (1967), 23 (1968), 16 (1969), 25 (1970), 1 (1971) y 1 (1972); una seria quebradura en su pierna izquierda frustró sus aspiraciones en las últimas dos temporadas.

Pero, más allá de contabilidades, había que verlo moverse en la cancha, raudo e incisivo. Anotaba tras esquivar rivales con astucia -¡ah duelos electrizantes aquellos con Walter Elizondo, ambos aguerridos, a cual más de digno y recio!-; bien ubicado para resolver certero frente a los porteros; disparando tiros libres curvilíneos, imparables; impávido e infalible en los muchísimos penales que lanzó; y, por si fuera poco, hasta anotando dos goles de bandera u olímpicos, uno contra el mismísimo archirrival Saprissa.

Sin embargo, por si no bastara, cabe decir que cuando había torneos de la Asociación Nacional de Empleados Públicos (ANEP), los sábados por la tarde él jugaba con el equipo de la Municipalidad de San José, junto con su hermano Floyd, Gámez, y otros notables futbolistas activos o retirados de la primera división. Por vivir en las cercanías de La Sabana, nunca me perdía estos partidos, y así tenía la fortuna de ver a Errol anotando a granel aquí y al día siguiente hacerlo con la Liga. ¡Y lo bueno es que ahí, sin vallas, sí podíamos correr a estrechar la mano y abrazar a nuestros ídolos Errol y Gámez al final de cada partido!

Sí, ese fue el Errol goleador que se nos quedó grabado en nuestra retina y nuestro corazón de niños y adolescentes.

Y hoy, a más de 30 años de distancia, seguimos reconociendo en él su condición de verdadero atleta, pues a sus destrezas futbolísticas supo unir su decencia y caballerosidad, su humildad y nobleza, como solamente lo saben hacer los ídolos genuinos.

Edgar Zúñiga, siempre grande 

Aunque, por mi formación de biólogo, suelo escribir por la prensa sobre temas más formales, en los últimos años lo he hecho dos veces sobre fútbol, en referencia a dos verdaderos ídolos y modelos, que trajeron mucha alegría a nuestros días de infancia y adolescencia: Juan José Gámez y Errol Daniels.

Sin embargo, a ellos, que portaron como camiseta la rojinegra de la Liga Deportiva Alajuelense tanto sobre el pecho como en su corazón, se suma mi tercer gran ídolo: Edgar Zúñiga. Y esto es así, porque en el caso de Edgar, recién fallecido -a los 60 años-, se sumaron otras razones.

Edgar Zúñiga.

Cuando mi familia, de cuna alajuelense, se trasladó a vivir a Calle Morenos, al sur de La Sabana, en 1959, Edgar empezaba a descollar en la Liga. Él vivía al costado sur del Gimnasio Nacional, y la cercanía con el barrio Don Bosco lo hacía relacionarse más con la gente de este barrio, e incluso estudió en el colegio salesiano homónimo ahí ubicado, donde también lo hiciera Gámez. Sin embargo, dos de sus hermanos -Memo y Chico- jugaban con el Turcios F.C., equipo de nuestro barrio y, a menudo, él llegaba por ahí; por cierto, entre sus familiares y amigos, se le conocía solo por Toño, por llamarse Edgar Antonio.

Nosotros estudiábamos en la Escuela Don Bosco y, para ir allá, todas las mañanas pasábamos frente a su casa.

Admiradores suyos, por las tardes, ya libres de los deberes escolares, cuando La Sabana se abría vasta e interminable ante nuestros ojos infantiles, jugábamos fútbol hasta el éxtasis, soñando con ser como Gámez o Errol o, ¿por qué no?, como Edgar -alguien tan cercano-, surgido de ese inmenso vecindario futbolero.

¡Cuánto lo admirábamos!¡Qué gusto daba verlo jugando en su puesto de cuarto defensa!¡Qué bien hacía lucir, con su prestancia, al vistoso rojinegro, en su complexión altísima y fornida!

Recio, seguro, limpio e impecable, era un verdadero caballero en la cancha, lo cual lo convirtió no solo en titular permanente de la Liga, sino también de la Selección Nacional, a la cual fue convocado diez veces. Aún recuerdo, como si fuera hoy, aquella apoteosis nocturna de sonido radial -pues aún no había transmisiones televisivas-, cuando en un torneo del NORCECA en Guatemala, en 1965, Edgar anotó un golazo con el que Costa Rica casi vence a México; éste empató después, con un gol dudoso.

Con los años, a pesar de mi cercana amistad con su hermano Ronald, lo vi muy poco. No obstante, conversar con él fue siempre muy agradable, por su educación, nobleza y jovialidad. Incluso tuve la fortuna de verlo en diciembre, en un matrimonio familiar, e inevitablemente hicimos un repaso por sus lejanos días de fútbol. Se lamentó de lo poco que se apoyaba al futbolista en aquellos días, y hablamos de los artículos que dediqué a Gámez y Errol. Le dije que solo me faltaba el de él, a lo cual replicó que ojalá no fuera póstumo, y ambos reímos.

Ingenuo, nunca imaginé que, burlando nuestro cálido abrazo de despedida de esa noche, un cáncer artero se incubaba ya en su cuerpo, y pronto lo fulminaría. En realidad, tal vez él lo sabía o presentía, pero su humor y su alegría lo disimulaban. Lucía como un genuino guerrero, de esos que van airosos y sonrientes al combate final.

Y aunque, de veras, el fútbol no le dejó bienes materiales, sí le legó esa pequeña gran gloria que es el afecto inmarcesible de los corazones de quienes, de niños o de adultos, él supo hacer felices con su grandeza deportiva y su hidalguía.

(*) Luko Hilje Q.

(luko@ice.co.cr)

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