martes 30, noviembre 2021
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Una nota saliente de nuestra idiosincrasia

Una de las características más distintivas de la nacionalidad costarricense ha sido la devoción profesada por su ciudadanía hacia la educación.  La educación ha sido para el ciudadano y para la ciudadana costarricense el medio más efectivo de superación, la vía más eficaz de mejoramiento económico y de ascenso social.  Desde el gamonal de las zonas rurales, hasta el más humilde jornalero, su aspiración fue la de que sus hijos (y unos años más luego también sus hijas) pudieran educarse…, primero que aprendieran a leer y a escribir, luego que obtuvieran el bachillerato de segunda enseñanza y ya para los años 60 del siglo pasado, que pudieran acceder a la educación superior y hacerse profesionales.

A diferencia de otros países latinoamericanos, en Costa Rica la posibilidad de estudiar y aprender en las escuelas, colegios y universidades fue un poderoso mecanismo de ascenso social, de igualdad de oportunidades y de adhesión nacional.  Desde la reforma liberal de los Guardia, Fernández y Soto de los años 40 del siglo XIX, y luego con la fundación de la Universidad de Costa Rica en tiempos de Calderón Guardia y su transformación en institución autónoma e independiente con la Segunda República de José Figueres, el sistema educativo costarricense fue el garante principal de la movilidad social en nuestra sociedad.

De él salieron los destacados artistas, escritores e intelectuales que forjaron la identidad nacional de principios del siglo XX y los dirigentes y administradores del incipiente empresariado nacional que comienza a formarse a mediados de ese siglo.  Y es ese sistema el que hace posible el surgimiento de un grupo de empresarios y dirigentes que renuevan el sector industrial y comercial del país, todos ellos nacidos de familias ajenas y hasta extrañas a las que hasta ahora constituían la élite social y económica de nuestra sociedad.  Y es la educación y nuestro sistema educativo los que forman los administradores públicos y la burocracia que lideró el Estado que impulsó el modelo de desarrollo económico que le dio notoriedad a nuestro país en la segunda década del siglo pasado.  Es nuestro sistema educativo el que hace principalmente posible unos de los distintivos más caros de nuestra idiosincrasia, el de sociedad igualitaria y el de país con “más maestros que soldados”.

La sociedad costarricense reconoció en la educación, en el sistema educativo y en el magisterio nacional, los instrumentos que habían hecho posible que sus nuevas generaciones pudieran encontrar espacios abiertos para mejorar sus condiciones de vida y su reconocimiento como ciudadanos y ciudadanas de primera clase.  Y en ellos, pues, el medio para poder conservarse joven, dinámica y cohesionada internamente.

Este reconocimiento se expresó en el respeto hacia la maestra y hacia el maestro, en una remuneración digna de su trabajo y en asegurarle sus condiciones de existencia después de su vida activa.  Se expresó de múltiples formas, desde las presiones a sus representantes en los círculos de poder para la instalación de centros educativos en sus comunidades, hasta las formas más humildes y solidarias como la construcción por la comunidad de la casa del maestro, o en el pago de algunas horas a la maestra, o cubrir el coste de su transporte…: los poblados y comunidades se esforzaron para asegurar la educación de sus hijos y de sus hijas.  Más aún, ese reconocimiento en muchos casos se expresó en forma de donaciones de inmuebles y recursos por los “pudientes” de la comunidad, o a través de rifas y turnos, para la construcción de una escuela, de un colegio, o de una finca de investigación agropecuaria, o de un centro regional de educación superior…  La sociedad costarricense reconocía de múltiples formas el efecto de renovación social, de movilidad, acenso y mejoramiento económico general que contraía la educación gratuita, costeada por el Estado.

Costa Rica construía una sociedad bajo un precepto de solidaridad por el que cada ciudadano y cada ciudadana contribuían, de acuerdo a sus posibilidades, para fundar una nación que debía cobijar a todos sus ciudadanos, independientemente de su nivel de ingreso, de su condición social, de su origen geográfico, de su raza…, era el mandato heredero del pensamiento político que surgía ante el levantamiento de las huestes fascistas y nacionalistas después de la Gran Depresión de los años 30.  La educación y la salud públicas y universales fueron los principales dos pilares sobre los que nuestros abuelos y padres fundaron ese proyecto.

Mas ese espíritu libertario que le dio a nuestra sociedad su afecto por la educación, por el sistema educativo gratuito, y su aprecio al magisterio nacional, ha sido percibido como indebido por un nuevo modelo de desarrollo que se impulsa internacionalmente desde mediados de la década de los años 80 del siglo pasado.

El principio de solidaridad que le daba cuerpo al sistema jurídico y a la política económica comenzó a considerarse irracional porque la racionalidad ahora se concebía como la acción dirigida por el interés individual, y éste debía medirse por la capacidad de generar ingreso, de obtener salarios más altos, remuneraciones más gordas y mayor acumulación de riquezas privadas:  Un nuevo modelo que intenta resucitar en las sociedades contemporáneas, los valores que habían conducido a la humanidad a las dos enormes mortandades del siglo XX, la Primera Guerra mundial de 1914-1919 y la Segunda Guerra Mundial de 1939-1945, más dos o tres grandes depresiones económicas.

Y en ese proceso estamos.  Los que hoy intentan transformar el modelo solidario y creen en la necesidad de reinstalar el liberalismo económico como fundamento de un orden económico global, no deben olvidar que están ahí, en esa posición, en buena medida porque sus abuelos y sus padres pudieron alcanzar un estatus social que no habrían alcanzado si el sistema público y gratuito de educación y salud costarricenses no les hubieran abierto las puertas del ascenso social.  Los maestros y maestras que los instruyeron, educaron y formaron, que desarrollaron sus capacidades y los convirtieron en profesionales y en empresarios exitosos, viven y juzgan las acciones que hoy se toman.

Y deben meditar muy bien, si el proceso de concentración de riquezas y desigualdad que está mostrando como resultado este modelo neoliberal globalizado no va impedir que los hijos e hijas de su generación y de las venideras, puedan gozar de las oportunidades y libertades que ellos gozaron.

(*) Sergio Reuben Soto

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