sábado 1, octubre 2022
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Cuento de Frank Ruffino: La sentencia

A Laureano Albán Rivas

El hombre estaba solo, pobre y enfermo. Y su situación personal era como un fatídico cóctel que nadie bebería, ni siquiera movía su estado a desplegar una falsa caridad a cargo de quienes lo habían conocido en aquella ciudad. En estas oscuras horas ningún humano visitaba su enorme y descuidada casa, con excepción de los abejones de mayo que no paraban de colisionar violentamente contra la puerta y ventanas.

Se trataba de un bombardeo atroz porque, igual que granizos, estos kamikazes también caían sobre el tejado, aun así, tal escenario de hostilidades lo consolaba al prodigarle un falso sentido de acompañamiento.

-No me juzguen masoquista: únicamente necesito saber que el mundo allá fuera sigue su curso, bulle, transita, llega, se va y todavía así viene pletórico de oportunidades para la mayoría de los individuos… -se recriminó el viejo.

De tal forma elucubraba luchando con su legión de demonios propios, cuando otra fuerza golpeó su puerta a puñetazos. El hombre cayó en cuenta la arremetida de insectos se constituía en el heraldo de un escenario más ominoso, lo que ningún ser humano en sus cinco sentidos anhela en esta existencia, excepto los suicidas, pues, sean cualesquiera las circunstancias, por lo general hasta los locos suelen conservar intacto el instinto de supervivencia…

Le desconcertaba el hecho de que los tipos de afuera vociferaran su nombre, sin el menor tacto ante la casa de un anciano, no pudiendo fácilmente imaginar yacía baldado en ese camón de su habitación, escuchando el terrible estrépito de la puerta al ser derribada a patadas y a golpes de ariete.

Ya el hombre percibía sus crecientes pasos de pelotón bien conformado para el asalto, y en esos segundos no encontraba el motivo para que una fuerza policial de choque arremetiera contra su frágil humanidad y descompuesta residencia, si en los últimos años no había infringido la ley, ni en lo más mínimo que es una simple contravención, como emborracharse y alterar el orden púbico, saltarse una luz roja del semáforo, sobrepasarse en un piropo, montar una declaración falsa de impuestos…

Pero ante aquel pandemónium súbitamente hubo una pausa; en las demás estancias de la casa y alcoba reinaba un extraño silencio, cosa que preocupó más al pobre hombre.

Pasaban los minutos…

Sudoroso, como si estuviera ya en el Infierno, de nuevo miró asustado a la puerta: dejar de observar con insistencia neurótica le producía un tremendo horror al pensar el monstruo invadiera con una velocidad apabullante y asesina, impidiéndole conocer aunque sea un atisbo de su naturaleza, o bien al menos defender su cuello mientras clamaba perdón a Él encomendándose a su divina misericordia…

-Es sólo darle noventa grados a la perilla hacia uno u otro de sus lados para abrir esta chapa de cedro y franquear el umbral hasta mi triste aposento, -dijo susurrante.

Estaba sorprendido frente a aquella paradoja que le creaba, maltrecho como estaba, la más espeluznante ansiedad. Por fin, desconcertantes, apenas audibles, varios golpecitos lo liberaron de ese terrible suspenso. Una vocecilla educada, tímida, rompió su expectante angustia:

-¿Se puede, …se puede señor?

-¡Qué me queda!, -gritó. Y esperó la injustificada y prevista lluvia de plomo…

-Una carta, -anunció un amable hombrecillo blanco que, inclinado, asomó su cabeza y parte del tronco en tanto agitaba la encomienda.

-¡Gracias buen hombre!, pero, pero…

-No, no, disculpe tanta molestia señor, aquí le dejo la misiva sobre la repisa, tenga una feliz tarde, no fue mi intención importunarlo sufriendo usted lo inimaginable…

-¡Pues un millón de gracias por su consideración!, creo los medicamentos hacen mi lucidez no me asista en esta coyuntura de quebranto y abandono, –le confesó.

El viejo emocionado intentó incorporarse, pero el mensajero volvió sobre sus pasos, en tanto nuestro paciente le siguió agradeciendo encarecidamente. Al fin escuchó la retirada del pigmeo cerrando la puerta principal. Acometido por una súbita energía, con dificultad logró bajar del lecho sosteniendo su peso en la andadera de aluminio y fue lentamente al mueble. Torpe y tembloroso abrió el sobre con gran impaciencia y leyó unas condolencias, mientras su corazón se agitaba saliéndose de su pecho. Al enterarse del muerto, el condenado aulló, entonces tornó lo dantesco, y a padecer de nuevo, este, su instante final porque lo que había sufrido en el último cuarto de hora regresaba reproducido con una rapidez espantosa y negra: pulsaban el timbre, gritaban su nombre, pasaban a los puños y de ellos a las patadas, derribando la puerta, mientras el aterrorizado y enclenque paciente escuchaba crecientes pasos de pelotón bien conformado para el asalto.

Estos obreros negros de La Muerte, que con un sigilo histriónico se acercaban al ataúd, correspondían a cada uno de sus hijos abandonados y desperdigados irresponsablemente por el mundo, producto de una brutal existencia de poeta disoluto.

Con una sola frase o palabra lapidaria, uno a uno, los seis hombres, turnándose frente al cuerpo del muerto que casi desconocían, comentaban:

-¡Eso te merecías!
-¡No siento nada!
-¡Maldito viejo!
-¡Borracho!
-¡Canalla!
-¡Púdrete!

Ninguno de éstos dio en el blanco, ni siquiera el parte de defunción; únicamente al final, cuando sus vástagos verdugos habían partido lanzando más imprecaciones contra el difunto, y a punto de cerrar la caja, una enigmática dama de negro atinó con los versos de Leopoldo:

-“Sólo es hermoso el pájaro cuando muere destruido por la poesía”.

**

‘La Sentencia’ ©, igual que casi todos los relatos de su libro, es la ‘versión’ narrativa y literaria (‘experimental’, nos ha dicho su propio autor) del poema de Frank Ruffino titulado ‘Pesadilla”, y aparecido en el libro ‘Hombre Adjunto’ © (Editorial Alma Mater, octubre de 2013). El relato, como salido a volar en una auténtica metamorfosis literaria a partir del poema, vendrá en el primer libro de cuentos “Los perros también soñamos” que espera ver la luz en pocas semanas.

Diario Digital Nuestro País ha publicado aquí otros relatos de esta interesante y auténtica obra inédita que ya esperan los lectores ver en sus manos: “Loco a la carta”, “Un blanco amanecer”, “Otra especie de filantropía”, “El lector aparecido”, “Triste historia de un viejo anticomunista cubano”, y hace unos días “Desaparecer a Rocky”.

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