viernes 28, enero 2022
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Cuento de Frank Ruffino: Una tarde de lucha libre con Maupassant

La bruta enamorada pilló a su novio desarmado en el jardín, y sobre el pecho un libro abierto de relatos de Maupassant, la gota que en instantes colmaría el vaso.

Era la tarde tórrida de un Domingo de Ramos luego del almuerzo opíparo regado con buen vino tinto. El reiterado canto del cenzontle buscando aparearse sumió a Giordano en un sopor profundo, pero no lo consumió totalmente en el sueño. Ante esa melodía anunciándose en los espesos ramajes de un guayabo, junto a la benéfica brisa le hacían susurrar cada cierto tiempo al hombrón barbado: “Se te va a quebrar la rama pajarito, pajarito, pajarito…”.

Ese día Nicolette se había librado de Marquitos mandándolo a casa de su exmarido tratando de dedicar todo el día, o buena parte de él, a revolcarse en la cama con Giordano, por quien había dejado a Bruno, el gordo y corpulento carnicero del pueblo, esto tras una relación de diez años, más que suficientes para apagar la pasión en ella. Tales eran las aficiones de Nicolette la mayor parte del tiempo, haciendo que Giordano en pocos meses fuera perdiendo paulatinamente el interés en ella.

-Se te va a quebrar la rama pajarito, pajarito, pajarito…

La bruta enamorada tenía la cabeza menos amueblada que el hogar de un minimalista. Diez años menor que Giordano (ya rondando él los 40), su misma ignorancia, paradójicamente, le hacía más deseable por ser una hembra morena con un cuerpo que recordaba a esas yeguas en las exposiciones o subastas de alto nivel, donde únicamente los magnates pueden pagar por ellas; una humanidad bien aprovisionada de frescas y firmes carnes, el delirio de cualquier macho carnívoro, de ahí que su escasa cognición hacía que con Nicolette se fuera directo al cuerpo, sin perder el tiempo en disertaciones literarias, filosóficas o de otra índole más pedestre, como el mismo fútbol, tema que ocupa mayormente a los hombres de pueblo.

Esta bruta, que sólo en puntuales crisis existenciales había leído de vez en vez La Biblia, con cuidado de no despertar abruptamente a Giordano y que éste leyera sus intenciones, se inclinó lo más que pudo hacia el torso desnudo de su musculoso amante tratando de determinar el título del libro:

“LOS MEJORES RELATOS DE GUY DE MAUPASSANT”, y en letras más pequeñas la frase “Y otros cuentos universales”.

Y, como he dicho, esa fue la chispa que encendió la mecha, porque en las últimas semanas Nicolette miraba a los libros de Giordano como desconcertantes artefactos diabólicos que confabulaban robando precioso tiempo a su relación pasional.

El cenzontle no aminoraba los decibeles de su melodía afrodisíaca para atraer a su pajarita y copular con ella como ansiaba Nicolette con Gordi (así le solía llamar en la intimidad), la casa totalmente sola y en la radio se escuchaba una canción tropical hablando sólo de sol, piel desnuda, sudor, arena y pasión…

-Se te va a quebrar la rama pajarito, pajarito, pajarito…

Pero ya la metamorfosis obraba su efecto y no había marcha atrás: la bruta enamorada no permitiría un triángulo amoroso en que figurara un tal Maupassant; trastocaba a búfala endemoniada dio tres resoplidos sobre el rostro de Giordano, al tanto el cenzontle huía en el acto volando contrariado por no encontrar a su pajarita para hacerle el amor y la canción dio paso a un anuncio de Café Maravilloso…

Giordano ya no susurraba el estribillo advirtiendo al cenzontle del peligro de cantar cual un condenado enamorado, porque para él esta suerte de amor había llegado a pesar tanto como una estrella de neutrones, o así lo hiperbolizaba en su mente y sentía en su alma de poeta de cierto prestigio. Estaba pronto a abrir sus ojos y salir de ese hechizo de estío cuando Nicolette se incorporó y, buscando impulso como si fuera a cobrar un penalti, le propinó al amante de Maupassant un puntapié en las costillas con sus delicados tacones de aguja rojos.

-¡Con un demonio!- gritó Giordano.

Aún conmocionado no intentó levantarse, únicamente miraba sin entender el zapato rojo erótico que balanceaba Nicolette como escarmiento frente a su rostro, y ahora transformado en salvaje casco de filosa pezuña; ésos que al principio de la relación cada noche, y a toda hora del día en que se pudiera manifestar el amor, enloquecían a Giordano en aquel exuberante cuerpo sensual y de un hambre voraz e insaciable por echar pasión en el lecho, mientras en esos días escondía debajo de esa cama sus amados libros y Maupassant languidecía por culpa de la bruta.

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Este relato forma parte de la nueva obra de Frank Ruffino “Los perros también soñamos” (Veragua Ediciones, 96 páginas, edición de lujo). Hace unos días publicamos el cuento que le da título a la publicación. Ya pueden adquirir un ejemplar directamente con el autor, a su WhatsApp: 85-28-84-87 o bien contactarlo por Messenger en su popular muro de Facebook “Frank Ruffino Detilarán”.

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