sábado 20, agosto 2022
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Cuento de Frank Ruffino: Salven a Harry

Como todas las veces anteriores, Harry se revuelve dentro del costal de lona… Esa vocecilla interior le espolea exigiéndole de una vez por todas liberarse, demostrar a todos los poderes del Gran Harry:

-Vamos Harry, vamos hombre, es ahora o nunca, ya estás al término, en esto no vale el sobretiempo porque todos se disgustarán y marcharán para sus casas quedando tu reputación hecha trizas, y en el siguiente evento ya no habrá público para la función, sólo imagina los titulares en los grandes diarios del mundo… ‘Harry perdió su estrella’, ‘El genio del escapismo no pudo liberarse del saco encadenado’, ‘Harry fracasó en la ciudad de San Francisco’, ‘El mejor escapista del mundo no pudo con el Salvaje Oeste’…

Pero Harry esta vez se percata las circunstancias son distintas de las otras; en la oscuridad de su encierro con pavor distingue unos terribles ojos sobre él, trata de ocultarse en los dobleces de la dura y tiesa manta, mas sus muñecas anudadas le impiden cubrirse del espanto: ¡ya están por todos lados esos ojos como termitas! Y aparecen unas húmedas y pegajosas ventosas cuyos largos tentáculos son mambas negras de la peor calaña. La vocecilla, como la de un entrenador a su boxeador que descansa en la esquina del cuadrilátero, sigue moviéndolo a la lucha denodada, a una pronta liberación de su cuerpo, ¡ahora más que nunca su reputación está en juego!

-¡Harry, no puede ser de nada te valga haber mostrado desde siempre al mundo el fácil pez de tu cuerpo, Harry escúrrete, Harry revuélcate como una lombriz, Harry no le des oportunidad a Ella Harry!…

Mas a Harry de nada le vale su formidable currículo de hombre resbaloso y escurridizo, de esas aguerridas luchas por remontar la soga y el hierro, la madera, el agua, la tierra, el fuego…

El público guarda una tensa calma aún hipnotizado ante aquella lumbrera del escapismo, oculto en su talega pendiendo casi sobre sus cabezas que han pasado del amable asombro a la estupefacción iracunda, Harry, enfocado por un haz de luz en esa propicia oscuridad dentro del inmenso toldo que da cabida a trescientos espectadores. Y a cada segundo Harry en su interior se extenúa, de vez en vez un violento espasmo, los últimos estertores… De los aplausos iniciales y exclamaciones de admiración, creyendo la cabeza de Harry al fin aparecerá en el tiempo acordado de tres minutos de excitante suspenso, el público irrumpe en una atronadora seguidilla de silbidos y burlas. Algunos hasta le han lanzado su manzana azucarada, dando dos o tres en el blanco, el estático y abominable zurrón en el que Harry agoniza engullido, digerido por un miedo desconcertante. El acto pasa a un segundo plano, ya la situación alerta lo peor, comienzan a activarse los protocolos de desastre…

La vocecilla instalada por tantos años en la férrea voluntad triunfadora de Harry, de vez en vez resuena como un eco apagado en la intimidad del morral de la muerte. Entre el público histérico la inminente viuda de Harry, que esta vez le ha acompañado, tuerce los dedos para que ese necio sucumba de una vez por todas y piensa en los cinco mil dólares del seguro. ¡Ya nunca más el obsesivo Harry la sumirá en el profundo desamor con sus interminables actos de inédito narcisismo extremo que la mayor parte del año le mantiene fuera de casa!

-¡Vamos Harry, haz un último intento!, -le implora la vocecilla-. ¡Debes demostrar a todos de lo que estás hecho!

Sin embargo, la inconformidad y bullaranga con ese desafortunado numerito que no termina de salir, y que ya nunca saldrá, crece y crece como una gran ola que viaja pesada y lenta hacia la costa reventando al fin contra los acantilados en un fragor descomunal… Algo pasa, sí, la magia velada de ese enigmático universo que era su bolsa milagrosa no ha surtido efecto, Harry el Grande es un farsante, reembolso por los costos del boleto, prendan fuego a la carpa…

El maestro de ceremonias ordena a los tramoyistas bajar el fardo, y, con el concurso del mismo director de la compañía, un payaso y enano que han salido tras bambalinas, se aplican apresurados en desarrollar la criminal cadena que cicatriza por doquier al envoltorio, rematado firmemente en su boca con un candado grande, negro, intimidante…

Por fin abren la negra y odiosa alforja donde Harry yace exangüe, reducido por otro juego interior de cinco cerrojos intactos y sus cadenas fijas que circundan el cuerpo del escapista aprisionándolo atrozmente. Entonces, de un salto, el director del show manda encender las luces, con frenesí mueve sus manos en señal de suspender el acto, de detener ipso facto la solemne orquesta que trata de contener al enardecido público, disimulando el estrepitoso fracaso del espectáculo estrella más grande de la época. A medida que van desenvolviendo al antiguo genio, la gente despavorida y ciega cree comprender lo acaecido, abandona en estampida las butacas, tratando también de liberarse de esa escena espeluznante que ha contaminado a los concurrentes de una inédita claustrofobia, unos sobre otros se atropellan hacia las cuatro salidas del toldo; la sirena de emergencia no para de aullar, ¡aquello es un pandemónium!

Desde la aterrorizada y rugiente corriente de espectadores huyendo, irrumpe la esposa del malogrado ilusionista y se echa llorando sin control sobre su cuerpo tieso y pálido, e implora por él:

-¡Salven a Harry, salven a Harry!

Pero el Gran Harry Houdini, petrificado, mira con ojos vidriosos hacia la bóveda de la gran carpa, en ese trance final de ser atrapado por un monstruo descomunal y horroroso del cual ya no podrá liberarse jamás.

***

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