viernes 28, enero 2022
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La fiesta del Janucá, o de las Luces (que aquí se iluminan)

Jugando con el mito y la ficción se ha construido el pasado y a su vez se vestido y se ha borrado, parcialmente, de la historia, su vínculo con los hechos reales. Pero la historia real está escrita parabólicamente, en una cronología muy dilatada, cuyos ejes principales se pueden descifrar y, en parte, demostrar, por tres razones. Una, porque nunca ha habido la intención de ocultarla. Dos, porque existen pruebas de su manipulación. Y tres, porque se ha dejado transcrito, pese a la censura, el modo de reescribirla. La Nueva Cronología de Fomenko y Nosovskiy sienta las bases de esta reconstrucción, mientras que su variante, conocida como la Cronología X-185, le acaba de dar forma. Como sus nombres apuntan, existe otro mapa cronológico sobre el cual comprender otra historia, muy distinta a la oficial.

De acuerdo con ambos trabajos, la construcción de la historia en un contexto temporal dilatado empieza en el siglo dieciséis, se acelera en el diecisiete y tiene su apogeo en el dieciocho, siendo los siglos diecinueve y veinte cuando se completa con contenidos “monumentales” en cuanto a su cantidad, detalle y extensión. Y todo lo ocurrido hasta el siglo diecinueve se debe poner en duda, del mismo modo que todos los métodos de datación, incluyendo el del Carbono-14, que se considera infalible pero no lo es. Toda su metodología se sustenta en tablas de calibración que consideran como válidas la existencia de muestras que se ajustan a un mapa cronológico que no se cuestiona. Y ello le induce a numerosos errores.

Tanto los textos sagrados como la historia antigua se refieren a hechos bastante más recientes de lo que se afirma, oficialmente. Se deben reubicar en el equivalente de los siglos doce al diecisiete oficiales y, muy especialmente, de los siglos quince al diecisiete, de la era cristiana. Es decir, con apenas unos seis siglos de historia real, anterior al siglo dieciocho, se han creado las narrativas historiográficas de miles de años de historia humana “documentada”.

Basta decir que es en tiempos de la Compañía de Jesús, cuando ésta ocupa todas las culturas y se asienta en todos los imperios conocidos, que se construye esta historia. Y que, antes hay unos dos siglos de paz y prosperidad comercial con tolerancia religiosa, hasta la ruptura entre las relaciones entre los seguidores de Cristo y los de Mahoma. Pero incluso el orden otomano entra en el juego de la reconstrucción de la recreación de la historia, resultado de una alianza estratégica con la corte francesa que se mantiene hasta tiempos de Napoleón y, técnicamente, hasta el siglo veinte. Su punto en común es el templo de Salomón, que une a la Francmasonería con el Islam, y cuyo emblema moderno es el proyecto de la Cruz Roja y de la Media Luna. Pero esta reconstrucción no tiene lugar entre los años 1540 y 1773, que es cuando el papado da inicio y pone fin a la empresa de la Compañía de Jesús, sino entre los años 1725 y 1773. Según la línea X-185, la historia de la Compañía y de toda la humanidad se debe reducir en 185 años, que se habrían añadido como consecuencia de la necesidad de crear una historia adulterada de la empresa colonial europea.

Esta es la historia real, la principal, que aquí se vislumbra. Y en esta historia el cristianismo es un proyecto egipcio e indio, que toma el relevo y se fusiona con la epopeya de un pueblo hermanado, el judío, que por razones de poder simbólico se ve desautorizado entre los siglos diecisiete y dieciocho reales.

Se trata, por tanto, de una gran recreación histórica que, lógicamente, tras casi tres siglos reforzándola desde las academias de historia resulta, a primera instancia, un planteamiento que crea confusión. Pero, tras profundizar en ella es posible liberarse de las numerosas dudas y contradicciones iniciales, y abrir la conciencia a su razón de ser.

A modo de resumen introductorio, decir que a partir de unos textos comunes se construyeron leyendas que dieron lugar a grandes mitos, a medida que se rememoraban grandes gestas, hasta dotarlas de simbolismos sagrados que, a su vez, requirieron de una dimensión perfeccionada en nombre de uno o varios héroes, mártires, profetas y/o dioses. Para ellos se crearon gloriosos pasados, que se remontaron a tiempos inmemoriales, en una tendencia que es fácilmente observable en las leyendas fundacionales de todas las culturas, pueblos y naciones del mundo. En todos ellos se evidencia un imaginario temporal superior al realmente documentado donde la obra suprema es la del origen del mundo: la llamada “creación”.

La historia dilatada aparece junto a los calendarios dilatados. El objetivo inicial es lograr el efecto de una pretendida eternidad legítima de los poderes asociados a un determinado poder centralizado, que desde sus inicios se vincula a determinados linajes, pueblos y culturas. Pero, a su vez, aparece la necesidad de rellenar el tiempo recreado con hechos “verdaderamente” documentados. Cuando esto ocurre, empieza la historiografía y la mística del cosmos, vinculados al culto a las grandes gestas y a los dioses, a través de heroicos personajes y gloriosos profetas. Luego, aparece el estudio del razonamiento de la perfección de la conciencia humana, que tiende a asimilarse a Dios, y, de su mano, el auge de la ciencia, la tecnología y el conocimiento.

La “historia sagrada” surge y se modula junto al desarrollo cualitativo de la civilización humana, desde el momento que logra crear, documentar y controlar las ideas, estableciendo una “ley”, a la par que surgen las ciudades, la especialización de las actividades, los sistemas de producción de bienes y el comercio, la banca, la institucionalización política y el progreso cultural. Y todo tiene su equivalente en la Edad Media europea, si bien, tal como descifra la línea X-185, ésta debe comprimirse y centrarse en los siglos trece al quince oficiales, y ubicarla 185 años más adelante. Es entonces cuando debe comprenderse el inicio del proceso exponencial del desarrollo tecnológico que empalma con la Ilustración. Es decir, todos los antecedentes grecorromanos y egipcios enviados al pasado les rinden reconocimiento, y fueron en parte reales, pero no en la forma que narra la historiografía oficial. Se tratan de reflejos enviados al pasado, que son reconstruidos por el proyecto reunificador de la iglesia católica universal instalada en la Roma italiana.

Es decir, la construcción simbólica de un pasado legendario conduce a la creación de unos calendarios a los que se les añaden miles de años, y, resultado de ello, se introduce la lógica de la reinvención de la historia, que, paulatinamente, da lugar a la manipulación deliberada de una historia en la forma de falsas genealogías, crónicas, documentos y restos arqueológicos que, en una etapa avanzada, crean los archivos, museos y enciclopedias construidos para su difusión pública. A partir de entonces, una vez articulada esta base cronológica, aparece la academia de la historia y, desde este espacio, ha persistido en su “robustez” trabajando para un pasado erróneo.

Tal como Fomenko y Nosovkiy han demostrado, mediante múltiples métodos de datación astronómicos y estadísticos, las crónicas originales de la epopeya de la expansión del Imperio Egipcio (que evoluciona hasta el Imperio Romano, en Occidente, y hasta los imperios otomano, indio, chino y japonés, en Oriente, hasta llegar a América) han sido las bases de los textos sagrados de las principales religiones del mundo. Todos ellos fueron creados junto a una poderosa corte sacerdotal, a medida que evolucionó con sus distintas variantes, hasta el siglo diecisiete o, mejor dicho, el dieciocho (si se considera la línea X-185). Su trabajo va acompañado de una reconstrucción de los hechos, en el que destaca el papel de la Horda de Oro rusa, como protagonista de la expansión de este imperio, así como la constatación de la deliberada reconstrucción del Sacro Imperio Romano Germánico alrededor de la Roma papal, que sería una adulteración de la realidad realizada desde la Europa renacentista, siendo ésta una era trasladada al pasado entre unos y dos siglos, en un proceso de destrucción documental sistemática que incluye la reposición o mejor dicho la falsificación documental generalizada. Pero, sin embargo, de entre todos sus hallazgos, destaca sobremanera la reubicación temporal de los textos sagrados y de la historia antigua, en la medida que ubica el monumentalismo greco-romano-egipcio entre los siglos catorce y dieciséis, y que localiza el mito del Arca de la alianza en los siglos catorce y quince, descifrando que se trata de una alianza entre Oriente y Occidente donde las epopeyas de Noé, Moisés y Salomón (todas ellas con su arca) se refieren, junto al libro del Apocalipsis de Juan, a los mismos hechos. Es decir, en base a un pacto, que se generaría como resultado del pulso por el control del corazón de un imperio de reciente creación, se establecerían dos grandes bloques que firmarían una paz histórica, para el beneficio mutuo, resultado de la cual se crearía un texto principal sagrado (del cual nacerían múltiples leyendas) que se referiría a una “alianza” simbólica entre Dios y la Humanidad. Por esta razón el simbolismo piramidal se expandió por el globo terrestre, y luego una simbología asociada a un Dios principal que, en especial en Eurasia y el norte de África, sería común al de uno o diversos iconos históricos con rasgos comunes. Egipcio sería la tierra “madre”, y durante siglos sería allí donde se momificaría a los líderes de la ocupación del mundo, según la tradición ancestral egipcia.

A su vez, la Cronología X-185 ahonda en este pacto o gran alianza, estructurando a su alrededor la gloria del pueblo judío y del templo del rey Salomón, que se apoyaría con el brazo militar de la Orden del Templo de Salomón, cuya existencia debe entenderse entre los siglos quince y diecisiete, no entre los siglos once y catorce como afirma la historia oficial. Y este pacto está escrito en la historia oficial. Nace con la alianza entre Oriente y Occidente que se conoce como la Paz Tartárica, que tiene su duplicidad entre la alianza entre la República de Génova y los emperadores romanos de Constantinopla, los Paleólogo, y termina con la caída de Constantinopla en el año 1453 oficial, cuyos hechos se deben entender en el 1638 real, reubicándolos 185 años más adelante. Por el camino habría tenido lugar la división entre las comunidades judía y cristiana y, por esta razón, el Corán de Mahoma es un texto narrado de una sola pluma en el cual se desea conciliar a ambas tradiciones y recuperar su comunión con la de la comunidad árabe, bajo el orden otomano. El proyecto Vaticano, a su vez, sería el proyecto alternativo que se reconstruiría en la Roma italiana, y que daría lugar al proyecto mesiánico y colonial del personaje histórico del Jesús al que se rinde culto en la actualidad.

De este modo, la línea X-185 complementa al extenso y principal trabajo desarrollado desde Moscú, y reubica algunos episodios principales. Avanza en el significado del traslado de los poderes de Oriente hacia Occidente, a lo largo de los siglos diecisiete y dieciocho, y refuerza con nuevos elementos la lógica de la invención del Imperio Romano con sede en Italia, así como de la crónica del Sacro Imperio Romano Germánico y de la historia de los Papas de Roma. Para ello reconstruye episodios complementarios que ayudan a trascender la historia del colonialismo cristiano europeo, y su raíz judaica. El principal, quizás, sea el relato de la construcción del mito profético de Jesús asociado al Preste Juan de las Indias, quien habría aparecido con los Mamelucos para el control de Egipto y, muy especialmente, como garante del Arca de la Alianza entre los emperadores griego y turco, bajo la autoridad del linaje original fusionado con el linaje del pueblo hebreo que, desde entonces, lideraría su éxodo desde Egipto para custodiar, principalmente, el poder del templo salomónico en Europa. Este proyecto habría sido el resultado de un “pacto” entre tres reyes de un mismo linaje original, y sería el origen de los poderes cristianos del Papa de Roma, que aparecen en Italia cuando se desmantela el orden salomónico del Arca custodiada por el Preste, desde Etiopía. Por esta razón, en todos los mapas medievales aparece la simbología del personaje del Preste y nunca la del Papa, siendo los mismos. Es decir, la triple cruz y la triple corona papales son, en realidad, los símbolos del Preste Juan de las Indias.

Es decir, resultado de un gran pacto se honoraría la epopeya de un gran imperio asociado a un Dios poderoso. Pero la historia real es siempre más trágica y cruel de lo que es deseable para el buen gobierno de las gentes, y con el tiempo se construye un orden político diferenciado del espiritual, y se separan sus relatos, relegando el segundo a su vocación universal. Y, cuando esto ocurre, las narrativas del gran emperador original y su linaje pasan a ser transformados en un texto sagrado, y sus gestas en diversos episodios liderados por sus respectivos iconos, todos ellos dotados de identidad histórica, en la forma de grandes profetas. De este modo, pese a parecer una afirmación gratuita (que no lo es), del Gran Kan que ocupó Eurasia se creó el icono de Abraham, y de su nieto Batu Kan, quien ocupó Europa, a su nieto Jacob, llamado por Dios Israel, de cuya descendencia nacerían las doce tribus de Israel. Todo ello aparecería con la epopeya de un primer emperador cuya gloria se materializaría con su nieto, antes de transformarse en el Jesús mesiánico, el Buda, Krishna y otros dioses como Horus o Dionisio, siendo todos ellos distintas versiones de esta divinización imperial. El Santo Sepulcro de Hierusalem le rendiría culto, en el monte Moriah, y allí se concebiría el lugar donde se establecería la alianza entre Dios y la Humanidad, siendo este hecho rememorado como el episodio en el que Dios pide a Abraham el sacrificio de su hijo, Isaac, el padre de Jacob. Sería el símbolo del imperio común y de una gran alianza. Por esta razón, en todos los mapas medievales que se han conservado aparece en Jerusalén (Hierusalem) el texto “Santo Sepulcro” y en ninguno aparece el nombre de Jesucristo o el de Mahoma (que se apropiarían del lugar sagrado, más adelante), del mismo modo que siempre aparece el Preste Juan y nunca el Papa de Roma.

Entrando en más detalle, desde Egipto nació una civilización que se expandió por Oriente Medio hasta los mares Mediterráneo, Egeo y Negro, para luego iniciar un periplo nómada que se expandió hasta el Pacífico y luego volvió a su tierra de origen, el Cáucaso, desde donde entró en conflicto con los poderes árabe y griego. Pero de esta empresa surgió otro proyecto, el de ocupar Europa y luego volver a reocupar el imperio original. Desde la Iberia caucásica y Crimea, llamada Gothia, se ocupó Occidente, trasladando allí la nueva Gothia, con sede en Aviñón, y la nueva Iberia, en Hispania. Desde allí se rearmó y volvió a Grecia, a quien venció, y se reocupó Crimea, Iberia, Georgia y, luego Egipto y Palestina, en donde se instaló el Preste Juan y el Santo Sepulcro del Gran Kan, el líder del gran emperador que inició la mayor empresa del mundo conocido, estableciéndose como el primer gran soberano y, con él, implantando la autoridad de un único Dios. Los Mamelucos custodiarían desde entonces esta Tierra Santa, y la Orden del Templo de Salomón las tierras ganadas por esta estirpe, mitad hebrea y mitad imperial. Con ellos nacería la gloria de la Historia, de la Génesis de los textos sagrados y de una gran alianza, entre Oriente y Occidente. El Arca de Salomón. De allí, de la gran Babilonia (El Cairo), saldría el pueblo hebreo armado con la fuerza de las tablas de la nueva Ley de Moisés, el Dios Amón transformado en un icono, y se dirigiría, junto al pueblo árabe, al retorno hasta las dos Gotias, estableciéndose allí distintos reinos y/o kanatos. A su vez, con ellos, en Occidente se establecería un gran pacto matrimonial, entre la hija del Preste y un líder provenzal, dando lugar a los poderes de los Anjou y de los Aragón, para los cuales la historia construiría los poderes del Reino de Jerusalén, la gloria occitana de los Templarios y las gestas de los Almogávares, que serian en realidad la de los Macabeos. Se trataría del linaje original, vinculado al pueblo hebreo, del cual surgirían los grandes linajes cristianos. De este mido nacerían María Magdalena y San Jaime, y múltiples obras “medievales”, así como el mito Merovingio asociado, desde el siglo veinte oficial, al linaje de Cristo.

Por esta razón, el pueblo judío, desde Noé y Abraham hasta Moisés y Salomón, e incluso José y María, se vinculan con Egipto, pero la realidad de este vínculo es mucho mayor de lo que estos lazos evidencian. En verdad, hubo una sola Arca, que se acordó en Egipto, donde las crónicas de Noé, Moisés y Salomón son la misma historia, como lo es la de Abraham y la del origen de Cristo. Es la misma historia y se refiere a una expansión imperial que derivó en un Templo, resultado de una paz, de una alianza “divina” que transformó para siempre más la cosmovisión de la Historia. El pueblo judío celebra esta gesta con la fiesta del Janucá o de las Luces, en la que se enciende el candelabro Menorah. Con este simbolismo se conmemora la liberación del pueblo judío en manos de los greco-persas y la reconstrucción del Templo de Salomón, y este año tiene lugar entre el atardecer del 22 de diciembre y el anochecer del 30 de diciembre. Históricamente, se traslada a tiempos del gran Alejando Magno. Extraoficialmente, como se ha indicado, se celebra desde hace poco más de cinco siglos. Y la historia real está escrita en hechos inconexos (aparentemente) alrededor de la fecha del 1260 medieval que, a su vez, están transcritos en el Capítulo 11 del Apocalipsis bíblico.

(*) Andreu Marfull Pujadas, Profesor en Planificación y Geografía Urbana a la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, México.

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