viernes 9, diciembre 2022
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Cuento de Frank Ruffino: El domador más grande del mundo

a D. José Guillermo Malavassi Vargas

El tipo era un formidable domador, corpulento como el que más, pero de ninguna manera uno de tantos: se le calificaba de «el más grande del mundo y de la historia» porque reducía cualquier ser o cosa de la Tierra, incluso más allá y del más allá, hasta fenómenos paranormales y atmosféricos, pasando por las «fieras con corbata», como él les llamaba a los soberanos del reino Banana Split o Barco de Banano y de los lejanos feudos de la batata.

Y, aunque «el hábito no hace al monje, pero sí lo distingue», usaba de atuendo de una sola pieza, más propio de sus colegas, los forzudos del circo, camiseta de tirantes y calzón, de color negro, y unas sandalias de cuero personalizadas con gruesa plataforma de caucho para evitar un resbalón fatal en su riesgoso oficio.

Su barba de chivo en un rostro largo y anguloso, recordaba al Diablo, y no ayudaban en nada, para demeritar esta analogía, unos ojos azules marcadamente claros y penetrantes. Peludo cual gorila, se dificultaba saber a simple vista el color de piel de aquella cosa membruda. En verdad, mostrando esa reunión de rasgos y una estatura de dos metros diez, este ogro por sí solo provocaría un miedo indecible en toda una división blindada que pondría al instante pies en polvorosa mediante un retiro ligero y desordenado por el frente de batalla.

Y esto de controlar o adiestrar hasta a los fantasmas no es exagerar: había ido a San Petersburgo a domesticar al hiperactivo y chocarrero espectro de Rasputín, apertrechado y creyéndose, desde hacía ciento cuatro años, el amo indiscutible del palacio Moika. Una sola noche le tomó aplacar al llamado y feroz «diablo sagrado» …

¿Qué… cómo lo hizo?

Pues no le reportó mayor esfuerzo. Simplemente solicitó al señor Putin se le trasladara durante el día al castillo sobre un camón, cubierto él hasta las narices con gruesa y grande colcha, de modo que, al divisarlos desde los ventanales de la mansión, Rasputín ignorara la naturaleza de su próxima víctima al caer la noche…

Un día de tantos, librado ya el mundo de larga cuarentena a causa de la pandemia de la influenza, el camión de mudanzas, con ocho fornidos soldados del temible Ejército Rojo pasados por simples ayudantes, acomodó al famoso domador italiano de ciento cincuenta kilos en la habitación principal de la antigua residencia del príncipe Félix Félixovich Yusúpov, uno de los asesinos complotados de Grigori Rasputín en 1916…

Dicho y hecho: imposibilitado de asustar a nadie durante medio año en que la humanidad se guardó a sí misma, prontamente el espíritu del otrora pervertido, borracho y glotón monje picó el anzuelo… A medianoche el incorregible Rasputín irrumpió en la alcoba sediento de carne fresca, lanzando grandes risotadas anonadadoras y diabólicas centellas por sus ojos, al tanto maldecía con su voz de ultratumba al nuevo inquilino a quien buscaba amedrentar expulsándolo de su hogar ipso facto…

Al no moverse siquiera el edredón bajo el cual se encontraba su víctima, creyendo este diablo el huésped había sucumbido de miedo bajo la prenda, de un tirón la arrancó pensando encontrar, si no a un muerto exhibiendo un rictus definitivo de terror en su rostro, al menos a un agonizante imprimiendo los últimos estertores de pánico e implorando clemencia. Pero en vez de lo que diera por un hecho el siberiano aterrador (que lo había sido en vida y ahora más como fantasma de antología), el terrible amansador saltó ágilmente emitiendo un rugido descomunal sobre la entidad que, al ver aquella demoledora cosa toda pelos y músculos, huyó espeluznado hacia los espesos y congelados bosques vecinos que cicatriza sinuosamente el Nevá, donde aseguran ahora ni asusta al más enclenque y viejo cuervo de la parvada.

Desde entonces se le escucha orar sin descanso clamando perdón al Altísimo por sus antiguos crímenes que llevaron ruina moral, muerte y disolución definitiva a la dinastía de los Románov, y el advenimiento del comunismo que asolaría al mundo durante largos setenta años.

A la mañana siguiente los principales diarios rusos y del mundo daban cuenta del suceso con grandes titulares: «Al fin echan del palacio Moika al fantasma de Rasputín»; «El domador Bruno suma otra marca mundial»; «Ni el fantasma de Rasputín pudo con Fabio Bruno» …

También las reseñas de prensa recordaron cuando el domador había adquirido estatura de mito en vida, al apaciguar un inmenso huracán que avanzaba de lleno contra las costas de La Florida. No se supo cómo, únicamente el fiero héroe se hizo a la mar en una pequeña barca, látigo en mano y, por arte de magia, desafiando a la gran tormenta en la soledad del archipiélago de las Bahamas, reprendió sus vientos y extinguió su poder destructivo. Luego una ligera brisa primaveral invadió todo el sector de la costa sureste de ese país.

*

Realmente Fabio Bruno resultaba más intimidante que cualquier fiera, criatura o evento natural por más brutal y asesinos que se mostraran ante los ojos del mundo.

Le conocí tratando de dominar a una joven, ex esposa de un renombrado capitán del ejército de Brasil, destacado en combate, mas desprestigiado ante la opinión pública de su nación por ser sumiso y débil frente a ella. En la sección de sucesos de los principales diarios del país regularmente daban cuenta de las múltiples palizas que esta bella y demandante compañera le propinaba a su aparente ilustre y aguerrido marido.

Pero ese día pensé en el terror de la pobre mujer que yacía acorralada en uno de los ángulos de la jaula de gruesos barrotes de hierro.

—¡No, Fabio, no, deja ya ese látigo! No soy la fiera montaraz descrita por la prensa amarillista, únicamente una humilde dama que ansiaba ser madre de un vástago del capitán Jair, no puedes tenerme aquí en exhibición sólo porque deseas hacerte más rico y famoso… ¿Soy una leona acaso?

—Leona no, ¡nunca!, ¡pero jamás, jamás, enfrenté una belleza así de salvaje y exótica! ¡Tu piel hiere como garras y tus ojos son dagas hollando mi corazón! ¡Es pertinente amansarte!

—Loco, eres un loco, nada más que un loco señor domador —decía a viva voz Marguerite, riendo y mostrando una coqueta complicidad, extasiada y amilanada ante aquel hombre imponente.

Esta más de decir, Marguerite deseaba con pasión la preñara de una vez por todas dando por culminado su deseo máximo, el de cualquier mujer de tener un hijo del macho alfa genuino.

Sin duda alguna, esta bestia humana cumplía con creces las expectativas de la insólita y exuberante ex mujer del capitán Jair.

*

A las pocas semanas de esa primera visita, regresé a la carpa del domador más grande del mundo, quien ahora tenía como objetivo reprimir y conquistar a una nueva especie de hipopótamo de cinco metros de largo y diez toneladas de peso, descubierto en las inexpugnables y remotas selvas donde se interna el río Congo.

—¿Y Marguerite? —le pregunté al gigante que luchaba sobre los lomos de la gran bestia corriendo y saltando por toda la arena de un anfiteatro especialmente diseñado para desarrollar aquella peligrosa hazaña.

—Más respeto, señor periodista inoportuno, este megahipopótamo del demonio no es un conejo. Marguerite es mi nueva esposa, cayó enamorada a mis pies. No hubo látigo a la medida de ella, excepto el amor que en ocho meses la consagrará como madre.

Amaestrado el monstruo hasta parecer una tierna foca, en un café cercano donde habíamos ido a platicar, el irascible hombre me confió, nunca pudo haber hecho daño a Marguerite, pues, sin que el público ni la misma Administración del espectáculo lo supiera, empleó un látigo hueco de utilería para no causarle ni el más ligero rasguño a su amada y futura esposa.

Tomando postura de padre, con una cálida voz inesperada en un profesional que, más que domar a las fieras y las cosas, aprendió a reducir su miedo a un nivel operativo, me aconsejó:

—No incluya esto en su nota de prensa, pero le revelo, estimado reportero Ruffo, algo importante para su vida…; …usted es joven y debe recorrer aún un largo camino: el látigo más poderoso es el amor, que no hiere, pero reduce dulcemente: con su influjo de bella hechicera, ella terminó por desarmarme.

—¿Y ahora, ¿cuál es su próximo reto profesional? —le interrogué, por último.

—La Casa Blanca, ¡llegar hasta la Casa Blanca!

—Ah, pensando en la política de los pesos pesados… ¿domeñar a las masas a latigazos publicitarios y discursitos populistas?

Fabio Bruno, el más grande domador del mundo (y se dice, de dos o tres alienígenas) me miró de forma inquisidora, y, ante la dilación en su respuesta, temí ser su próximo reto, ocupándose en someter a esta alma de escritor y poeta salvaje, para muchos indómita.

—No, pienso en ese puerco terco de Trump… —y señaló un cartel donde aparecía la figura tamaño natural del presidente de los Estados Unidos de América, quien exhibía por lo menos una veintena de dardos clavados por doquier en su chistosa humanidad…

—…Ahora que Vladimir observó lo que hice con el espectro del monje loco, me encomendó pulverizar el ego indomable de tan ridículo monigote.

FIN

«El domador más grande del mundo» es un cuento inédito del libro de relatos de Frank Ruffino «Golpes bajos» a publicarse este año. Ya pueden conseguir con su autor «Los perros también soñamos», Veragua Ediciones, 20 cuentos, noviembre de 2019. Su WhatsApp: (506) 85-28-84-87.

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