domingo 29, enero 2023
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Cuento corto: Historia de un pie

“los esclavos pierden todo en sus cadenas, incluso el deseo de liberarse de ellas”, Rousseau.

Mario Vargas Llosa, en su ensayo sobre George Bataille, en “Historia de un ojo”, cuenta como Bataille, fue inducido por su médico para curarse de una enorme y destructiva pasión erótica, a escribir este ameno librito que es una especie de sutil pornografía.

Todos los humanos padecemos de alguna aberración, sea pequeña o grande, lo que la hace patológica es el grado, cuando se desborda y causa daño al afectarnos a afectar a otros.

Por eso me decidí a ayudar a mi querido amigo el Dr. X, a quién nombraré así porque es un médico muy conocido y además no viene al caso su nombre.

X, es un hombre de alrededor de treinta y cinco años, estudió medicina, más por su problema de fondo que por el deseo de curar, es un hombre que no ha logrado casarse, y dudo que lo haga, le dije que yo no podía ayudarlo, que asistiera a un psiquiatra, pero no quiso, así que decidió contarme a mi su problema, y yo lo cuento aquí pensando que a mi amigo le puede servir leerlo, porque es como si lo hubiera escrito él, ya que fue él quien lo contó.

Lo conocí en un hospital de la capital,  siempre andaba rondando el servicio de ortopedia, siendo él especialista en otra rama totalmente distinta, me empezó a preguntar sobre hipotéticos casos de podalgias, así que esa era su trama para estar cerca de los pies, a mí siempre me ha gustado la patología del pie, de hecho creo que es una de las ramas de la ortopedia que mejor domino, y de la que me hice autodidacta en los tiempos en que se sabía relativamente poco del pie porque se tenía poco acceso a los trabajos de Antonio Viladot, de Jean Lievre y de Giannestras, así que durante mi formación vi muchos casos muy mal manejados por la rigidez mental de algunos colegas, y empece a comprar libros de patología del pie, lo que me llevó a cierto grado de especialización en este campo.

Cierto día, después de una charla que di para un servicio del hospital, el Dr. X se me acercó y me pidió que lo acompañara a su casa, lo que no me pareció extraño debido a su cercanía conmigo, y acepté ir por la noche con mi esposa a  cenar con él.

Su casa está diseñada de manera un tanto extraña, que inicialmente no acerté a comprender, pero me pareció un modelo fuera de lo común, compuesta de tres salas muy grandes, extremadamente grandes a mi gusto, y cinco aposentos para cocina, cuarto de servicio, cuarto de pilas, baño de visitas, y una pequeña sala de revelado y ampliación de fotografía que es realmente profesional; luego hay dos salas seguidas, una para comedor y otra de estar, y al fondo un comedor redondo muy amplio, demasiado amplio para mi gusto. La decoración es interesante y casi logra contar la historia de su dueño, esculturas de pies en todas las posiciones imaginables, dibujos a la pluma de pies de todo tipo, fotos de pies ampliadas y dos inmensos murales hechos de fotografías ampliadas, de dos pies perfectos y que corresponden al mismo cuerpo si lo ve un ojo entendido en este órgano locomotor, son dos pies uno derecho y otro izquierdo que forman dos murales que se juntan en una enorme curva en el redondo comedor, al final de la casa.

No fue necesario que me dijera nada sobre su problema, yo lo entendí muy bien al haber terminado la cena, nos trasladamos a la sala de estar donde compartimos un rato y me retiré temprano a mi casa, pues mi esposa se sentía mal ese día.

El lunes siguiente llegó el Dr. X a buscarme a la consulta, y después de una breve y torpe pregunta, lo miré y le dije sencillamente, déjame terminar la consulta y hablamos.

Al terminar la consulta me dirigí sin rodeos y le pregunté que si era una fijación mental en él esto de los pies, a lo que me dijo entre la pena y la prisa:  es mi fetichismo, y me encanta y me tortura, me está matando!- alcanzó a decirme en una frase dolorosa que me hizo por primera vez en mi vida sentirme mal por mi franqueza, traté de minimizar el asunto, pero el Dr. X se empeñó en terminarlo de una vez para siempre. Aquello fue una confesión de verdad, mas allá de la consulta, mas allá de la confidencia, era un pedido de ayuda desgarrador al que no pude ser sordo. Se había creado con su madre, hijo único, abandonado del padre, y siendo su niñez muy insegura, pues su madre era modelo y al ser madre sin esposo le costaba mantener el hogar en forma adecuada, así él desde que tiene memoria se dormía encima de los pies de su madre, sintiéndose seguro al abrazarse a ellos, que debían haber sido muy hermosos, si tomamos en cuenta que yo había atendido a esta señora ahora, treinta y pico años después, y eran unos pies bien cuidados, en una señora muy bonita y muy angelical, que se empeñaba en llevarlos al descubierto en sandalias que la hacían lucir muy joven.

X desde muy joven empezó a tener sueños eróticos con los pies de su madre, y al contarle al sacerdote todo esto en confesión, éste le dijo que era un pecado, mayor si era su madre, que eso era un complejo de Edipo y fetichismo, que seguía siendo pecado por más complejo que fuera.

Al crecer comenzó a buscar el mismo placer pero en otras mujeres, lo que lo llevaba a exponerse en el colegio, y así decidió estudiar medicina, y sin necesidad de salir del país se mudó a un apartamento mintiéndole a su madre sobre su identidad sexual: le dijo que era gay para lograr tenerla lejos y no pecar con sus pies tan cerca. Trabajaba para costearse su manutención y empezó a tener menos conflictos al meterse a fotógrafo para ganarse el pan, eso lo llevó a ser altamente especializado en fotografía (a él le debo mi gusto por la fotografía pues me enseñó lo fácil del arte, pero a la par de ayudarle a mantenerse lo exponía cada vez mas porque quería tomar fotos de pies por doquier, pero en los hospitales no era el riesgo dada la cantidad de juanetes entre el personal femenino, sino en las ceremonias donde ejercía de fotógrafo, que varias veces fue atrapado in fraganti por algún esposo celoso que no entendía su problema, cuando al tratar de captar unos pies hermosos para la colección personal, se exponía a regaños. De esto siguió a las playas y albercas públicas donde con un potente zoom captaba lo que quería sin exponerse a regaños y miradas raras. Encontró más fácil visitar prostíbulos, y ahí donde encuentra una mujer con pies atractivos, le paga honorarios de prostituta y una vez en el cuarto les tomaba fotos de los pies en todas las posiciones que un pie puede tener, esto a las mujeres les parecía raro, pero más fácil para ganarse la vida, y así fue cogiendo fama de buen amante en el medio del comercio carnal, pues pagaba sin chistar y no molestaba a la dama, además daba propinas a la que tuviera unos pies verdaderamente hermosos.

La graduación lejos de ayudarle le daba más problemas, pues frecuentemente se exponía al querer examinar unos pies sin que se lo pidieran, y ahí fue donde trató de hacer la especialidad en ortopedia, pero la falta de cupo lo llevó a otra especialidad, donde si bien se justificaba el uso clínico de una cámara, no se justificaba el examinar pies sanos y menos fotografiarlos, desde entonces su obsesión por un ortopedista amigo aumentó, y aquí entro yo en la escena de su vida. De por si no hubiera podido ser ortopedista, me dijo, pues ver un pie herido lo hubiera hecho llorar, o habría golpeado al que lo obligara a meterle el bisturí a un inocente pie.

Su único amor han sido los pies y su única pasión sexual también,  sabe que esto no es normal, pero se acepta así, y esto me llevó a mí a tener temor que se le fuera a ocurrir cortar un pie para congelarlo, me acordé de tantos maniáticos que andan por ahí haciendo mucho daño, en vano traté de llevarlo a un psiquiatra, se negó rotundamente aduciendo que yo podía ser su mejor médico, pues su enfermedad era ortopédica hasta cierto punto, en lo que yo coincidía a regañadientes, varias tardes pasamos conversando sobre su problema y no me era posible convencerlo, me enseñó el verdadero diseño de su casa: un pie gigantesco que estaba bien escondido por fuera dentro de un zapato recto deforme de concreto. Fui alejándolo de mí lentamente, pero con firmeza, esto lo llevó a una crisis emocional sustantiva, y al llamarme una noche a mi casa, aproveché para llevarle a un amigo mío psiquiatra, a quien camino a su casa puse al corriente de todo lo que sabía sobre el Dr. X. Esa noche nos quedamos hasta amanecer el psiquiatra y yo en su casa, ante una tentativa suya de suicidio, y realmente lo aprecio por ser una alma buena, un hombre que no hace daño, el no eligió ser así.

Ya yo no trabajo en su mismo lugar y él ha dado un viraje tremendo, resulta que este psiquiatra logró convencer al Dr. X que su verdadera pasión eran los zapatos, que los pies realmente eran inocentes víctimas, que al padecer pobreza en la niñez los pies estaban descalzos, pero que con la mejoría de su estatus económico debía reconocer que su pasión eran los zapatos, que estos son un fetiche sano y fácil. El Dr. X tiene años ya de haber cambiado su pasión, sigue en el mismo hospital, ahora hace poco me invitó a la inauguración de una zapatería para mujeres que instaló. Sé que está curado o al menos ya es inofensivo, hasta piensa en hacerse zapatero remendón autodidacta, para paliar el dolor de los zapatos destruidos por los pies impropiamente. No me cabe duda que estará feliz de leer esto que escribo, pues él quería hacerlo, incluso con lujo de detalles pasionales, solo que logré convencerlo que yo no soy George Bataille ni este un libro pornográfico y lo hago yo porque la literatura no es su pasión.

(*) Dr. Rogelio Arce Barrantes es médico

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