martes 30, noviembre 2021
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Cuento de Frank Ruffino: Ligas mayores

—Somos nueve hermanos, señor, yo, la más espabilada, por eso voy a rescatar a mi padre Batista, de noventa y dos años. Diosito me ha otorgado el don del discernimiento, y no actuar ahora es condenarme al fuego eterno. Mi hermano Luciano es el más bruto de todos, a él se debe ese abandono. Esta vez sí cumpliré la promesa, aunque cuatro de ellos se opongan. Yo hago esto porque soy la más espabilada —recalcó, mientras me miraba de frente para que las cosas quedaran más que claras.

Y la dama solterona, que venía de la capital donde trabajaba desde hacía cuarenta años en la casa de una rica familia, y había llegado ya a los sesenta y cinco, constantemente enfatizaba esa privilegiada condición ventajosa ante sus tontos hermanos y hermanas, también viejos y solterones.

Yo abordé el bus en la ruda «Ciudad de los Poetas», y en la próxima hora ese fue el monotema de conversación: por más que le hablara de otros tópicos, invariablemente comenzaba a relatarme con lujo de detalles su cometido. No tuve opción siendo ése el único asiento disponible, y la señora Grettel, solícita, acomodó contra la ventana una larga bolsa blanca hasta apoyarla en el piso donde llevaba un futbolín para algún niño, de tal manera sus filosas rodillas ladeadas se apretujaban contra mis piernas causándome cierto malestar indefinible.

Como he dicho, el afán existencial de esta hija consistía en rescatar a su padre y llevarle a un asilo de ancianos en San Bartolomé, donde, a cambio de donar la exigua pensión del viejo a la administración del centro, según ella tendría una vida de primera, con dos o tres paseos anuales a la playa incluidos, una visita especial al Museo de las Momias en la ciudad capital, urbe que aún no conocía, y diversiones de todo tipo, hasta clases de merecumbé para el ágil de don Batista, famoso por participar en las celebraciones de la comunidad y ostentar la marca invicta de bailar salsa durante ocho horas seguidas.

Fenomenalmente flaca hasta casi la caquexia, exhibía una repulsiva blancura transparente que fácilmente mostraba su sistema circulatorio hasta en los más íntimos detalles (con sarcasmo pensé podría ser un notable espécimen vivo para la facultad de medicina de cualquier universidad). La nariz, caída en gancho, y un rostro anguloso, correspondía a la severidad de su alma, que evocaba a esas monjas monstruosas de las películas de suspense y horror donde a los pobres huérfanos se les aplica todo un amplio repertorio de torturas indescriptibles. Cuatro o cinco verrugas diseminadas por la cara no contribuían para arreglar el conjunto.

Tras unos lentes verdes de grueso marco, los ojillos azules no paraban de girar y fijarse en mí a fin de constatar pusiera atención a su historia y del próximo desenlace, que, aseguraba, tendría ocurrencia al día siguiente, miércoles, cuando bajo la promesa de un magnífico paseo al volcán Dinamita, al fin ingresaría a su indomable progenitor librándolo del descuidado y aprovechado de Luciano, a quien igual debía expulsar de la destartalada cabaña de su padre.

—Mi bruto hermano cobra la pensión de ochenta mil colones mensuales de mi santo padre y lo tiene mendigando en el caserío, importunando a los turistas porque me lo han informado así las viejas amistades de allá, —me dijo indignada, y aclaró—: …Pide limosnas a los gringos que pasan hacia ciudad Violeta y detienen a comprar artesanías y souvenirs en los dos o tres puestos establecidos a la orilla del camino.

—¡Madre mía!, …pero ¿qué vida es esa? —dije, mostrando un falso sentido de empatía porque ya experimentaba hundirme en arenas movedizas.

—¡Pues ninguna, por eso voy actuar, soy la más espabilada de ellos señor!

Ante su perorata reiterativa, muchas veces simulé dormitar, infructuosamente: invadía mi espacio vital acercándose hasta casi besarme, lo percibía así por el vaho caliente de su mal aliento, e imaginaba su horrible rostro desfigurado a causa de la ira que le producía Luciano. Entonces adrede abría de golpe mis ojos mostrando el desconcierto habitual de quien es despertado abruptamente, pero tal cosa ni la inmutaba, creyendo ella, le asistía el derecho de torturarme durante el viaje por haberme cedido el asiento.

El propósito de esta mujer estribaba en volverme loco, como si realmente no hubiese entendido yo el objetivo de su importante misión: rescatar al vagabundo de Batista de las garras del aprovechado de Luciano. De pronto el vehículo se desvió en la habitual parada del hostal Coco, completándose la mitad del recorrido de lo que pensé sería un sufrimiento continuo hasta el pueblo al lado de este emplasto…
*

Satisfechos tras treinta minutos de descanso en el establecimiento, de nuevo los pasajeros abordamos el autobús. Entonces vi mi oportunidad de quitarme de encima a la necia vieja Grettel, cuando, al abordar, una pasajera a la que había dejado olvidada un conductor despistado mientras se encontraba en el retrete, le solicitó al chofer la encaminara hasta Las Cañas, pueblo situado en nuestra ruta.

—Será un placer resolverle, joven, pero sólo de pie —dijo el chofer.

—No importa, gracias, necesito estar en Las Cañas, de pie o sentada, pero estar…

—Disculpe señor conductor: le cedo mi asiento; ve, allá, donde está aquella señora y la bolsa blanca que sobresale de la cabecera.

De tal manera la muchacha se acomodó en mi lugar, y henchido de gozo fui hasta la parte trasera del bus, lejos de Grettel, Luciano y Batista, a quienes ya harto perfilaba en mi mente.
***

No había terminado de felicitarme por tan ventajosa decisión, cuando sentí unos ojos clavados en mí. Efectivamente: desde su asiento en el centro del autobús, Grettel me miraba con una furia y odio asesinos. Gesticulaba y hablaba como si yo estuviera a su lado sin quitarme la vista. La joven rezagada, desconcertada, sólo se embutió los audífonos y cerró sus ojos.

Aunque no le escuchaba, por el detallado lenguaje de señas sabía ya la historia de principio a fin, ¡esta mujer y yo compartíamos ciertos rudimentos en la comunicación de los sordomudos! Y volvía a la carga expresando, desgañitada, cada detalle:

—Somos nueve hermanos, señor, yo, la más espabilada, por eso voy a rescatar a mi padre Batista, de noventa y dos años. Diosito me ha otorgado el don del discernimiento, y no actuar ahora es condenarme al fuego eterno. Mi hermano Luciano es el más bruto de todos, a él se debe ese abandono. Esta vez sí cumpliré la promesa, aunque cuatro de ellos se opongan. Yo hago esto porque soy la más espabilada —recalcaba en un violento lenguaje de “Lesco”, mientras me miraba de frente para que las cosas quedaran más que claras.

Faltaba aún poco menos de una hora de viaje. Ya no era un pasajero seguro de sí mismo, quien se dirigía al pueblo para celebrarle a su hijo El Día del Niño. Traté de controlarme cerrando los párpados y respirando como hace el atleta en medio de la maratón deseando alcanzar cuanto antes la distante meta.

Transcurrirían así unos cinco minutos, yo, sosteniéndome en el travesaño, haciendo equilibrio para no caer mientras fingía descansar. Pero como dicen que la curiosidad siempre mata al gato, con el rabillo del ojo miré hacia donde la vieja necia de Grettel, quien, no sé cómo, supo la observaba y, como muñeca de cuerda diabólica, seguía recetándome su cantinela de señas, retomando la historia donde la había dejado:

—Mi bruto hermano cobra la pensión de ochenta mil colones mensuales de mi santo padre y lo tiene mendigando en el caserío, importunando a los turistas porque me lo han informado así las viejas amistades de allá, —me dijo indignada, y aclaró—: …Pide limosnas a los gringos que pasan hacia ciudad Violeta y detienen a comprar artesanías y souvenirs en los dos o tres puestos establecidos a la orilla del camino.

Al terminar de numerar uno, dos y tres con sus dedos de tijera, sintiendo un pavor indescriptible, hice lo mío y mantuve así hasta que escuché al conductor anunciar, creí yo, el final de aquel suplicio: “Quedan servidos estimados pasajeros”.

Disipada parcialmente la angustia, me dispuse a marchar a casa, distante de la estación a medio kilómetro, mas, no recuerdo haber dado ni un paso cuando todo tornó en una oscuridad de muerte…

A los veinte días desperté del coma profundo en el nosocomio provincial. Al principio únicamente retenía mentalmente una confusa visión de aquel viaje en que aparecen veintidós jugadores azules y rojos venir con todo hacia mí.

Se han sucedido los meses y, en apariencia, he ido recobrando completamente la memoria.

*

¡Ya un año del incidente! He podido reconstruir, como un puzzle amargo, las peripecias para sobrevivir a ese periplo retumbándome en mi mente el nombre Grettel. De cualquier manera, ¿quién puede inventar semejante historia? La familia me aconseja solicitar la jubilación, aunque no tenga edad para ello; apuestan porque lleve yo una vida más calmada.

Atribuyen mi desmayo y golpazo a esta maldita mascarilla de tela y a las consecuencias de una salvaje «cuarentena» impuesta por el Gobierno, sin obviar el estrés por trabajar muy duro a fin de mantener a mis dos pequeños hijos.

Sé muy bien la experiencia vivida es real y lo que terminó por hacer la vieja Grettel con mi cabeza. La familia y amigos cercanos exigen testigos, mas, nadie hasta la fecha asegura haber visto a la mujer del futbolín. ¿Y las cámaras de seguridad del bus? Pues como suele pasar, para mi mala suerte iban desconectadas.

Temo cerrar los ojos por las noches, pero sabemos la falta de sueño mata más rápido que el hambre o la sed, eso alertan acreditados neurocientíficos, aunque al hacerlo invariablemente aparece la bruja Grettel, ahora empleando un gran megáfono tras el que vocifera en mis propias narices, para que las cosas queden más que claras…Y aquí le corto, pues de cierto modo he logrado empoderarme ahorrándole su maldito discursito pronunciándolo yo mismo e imitando su fea y metálica voz de urraca:

—Somos nueve hermanos, señor, yo, la más espabilada, por eso voy a rescatar a mi padre Batista, de noventa y dos años. Diosito me ha otorgado el don del discernimiento, y no actuar ahora es condenarme al fuego eterno. Mi hermano Luciano es el más bruto de todos, a él se debe ese abandono. Esta vez sí cumpliré la promesa, aunque cuatro de ellos se opongan. Yo hago esto porque soy la más espabilada…

¡Ay!

FIN

“Ligas mayores” es un cuento inédito de Frank Ruffino. Está por salir su segundo libro de cuentos “Golpes bajos”, por lo que este relato no es parte de esa obra. Pueden conseguir ésta y “Los perros también soñamos” (igual cuentos) con el propio autor, a su WhatsApp: (506) 85-28-84-87. Precio de cualquiera de estas obras, 7,000 colones que incluye envío por Curier. También, si es habitante de la GAM (desde Paraíso de Cartago hasta San Ramón de Alajuela) el escritor le lleva el libro hasta sus manos, igual valor.

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