domingo 28, noviembre 2021
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De cómo el Gobierno puso impuestos a la emisión de ronquidos y consumo de aire

Por fin había sido propicia aquella coyuntura histórica de crisis financiera y pandemia, para, de una vez por todas, poder vengarme de los salvajes e indecentes ronquidos de mi mujer.

Así, mi propuesta a este Gobierno obsesionado con cargar y multar cualesquiera aspectos de la vida cotidiana de mi país, no se configuró en el desatino de un científico loco o escritor desesperado, sino en la reivindicación a ejercer mi derecho a experimentar, tras veinte años de sufrimiento insomne, noches placenteras de dichoso descanso como las tiene cualquier hijo de vecino.

Porque por casi dos décadas había soportado los estrambóticos ronquidos de Leocadia. Ni los mismos infaustos inquisidores del Santo Oficio o los psicópatas de la KGB hubiesen obtenido lo que ella logró aplicándome una infinita variedad de ruidos apenas conciliaba el sueño, que pasaba sólo por posar su cabezota sobre la inmaculada y blanda almohada rellena con plumas de faisán, esa maldita nube de confort, cómplice de mi martirio cada noche que buscaba ilusionado el sueño.

Entonces, sobra decir, pero lo digo para estar más que claros: desde ese tiempo odio a las almohadas caras, los colchones, camas, las esposas y alcobas nupciales, donde, a su debido tiempo, suele cavarse la odiosa tumba del amor.

Roncar como sochantre venía a ser inexactitud total y un cumplido inmerecido: Leocadia era capaz de emitir una intensidad y variedad de ronquidos que se equiparaban a los decibelios producidos por el viejo tren al Pacífico.

Una de tales noches de insomnio recordé cuando, en 2002, fuimos a la misma estación de Cabo Cañaveral a observar el despegue del Transbordador Endeavour, que llevaba al espacio a nuestro célebre y querido amigo, astronauta F. C. D.

Estaba recién casado con la bella y silenciosa Leocadia, jovencita rubia de espigada estatura y medidas perfectas gastando talle de lirio, toda pasión en guantes de seda y voz de pajarita, pero el destino jamás me habría hecho prever, que, tres lustros después de esa luna de miel, mi mujer, a causa de una capacidad genial para reproducir, exactos, atronadores ruidos a través de sus ronquidos, pudiera replicar a la perfección el estruendo de esa nave de la NASA rumbo al espacio.

La vida es notablemente injusta, porque tampoco imaginé que la maravillosa belleza y estado físico de Leo, perdiera criminalmente todo brillo y sentido de la proporción que la caracterizara durante el noviazgo de dos años, y primeros sesenta meses de matrimonio: mi cónyuge encontró la forma de ganar peso al mismo ritmo de los bolsillos de estos políticos malandrines una vez que suben al poder.

Así, Leocadia comenzó a desbordarse como la pierna del pobre de Paulino, mordido por una yaracacusú. Mas, no me malinterpreten: mi mujer estaba muy lejos de ser asociada a semejante víbora porque no le haríamos justicia al animalito rastrero, mas, permítanme ejercer el positivismo a ultranza, para expresar que ella es todo un amor y una santa madre abnegada de nuestras seis adoradas hijas. Sus únicos defectos, repito, consistían en emitir ronquidos anonadadores y engrosar el cuerpo, al punto de salirse su humanidad de las ropas y regarse cual monstruosa morcilla, aunque no herida de muerte a causa del ofidio, ni a la deriva en una canoa que representa más bien una especie de limusina fúnebre fluvial en el cuento de Quiroga: si no hago algo extraordinario, porque en este país sobran los compadres Alves, el muerto sería yo y no precisamente por donde corre vertiginoso el Paraná en busca de auxilio hasta Tacurú-Pucú.

¡Y aquí surgió mi gran genial idea para ese tiempo convulso, de apabullante crisis fiscal y pandemia!, ocurrencia que para nada fue descabellada, juzguen ustedes leyendo la respuesta a mi carta del Despacho del señor ministro de Hacienda de entonces:

San José, viernes 17 de octubre de 2020

Estimado ciudadano F.R.:

Dado su interesante y novedoso invento en tiempos de extraordinaria megacrisis fiscal provocada únicamente y sólo ÚNICAMENTE por esta megapandemia galáctica y más allá, de una vez hacemos con la presente acuse de recibo contestando, resolviendo y, otorgamos, vía decreto firmado el pasado martes 13 de octubre por el Presidente de la República C.A., durante el Consejo de Gobierno, luz verde a su proyecto de ponerle un impuesto al ronquido descontrolado de las personas, conforme a los fundamentos jurídicos de la Convención Interamericana de Derechos Humanos, en su artículo 10, inciso del 3 al 20, «Sobre el derecho a una noche pacífica y sueño digno para subir las defensas contra el archienemigo SARS-CoV-2».

A este respecto de implementar la medida con carácter de emergencia nacional, el mismo astronauta F. C. D., nos confirmó la total viabilidad en su propuesta de aprobar su denominada aplicación «Roncómetro», por lo que Hacienda y el Presidente también dieron vía rápida a la concesión otorgando a los laboratorios de Ad Astra Rocket Company e Intel, la creación de dicha «app» según sus instrucciones, toda una herramienta e instrumento patrióticos a fin de ingresar recursos frescos que nos ayuden a reducir este terrorífico déficit fiscal de pandemónium pandémico.

Esta empresa aeroespacial y la citada transnacional, también tienen a cargo la implementación en el país de la aplicación llamada «Oxigenotrón», idea del alto funcionario, inventor y emprendedor judío del Banco Mundial, Salomón L., a fin de medir el aire que gasta cada ciudadano. Por cierto, nada descabellado el invento que ya es respaldado por este Gobierno y el FMI, si desde siempre se mide y cobra el alimento, la tierra, el agua, la luz… Así se evitará que el ciudadano respire de más, lo que no le corresponde robando aire y pagando una tarifa mensual por su nivel de consumo. El fin es, el Estado propicie con mayor vigor una cultura de óptima gestión económica del recurso dióxido de carbono (CO2), acorde a sus políticas medioambientales de esta Administración y plegadas a los lineamientos del Protocolo de Kioto sobre cambio climático y reducción de gases de efecto invernadero (GEI).

Mi despacho y el Presidente agradecemos profundamente su noble acto de filantropía con la donación de su invento (la aplicación «Roncómetro») y uso indiscriminado de su patente para la tecnología celular de punta como contribución en favor del interés común y de la Patria en tiempos de megacrisis fiscal megapandémica galáctica y más allá.

Su más sincero servidor,

E.V.,

Ministro de Hacienda.

C.C. Archivo: Presidencia de la República.

*

Era esta medida extrema, o divorciarme de Leocadia, un golpe mortal para ella.

—La salvación está en uno mismo, —me dije mientras ese día pedaleaba furiosamente a retirar la carta física del Gobierno, pues la matrícula de mi carro tenía restricción de circular al terminar en 6.

Una vez afuera de la oficina de Correos y Telégrafos, henchido de gozo y de un inusitado deseo por vivir, como todo el mundo, una existencia tranquila de sueño reparador por las noches, “volé» de regreso a casa en mi vieja Benotto a fin de poner en autos a Leocadia, quien jamás imaginó la aplicación del «Roncómetro» había sido inspirada y diseñada según mis observaciones y cálculos en medio de interminables noches de sacrificio a su lado. Ella, ahí tronando a sus anchas, con ruidos atroces de vieja locomotora al Pacífico o de transbordador espacial; de pitidos metálicos desconcertantes y rugidos que intuí serían similares a los de las bestias prehistóricas correteando a sus presas o bien apareándose bajo el influjo romántico de aquellas inmensas lunas de antaño, totalmente desapercibida del suplicio torturador que me había infligido en quince años, sin mostrar un ápice de empatía.

De tal manera, y servida la mesa, la mañana de tan histórico sábado 18 de octubre de 2020, durante un abundante desayuno que le preparé a mi cónyuge, extraje el «as bajo mi manga», precisamente ese día en que celebrábamos veinte años de haber anudado nuestras vidas. Y sin guardarle clemencia, dije:

—Divorcio o pago de seiscientos mil pesos por transgredir la «Ley de restricción de decibelios en los ronquidos de origen humano durante esta megacrisis fiscal provocada por la megapandemia galáctica y más allá».

—¿Qué, estás completamente loco, o es una linda broma de aniversario mi flaquito Tesla? —dijo, entre carcajadas trémulas y vacilantes al constatar no jugaba.

—No, mi amor, para nada he perdido el juicio, menos es una broma, ni deseo ser como Nikola que al final terminó plagiado por Edison y en la indigencia más pasmosa, —dije, mostrándole la misiva del señor ministro de Hacienda.

Sabía, mi invento, y la decisión presidencial respaldada de acuerdo a los fundamentos jurídicos de la CIDH antes expuestos, surtiría efecto en Leocadia. Sé muy bien ella usaría esa misma noche el bozal de Rocky y una vieja chupeta de Estelita, no por contribuir a procurarme un sueño apacible, sino por evitarse pagar la onerosa multa (una variante de tributo a la fuerza) en metálico, o, en su defecto, condena de seis meses de cárcel al carecer nosotros de esa fortuna.

Y es que, además de ser campeona en echar los más fuertes y prolongados ronquidos del mundo, ¡mi Leocadia también es la mujer más tacaña extrema que yo haya visto!

Ese sábado me fui a dormir junto a Leocadia, su bozal y el chupetín.

*

Desperté veinte meses después, sólo con el objetivo expreso de escribir esta historia y revelar a mis compatriotas que fui yo el autor intelectual de esa aplicación y subsecuente tributo, así mi déficit de sueño acumulado y rabia contra esta máquina de roncar que era mi mujer. También aquel Gobierno desastroso capituló su mandato, mientras yo dormía ajeno a todo.

Es de notar, ahora el único déficit interminable es el fiscal.

Pero, de seguro, representa una gran verdad el refrán que reza «no hay mal que dure cien años ni cuerpo que lo resista». Sin duda alguna, de tal manera lo puede ilustrar mi Leocadia; aunque ahora, que partieron a estudiar las chicas a la capital, no sé la razón de su silencio, extensivo también en vigilia…

¿Seiscientos mil pesos o el temor a perderme? ¡Vaya a saber Dios! Pero mejor callo, no vaya ser que el nuevo ministro de Hacienda ponga un impuesto a la indecisión.

FIN

“De cómo el Gobierno puso impuestos a la emisión de ronquidos y consumo de aire” es un cuento inédito de Frank Ruffino. Está por salir su segundo libro de cuentos “Golpes bajos”, por lo que este relato no es parte de esa obra. Pueden conseguir ésta y “Los perros también soñamos” (igual cuentos) con el propio autor, a su WhatsApp: (506) 85-28-84-87. Precio de cualquiera de estas obras, 7,000 colones que incluye envío por Curier. También, si es habitante de la GAM (desde Paraíso de Cartago hasta San Ramón de Alajuela) el escritor le lleva el libro hasta sus manos, igual valor.

 

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