miércoles 30, noviembre 2022
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Un bicentenario gris

Costa Rica me produce sentimientos encontrados.  Siento un país triste con gente encantadora y una maravilla de naturaleza.  Pero siempre gris y que a la distancia se hace más gris.  Quizá sea como lo que aflige al infinito y bello mar que cabizbajo resiente la ausencia de navíos en sus azuladas aguas; lo cubren oleajes disgregados. La nación se encuentra incierta en su alma; la pandemia tan solo desnudó su completa crisis.

En estos 200 años de independencia lo mejor de este país es que no tiene ejército y que la gente lleva en su ADN que es preferible resolver la política pacíficamente, sin la amenaza de violencias fratricidas; lo otro es su gran apuesta por la educación pública incluyendo la universitaria. Esta última hoy muy cuestionada con argumentos mezquinos.

En todo caso, sepan las nuevas generaciones que tenemos ventajas y lujos que se han venido desperdiciando, virtudes de las que no goza una gran parte de la humanidad y que se hace urgente recuperar a plenitud.  Por otro lado, el tejido social de nuestra patria se encuentra endeble y continuamente es maltratado.

Lo más grave de la hacienda pública es que los muy ricos no tributan conforme a sus exorbitantes ganancias y, en la cultura, prevalece la frivolidad en las masas. La moral es también una moneda que circula devaluada. En suma -porque de verdad no quiero enunciar más cosas- parece que en tiquicia se vive al día sin mucho ton ni son mientras se hunde la barca, casi que a un ritmo pausado, aletargado.

Cuando voy a los museos observo una memoria inerte, un país que es otro país. Me sonroja la ausencia de avidez intelectual, aquella que existió de cuando niño en la década de los setentas; me veo a mi mismo -un carajete de 13 o 14 años- que escuchaba jubiloso a Daniel Oduber, orgulloso con mi carnet de la juventud liberacionista.  Yo vivía, entonces, en la patria y con la patria.

Mi país duele porque lo siento lejano y sin sueños; ni la algarabía de la fiesta, ni los tragos, ni las boquitas, ni la Navidad,  y otras cosas, compensan este desmayo.  El señor presidente perdió una oportunidad histórica para ser el émulo de don Alfredo González Flores y, en su lugar, se entregó de bruces a nuestra egoísta y apátrida oligarquía. Don Carlos como político poco inspira, solo enojo.

Este bicentenario es entero de mi nostalgia, por lo que fuimos y ya no somos, por las oportunidades perdidas y la corrupción hecha cáncer.   Pero no todo está perdido ni todo es malo, porque bien desde el suelo se reconstruye con impuestos justos, tractores y muchos violines.  La gente buena todavía existe.

(*) Allen Pérez es Abogado

 

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2 COMENTARIOS

  1. Leo constantemente de la «oligarquia » y los muy ricos.Quienes son ?
    Que tal si alguno nos escribe un articulo de estas personas tan cuestionadas en estas paginas ,pero que para la mayoria de nosotros son un misterio.Es que yo me crie en la epoca suya Allen, y a los ricos del pais,la oligarquia,uno los conocia y los veia en la avenida central o en pleno San Jose en sus oficinas o haciendo vueltas.Tambien hay que tomar en cuenta que los polacos por ejemplo vinieron chonetes y hoy dia son millonarios.Son los descendientes de extranjeros los que hacen plata en el pais.Los criollos solo venden y venden hasta ya no tener mas.Para los ticos el pais se volvio caro y complicado.

  2. Recuerdo nuestra platica de anoche, la nostalgia nos invade en este medio tan lleno de palabras vacías y acciones descabelladas que también lo son, en sumo grado. En este país hasta la mediocridad nos impide llegar a la raíz del mal. Coincido con vos en el recuerdo de Daniel y su tiempo.

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