sábado 4, diciembre 2021
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Reflexiones pestilentes

Hemos sido confrontados con la realidad humana, de una manera jamás pensada en este siglo: la realidad de la muerte, la realidad de una muerte en soledad, la realidad de que somos totalmente impotentes ante los retos de la existencia. Creer que algo, dinero, posición, fama, pueda darnos una ínfima parte de seguridad, eso es lo que me propongo exponer. 

Particularmente he tenido en mi vida dos grandes quebrantos de salud, de los que aprendí mucho y de los que salí aún vivo, esos momentos de mi vida no tienen comparación con la Peste de la Covid 19: puedo asegurar que he tenido dos etapas en mi vida, antes y después de la COVID 19; no creo que pueda uno salir indemne de esta debacle, al menos creer que la vida es otra vez la misma. Dudé por espacio de dos meses, era todo demasiado increíble para una mente educada para pensar médicamente, todo era confuso, no había hacia dónde volver los ojos; la comunicación humana ha logrado dar alas a la mentira y la duda, unas por ignorancia y otras por maldad. Busqué en revistas médicas, en instituciones serias (que si las hay) hablé con personas enfrentadas en la trinchera a la lucha de todos los días (mi especialidad no me permitía encarar directamente esa realidad tan irreal). Hoy puedo decir que pese a todos los grandes dolores que ha causado esta pandemia, se puede hablar de la dicha de estar vivo, de no haber atravesado ese martirio hacia la vida o hacia la muerte en nuestro cuerpo. Los bienes materiales van y vienen, son relativos y de una manera o de otra, únicamente necesitamos una parte de ellos para enfrentar el día a día.

Ver niños de un año vistiendo mascarillas, ancianos con su cubre boca, todos enfrentándonos a una comedia disfrazados, irreconocibles, bañándonos en alcohol, siendo objeto de estudio de la temperatura corporal un montón de veces en un día; son tantas las cosas que hemos visto que creo imposible que podamos volver a ser los mismos. 

Tenemos muchos retos por delante, no obstante el más grande es definir qué es lo que consideramos importante en nuestra vida. Haber tenido que abstenernos de abrazar a los seres queridos, no poder estrechar la mano de aquella amiga o de aquel amigo, no poder dar una palmada en la espalda como señal humana de cariño, ausentarnos de cualquier práctica piadosa en grupos, de bailar un cumbión de rompe y rasga, de asistir a una mascarada, de entrar a un lugar en molote, de ser totalmente humanos, eso no se ha logrado en diez y ocho meses. Ver una parejita de tórtolos intercambiando miradas amorosas, máscara de por medio, no saber si quien nos atiende nos sonríe o nos hace gestos groseros detrás de la máscara. 

Hoy, cuando parece que la Pandemia ya quiere marcharse, hemos aprendido a vivir en soledad, a pasar veladas familiares distantes, un cambio total de hábitos, cumpleaños virtuales, conferencias virtuales, que demuestran que tan necesario o innecesario es el ser humano en la vida diaria, instituciones completas “en línea”lo que nos debería mover a reflexiones más profundas: ¿es necesario éste endemoniadamente grande aparato estatal burocrático? ¿Acaso lo hemos magnificado para justificar la innecesaria función de los políticos? Si no fueran necesarios, ni siquiera 57 diputados ocuparía un país, es decir pagamos impuestos para hacer la vida más sencilla a inmensas masas humanas que han estado detrás de un monitor impersonal y frío; pudimos estar sin ellos porque de hecho en muchos casos es indemostrable su existencia en año y medio; ¿cuántos estarían en la playa haciéndonos creer que se sudaban el lomo desde una fría habitación? ¿Estarían trabajando o cerveza en mano resolviendo su propia existencia? La frase de Albert Camus: lo peor de la peste no es que mata los cuerpos, es que desnuda las almas y éste es un espectáculo bochornoso”, no aparece en su novela (como “ladran Sancho, señal de que cabalgamos” que tampoco aparece en El Quijote de Cervantes, fue acuñada por Goethe) pero es una realidad absoluta: cómo está el personal hospitalario inmerso en aliviar a los enfermos, también hay políticos haciendo plata con negocios de medicamentos. Bien, el tiempo que hemos de estar vivos es una muy pequeña parte comparada con el tiempo que hemos de estar muertos, ¿qué sentido tiene ser malos?

¿Estaremos preparados para la próxima Pandemia? No lo creo, porque en estas complicadas situaciones, igual que en las guerras, nadie aprende porque seguimos siendo humanos y esta es nuestra mayor debilidad. Una de las mayores confusiones durante esta Peste, es que es manejada por epidemiólogos y políticos, los epidemiólogos son los contabilistas de la medicina, actúan con parámetros totalmente diferentes a los que utilizamos los demás médicos. 

La única ganancia que tuve durante la Pandemia fue aprender a pintar, para evitar volverme loco.

(*) Dr. Rogelio Arce Barrantes es Médico.

 

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2 COMENTARIOS

  1. Esta pandemia lo que me enseñó a mí, es el lado más feo de la humanidad, el que prefiere ir a meterse en una fiesta clandestina sin importar contagiar a los demás, incluyendo «los seres queridos»; las mentiras descaradas en los medios de comunicación que se suponía eran serios, la enorme falta de criterios técnicos y científicos que tienen nuestros gobernantes al tomar desiciones críticas que nos impactan a todos, el egoísmo y avaricia insaciable de muchas personas y empresas con mucho poder y alto ingreso económico, la gran ignorancia y obsolescencia de muchísimos de nuestros «educadores»; entre muchos otros.

  2. Cuando SE DEJE DE INVESTIGAR POR LOS MEDIOS OFICIALES financiados por el globalismo creadores de la PLANDEMIA,se puede decir que uno es libre de terrorismo , de engaño, manipulación y sobre todo de Ignorancia,

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