martes 7, diciembre 2021
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Calabiuza de Tonacatepeque en El Salvador

San Salvador, 16 oct (Prensa Latina) Antes de la pandemia de la Covid-19, que lo ha cambiado todo, la celebración del Día de los Fieles Difuntos tenía un divertido y truculento preámbulo en El Salvador: la Calabiuza o Fiesta del Ayote (calabaza) en Tonacatepeque, otro culto cuscatleco a la muerte.
A inicios de octubre comienzan los preparativos en ese pintoresco poblado, a una veintena de kilómetros de la capital y que es tomado por los espectros del folclor salvadoreño, esos personajes de leyendas concebidas para asustar, desvelar y entretener.

La costumbre manda a desandar las calles exigiendo el popular dulce de calabaza con miel y recitando con voz de ultratumba la fórmula ‘ángeles somos, del cielo venimos, pidiendo ayote para nuestro camino, mino, mino…’.

El escalofriante eco de alma en pena es apenas un toque dramático en la festividad, que involucra a gente de todas las edades, entre ofertas gastronómicas, desfiles de disfraces y abundante pólvora quemada.

Según historiadores locales, esta tradición nació hace varias décadas en Tonacatepeque y tiene muchas similitudes con el Halloween anglosajón.

Los infantes solían vestirse de ángeles e iban de puerta en puerta con una ‘cebadera’ (bolsa tejida) y sus ‘calabiuzas’, hechas de un morro hueco y con una vela encendida dentro, cuya luz salía por diversos orificios.

Esa tropa de pedigüeños entonaba el versito de marras al son de pitazos y toques de tambor, y al final el tesoro comestible era repartido a partes iguales entre el grupo, con la complicidad de los lugareños.

Sin embargo, la fiesta ganó en sofisticación, los disfraces son más espeluznantes y espectaculares, hay artistas que hacen estatuismo, y el aspecto real de algunos fantasmas y espíritus impresiona.

Los organizadores adquieren desde semanas antes los ayotes que serán endulzados con miel y servidos en grandes peroles que locales y visitantes se encargan de limpiar en poco tiempo.

El parque José María Villafañe es el corazón de esta festividad, una de las muchas maneras que tienen los salvadoreños de honrar sus tradiciones y afianzar una espiritualidad a prueba de modernidades.

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