domingo 28, noviembre 2021
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Un palacio para los virtuosos de las bellas artes en México

México, 17 oct (Prensa Latina) El Palacio de Bellas Artes, en México, descubre hoy para el público asistente sus 17 grandes murales, resultado de la virtuosidad de maestros de la pintura como Diego Rivera y José Clemente Orozco.

Precisamente, ellos fueron los primeros artistas en recibir la invitación para decorar los muros de la pinacoteca y, gracias a ese acierto de la historia, obras como El hombre controlador del universo, una de más controversiales de Rivera, muestra momentos sociales y políticos complejos, tiempos de guerra y revolución.

Conocida también como El hombre en el cruce del camino, la inspiración original nació en el Centro Rockefeller en Nueva York, Estados Unidos y, según los expertos, constituye una confluencia de naturaleza, soldados, conflictos bélicos, máquinas, obreros, capitalismo y personajes del pasado reciente.

La destrucción de la idea primigenia— financiada por el empresario e industrial norteamericano John Davison Rockefeller— determinó una mayor libertad en el Bellas Artes para plasmar su afinidad política con el socialismo y sus principales representantes, entre ellos, León Trotsky, Carlos Marx y Federico Engels.

Una vez concluyó el mural del Centro Rockefeller, Rivera realizó en 1933 una serie de 21 frescos para la Escuela de Trabajadores de Nueva York denominada Retrato de América y, desde esa urbe norteña, creó dos paneles móviles más, de los cuales Revolución rusa o Tercera internacional permanece en el museo.

De Orozco, el espectador disfruta la pieza Katharsis, con la técnica clásica pintura decorativa al fresco ejecutada por el artista durante 40 días y a su regreso a la nación azteca tras concluir un encargo en la Biblioteca Baker del Colegio de Dartmouth, en New Hampshire, Estados Unidos.

Entre las curiosidades destaca un periodo de construcción de 30 años, desde 1904 hasta el 29 de noviembre de 1934, cuando resultó finalmente inaugurado por el presidente de entonces Pascual Ortiz Rubio como un espacio para la cultura en general si bien, en sus inicios, su función sería solamente la de teatro.

Una década después, David Alfaro Siqueiros comenzó su tríptico titulado Nueva Democracia, presente en el museo desde 1945, y en 1951 por encargo del subdirector general del Instituto Nacional de Bellas Artes, Fernando Gamboa, conformó un díptico dedicado a Cuauhtémoc y alusivo a la conquista de México.

El título Tormento de Cuauhtémoc constituye, a juicio de su autor, un canto al último tlatoani mexica de Tenochtitlan y ‘una imagen de la lucha que deben sostener los pueblos débiles’ y describe la tortura aplicada sobre el gobernante con el propósito de revelas los supuestos tesoros de esa ciudad indígena.

Durante los años siguientes, Rufino Tamayo confeccionó dos murales en el interior del icónico edificio en los muros oriente y poniente del primer piso para ser apreciados desde el vestíbulo monumental y, según la página del Bellas Artes, el oaxaqueño desarrolló dos temas conexos e independientes a la vez.

En 1963, refiere el sitio web, Jorge González Camarera incorporó Liberación el cual ‘buscó desde su lenguaje plástico y con espíritu crítico una interpretación de nuestra historia, como es el tema del mestizaje o la síntesis del mestizaje, en la que suma las temáticas de martirio, guerra, fascismo y lucha nacional’.

Por esa época, como parte del programa de conservación y preservación, llegaron los trabajos de Manuel Rodríguez Lozano, Roberto Montenegro y otros de Diego Rivera, por lo cual el palacio trasciende como un referente del movimiento muralista mexicano.

¿Quiénes estuvieron en el recinto de mármol?

Sumado a su reconocimiento como albacea del arte del país norteño, el museo recibió desde su apertura a grandes figuras, entre ellas, la soprano griega María Callas; el tenor italiano Giuseppe di Stefano, el mimo francés Marcel Marceau y el bailarín soviético Rudolf Nuréyev.

El cantante lírico italiano Luciano Pavarotti, aunque visitó México en varias ocasiones, una de las más recordadas fue su concierto desde Bellas Artes en 1997, visibilizado por más de 17 mil personas con la ayuda de grandes pantallas desde la explanada, el Centro Nacional de las Artes y el Auditorio Nacional.

Otras figuras de reconocimiento internacional presentes en ese magno recinto fueron las sopranos Montserrat Caballé, Lily Pons, Helen Traubel y Astrid Varnay; los tenores Mario del Mónaco y Ferruccio Tagliavini; el barítono Leonard Warren; la mezzosoprano Giulietta Simionato y el bajo Salvatore Baccaloni.

La participación del teatro contó con invitados especiales como Juan Ruiz de Alarcón con La verdad sospechosa, justo el día de la inauguración; significativas producciones del director de origen alemán Fernando Wagner, del polaco Ludwik Margules y del famoso director y actor francés Louis Jouvet.

El testimonio artístico de esa pinacoteca recuerda, asimismo, la actuación de la pareja gala Madeleine Renaud y Jean-Louis Barrault en 1956 y las múltiples presentaciones de Marceau, entre ellas, El papalote, La envidia, La ira, Adolescencia, Madurez y Vejez y muerte.

El japonés Seki Sano, considerado el padre del teatro mexicano, recibió asilo político en el país norteño durante la presidencia de Lázaro Cárdenas y aunque dirigió varias puestas en escena de teatro y danza, la más icónica fue la obra de 1948 Un tranvía llamado deseo, de Tennessee Williams.

Igualmente, intelectuales como el novelista y dramaturgo portugués José Saramago, Premio Nobel de Literatura en 1998; el escritor y traductor argentino Julio Cortázar y el guatemalteco Luis Cardoza y Aragón, promovieron sus volúmenes en los salones del Palacio de Bellas Artes.

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