domingo 28, noviembre 2021
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La nueva era de los Ngäbe Buglé en Panamá

Panamá, 24 Oct (Prensa Latina).- El impetuoso río Tabasará ruge casi a diario durante la época lluviosa por las constantes crecidas, y tal vez regaló a la etnia Ngäbe Buglé una de sus furias para celebrar más de medio siglo de la nueva era de estos indígenas panameños.
Y es que cada 22 de septiembre, a las dos de la tarde, este pueblo ancestral recuerda aquella escena, donde en medio de rayos y un torrencial aguacero la joven Besiko Kruningrobu (Delia Bejerano de Atencio), también conocida como Mama Chi, recibió una revelación divina.

Desde entonces, hace 59 años este 2021, la etnia Ngäbe Buglé que habita en el occidente panameño y parte del oriente costarricense, festeja el surgimiento de su religión tradicional Mama Tatda (madre virgen).

Con verdadera vocación, una de las integrantes de esa casa religiosa, Clementina Pérez, contó a Escáner que aquel día de 1962 una fuerte tormenta de rayos y truenos iluminó el cielo, desde donde un anciano, a quien identificaron como Jesucristo, reveló una profecía a Mama Chi.

La joven debía cumplir el deseo divino de crear una cultura de fe y dejar a un lado las prácticas de otras costumbres consideradas inmorales como fiestas, jolgorios, embriaguez, poligamia y cultos de hechicería.

Dos años después, víctima de una fiebre considerada extraña por los indígenas, la joven murió con solo 23 años de edad.

Otros entonces tomaron la prédica y actualmente una gran parte de los originarios abrazan el culto que, al decir de Clementina Pérez, defiende a la Madre Tierra y es una de las razones por las que la Iglesia se suma a quienes rechazan las hidroeléctricas, en particular la conocida como Barro Blanco.

LUGAR MÁGICO, DE PEREGRINAJE

La cuenca del Tabasará y el río mismo son considerados mágicos por los fervientes creyentes, quienes predijeron una maldición si la garganta del cauce se estrangula como ocurrió con la construcción de una presa, la cual identificaron con la polémica hidroeléctrica, manzana de la discordia entre Gobierno e indígenas durante 2015.

Pero esa percepción de divinidad está reforzada por un hecho material y son las indescifrables escrituras precolombinas talladas sobre grandes rocas, las que asemejan a conocidas constelaciones astrales.

En aquella ocasión la lucha se centró en la posibilidad de que este lugar de peregrinaje quedara bajo las aguas de Barro Blanco y los Ngäbe perdieran su templo natural al aire libre, mientras el Patrimonio panameño lamentaría la desaparición de una pieza de incalculable valor cultural, cuyo mensaje aún está por descifrar.

Rebeldía, persistencia y paciencia son atributos de este pueblo originario que tras décadas de total olvido, todavía batalla para que los gobiernos de turno salden las deudas acumuladas del abandono de su población, la más numerosa de la nación y la más empobrecida de las siete etnias indígenas existentes en Panamá.

Cualquier pequeña mejoría podría influir en la vida de quienes, en su pacto con la naturaleza, solo dependen del bosque, los ríos, la tierra y sus cultivos; viven en chozas de madera y fibras vegetales; y las hierbas son sus medicinas eficaces algunas veces, porque en otras apenas alivian alguna dolencia.

Desnutrición y alta mortalidad materno-infantil resultan constantes en una región donde la asistencia médica apenas existe, lo que, unido a perjuicios de carácter cultural, ponen en peligro la vida misma de sus habitantes.

La vocación y entrega de quienes celebran aquella fantástica aparición y la fe que desde entonces abrazaron, no impide que en sus profecías también haya un espacio para caminar hacia una vida digna, lo más cercana posible al bienestar pleno.

En los rezos y cánticos corales, en lengua extraña para el “hombre blanco”, los indígenas elevan al cielo ese ruego, que con su lucha terrenal será conseguido, aunque las novedades de una mejor vida están aún por llegar.

BARRO BLANCO, HIDROELÉCTRICA DE LA DISCORDIA

El pueblo Ngäbe Buglé sobrevivió a los conquistadores españoles, a quienes derrotó múltiples veces, pero hoy está segregado a un pedazo de la geografía centroamericana, sin reconocimiento pleno de las líneas fronterizas que los divide: Costa Rica-Panamá.

La expansión minera y el boom de las hidroeléctricas para soportar el desmedido consumo de la vida moderna llegó de la mano de la filosofía neoliberal, para ellos desconocida, y el voraz capital extranjero penetró los bosques vírgenes para convertirlos en dinero.

Barro Blanco es un intrincado lugar de la geografía panameña, tal vez desconocido para muchos nacionales antes de que estallara allí, en 2015, el conflicto por la construcción de una hidroeléctrica que perjudicaría a comunidades ancestrales, según denuncias de las presuntas víctimas.

Desde la óptica de los Ngäbe Buglé que habitan la zona, la represa sobre el río Tabasará inundaría tierras de cultivo y algunas viviendas de los vecinos, además de dejar bajo las aguas el sitio sagrado, donde se encontraron petroglifos que yacen en el lecho de la corriente.

Pero hay más en la rebelión de estos indígenas y es el perjuicio de la obra sobre el medio ambiente, con énfasis en la flora y fauna, por ello la voz de Clementina Pérez, la mujer que lideró a los rebeldes, se alzó en su momento llena de argumentos.

Nos levantamos a favor del agua, los árboles, la Madre Tierra y estamos en pie de lucha. Denunciamos los daños a los recursos naturales y no vamos a permitir que desalojen a nuestra gente que vive en la ribera del Tabasará, dijo.

El agua es la vida y la existencia de todo ser humano, por tanto, el pueblo Ngäbe Buglé debe protegerla y estamos aquí defendiendo el medio, la familia y toda la población, enfatizó.

ESPIRAL DE LA HISTORIA

Aunque Panamá le otorgó a esta etnia una Comarca con cierta autonomía y creó un cuerpo legal de protección a los pueblos originarios, algunos gobiernos violaron los códigos bajo el pretexto del desarrollo del país.

La investigadora Zady de Gracia, en su monografía Ngäbe Bugle, Cultura aborigen en Panamá, recuerda que en el siglo XX fueron desplazados de sus tierras ancestrales en las fértiles planicies del Pacífico y de las selvas a orillas del mar Caribe, hacia las inhóspitas montañas de la Cordillera Central.

Es un pueblo luchador y trabajador que desde los tiempos de la conquista supo pelear por sus derechos y exigir el respeto que merecen como seres humanos, y pese al modernismo, mantienen y siguen apegados a sus creencias y raíces originales, refiere De Gracia.

Panamá fue testigo de la fiebre del oro, de ello dio cuenta en el siglo XVI el padre Bartolomé de las Casas en su Historia de las Indias, cuando relató el afán de Cristóbal Colón en la búsqueda de minas durante sus expediciones en las tierras de Veraguas, en el centro del país.

Y esa ambición por explotar el oro y otros metales no cesó, pues continúa en la actualidad con numerosos altibajos, condicionados fundamentalmente por los mercados internacionales.

Pero, así como la ambición no es de reciente data, tampoco lo es la lid de los pueblos que viven en esta región, entre ellos los Ngäbe-Buglé, quienes se resisten a la minería y a la construcción de hidroeléctricas en su territorio.

Desde finales de la década de los 60 esta Comarca, ubicada en el noroeste del país, entre las provincias de Chiriquí (occidente), Veraguas (centro) y Bocas del Toro (Caribe), ya estaba en pie contra los proyectos mineros.

LA OTRA CARA DE LA MONEDA

Generadora del Istmo S.A. (Genisa), la principal accionista de Barro Blanco, comunicó en 2015 a la prensa que envió una respuesta a la Autoridad Nacional del Ambiente, en la que incluyen evidencias del cumplimiento de los estudios de impacto ambiental del proyecto.

Genisa reiteró que no hay afectación alguna a la Comarca y que la obra solo incidiría mínimamente en 5,81 hectáreas de servidumbre de río que colinda con áreas anexas, por lo que suscribió acuerdos de compensación con las autoridades del lugar.

Si bien el conflicto comenzó casi con el inicio de la obra, los trabajos no se detuvieron y en paralelo suscribieron contratos para la generación de electricidad, cuyo diseño permitía entregar un promedio de 124,83 gigawatts anuales.

Para ello se invirtieron unos 130 millones de dólares con apoyo financiero de los bancos Alemán de Desarrollo e Inversiones, de Desarrollo Holandés y Centroamericano de Integración Económica, aseguró la empresa.

El Gobierno, por su parte, vio la urgencia de atender el asunto, y si bien parecía inicialmente que le darían la razón a la Comarca, las posiciones fueron variando a una postura mediadora entre indígenas y Genisa.

Y fue tácito el pronunciamiento de la posición gubernamental: “…búsqueda de un consenso que tome en cuenta los derechos humanos, la protección de los pueblos originarios, el medio ambiente, el desarrollo sostenible y la seguridad jurídica de la nación panameña…”.

Sin embargo, reverdece la hidalguía de Urracá y el reclamo del sitio místico se une a la defensa de un río, un hecho solo imaginable para quienes viven en armonía con la Naturaleza y piden permiso al bosque para arrancar hierbas u hojas destinadas a curar a un enfermo.

Pese a la feroz resistencia, que no pocas veces terminó en represión, la hidroeléctrica de Barro Blanco sigue ahí como resultado de las voraces ambiciones del poder económico.

arb/npg/orm

*Este trabajo contó con la colaboración de PLTV, la editora jefa Luisa María González, la editora Amelia Roque, el jefe de la Redacción Centro-Suramérica Alain Valdés, y el webmaster Diego Hernández.

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