miércoles 26, enero 2022
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Crueldad y moralidad política en la Nicaragua de hoy

Mi indisposición hacia Ortega parte de un hecho sombrío: el gobierno que preside se asienta sobre la intimidación y la letal represión policial  en contra del ciudadano. Esta patología política se ha saldado -en una cuenta de pocos años- con cientos de muertos, heridos y encarcelados.  Miles son los desplazados y no pocos deambulan en el exilio. Duele porque Nicaragua es la patria de mi madre y el espacio vecino al norte de mi país; es la geografía  de Sandino y la voz de Darío.

Este artículo es un alegato contra la dictadura desde la óptica de un radicalismo democrático, pensamiento que urge materializar TODOS los derechos humanos (no solamente unos cuantos) para goce del pueblo, y que en la lucha por hacerlos tangibles propone una brújula política que abjure de la crueldad en cualquier circunstancia. Porque aspiraciones tales como la libertad y su atributo mayor, la justicia, son ciertas solo cuando se encarnan y dejan de ser fantasmas, tanto como se entiendan universales.

A los pueblos oprimidos les asiste hasta el deber de resistir. Comparto el criterio de quienes en Nicaragua abogan por la lucha pacífica mediante el uso de métodos activos y no-violentos.  La violencia es esencialmente inmoral y solo excepcionalmente debe usarse en situaciones límite, cuando sea proporcionalmente en defensa propia, ahí donde la integridad física se encuentre en inminente riesgo.   Piensan -según mis interlocutores- que se vale la autocrítica en algunos aspectos relacionados con las barricadas

La democracia no se mide por sus proclamas sino por el presente concreto y, por tanto, debe rehuir  convertirse en una metáfora, en vapor que se va en suspiros.  La democracia debe ser, ante todo, piel, dígase literalmente, el instante de un aquí y un ahora, obra social tejida entre la empatía y la solidaridad que germina en el individuo y en la comunidad, acto concreto que rinde fruto.  La libertad es la inmediatez de ese vuelo; sus alturas son venturosas cuando se acompañan de dignidad y memoria, como en Nicaragua.

Ciertos sectores de la intelectualidad, -sobre todo los anclados a los decorados de la Guerra Fría- con desprecio descalifican este humanismo llamándolo “izquierda light o de caviar”, en desatiendo de los actos crueles e inclinando la balanza en favor de la disquisición especulativa y teórica, esfuerzo que divide la lucha contra la opresión, elaborándose diferencias  entre quienes la merecen y no la merecen.

Esta postura no es moralmente correcta, ni de cerca, pues todo ser humano merece un trato digno en nombre de la igualdad y la justicia. No se olvide: los derechos humanos son de todos y son universales.  El ideal de la buena justicia necesariamente debe tener una grama pareja de universalidad, donde la aplicabilidad de la norma -a cada caso preciso- pueda identificar las asimetrías que puedan existir entre partes en conflicto.  Este ejercicio de lo real y concreto permite una mejor adecuación interpretativa y ejecutoria de los derechos humanos que, según mi criterio, son urgentes como primera defensa contra la plaga universal de los actos crueles.

El martirio nicaragüense lo ha puesto, fundamentalmente, el pueblo, pero no cualquier pueblo, sino el más sencillo, trabajado y sufrido; claro está, también el más creyente.  Por ello, evoco aquel poema del cantautor Luis Enrique Mejía Godoy que empieza así: “Vos sos el Dios de los pobres, el Dios humano y sencillo, el Dios que suda en la calle, el Dios de rostro curtido, por eso es que te hablo yo/así como habla mi pueblo, porque sos el Dios

obrero, el Cristo trabajador.” El nicaragüense en su fe y sed de justicia no olvida los agravios. No lo olvida el campesino ni el obrero de la ciudad, tampoco el estudiante ni el intelectual, menos aún, las madres de sus hijos asesinados. ¡Es la memoria hecha dignidad!

Valga rechazar -sin distingo ideológico- cualquier crueldad que desde el capital, el poder y el Estado se imponga al ciudadano. Tan insoportable es el terror en democracia de la dupla Duque/Uribe como la del dúo Ortega/Murillo, como el de otros casos que Estados Unidos y Rusia alientan. No digamos menos de las crueldades que desde el sector empresarial transnacional se imponen al mundo; léase, por ejemplo, JP Morgan, Exxon Mobile Nestlé o Lockheed Martin.  Ejemplos sobran.    Ni siquiera en sociedades con una larga tradición de libertades públicas, el Estado se exime de haber reprimido con mano brutal, si bien ocasionalmente, las expresiones de manifestantes pacíficos como hace poco sucedieron en Berlín, París y Londres.

Desde la perspectiva de la fuerza o del monopolio de la violencia, cualquier Estado debe ser visto con aprensión y recelo, recordando que para los neoliberales deja de ser válido cuando ellos gobiernan. Son derechas y centros políticos hipócritas. Desde hace algún tiempo acá, estas voces siguen empeñadas en resucitar un muerto, -el fantasma del comunismo- con tal de justificar ellas una narrativa falsa, una “lógica” fantasiosa, y un lenguaje distorsionado y desfigurado, que permita seducir a las masas para que avalen la agresión, en todos los frentes, contra los trabajadores y los inmigrantes.  Una cicuta dulzona es lo que al pueblo ofrecen. Produce euforia y mata.

Preocupa, además, de que este obsoleto abecedario sea un caballo de Troya al servicio del neofascismo y del neoliberalismo corporativo, popular y religioso. Daniel Ortega no es, precisamente, un adversario principista de estas pústulas, sino tan solo ocasional, mientras le sigan disparando a mansalva. Ortega no es ni ha sido nunca un comunista, pero para defenderse ha hecho acopio de la vieja retórica que el estalinismo exhibió durante la Guerra Fría y de un FSLN que ya no existe.  Esta es la razón por la que gente honesta de izquierda se desubica frente a esta tiranía.

Por otro lado, las derechas -fascistas o no- se dedican a colorear la narrativa sobre un hombre a todas luces cruel, pero lo hacen cuidadosamente, coreografiando un hilo con muchos presupuestos y conclusiones falsas que encajan, -a la corta y a la larga- con un esquema global hegemónico del capital transnacional y de su poder represivo, asunto auspiciado y amparado por la democracia imperial estadounidense.

Bajo este esquema los derechos humanos también son maltratados, especialmente los económicos y sociales, estos más difíciles de protestar en sociedades abiertas, políticamente estables y donde predominan las libertades públicas que, a buen ojo, serán siempre relativas en mayor o menor grado.

Pero para las masas nicaragüenses esta última observación no es una urgencia inmediata en la agenda.  Es otra cosa:  sacudirse de quien ahora los hiere con mano inmediata.  El opresor es concreto e identificable. Se llama Daniel Ortega y lo íntimo de su entorno.  Las consignas populares son claras: libertad para los presos políticos, plenas libertades de asociación y de expresión, y elecciones sin coacciones.  Estas demandas son todas progresivas y encajan en una agenda de derechos humanos.

Lo dicho hasta ahora invita a tener presente la dicotomía entre lo real y lo aparente, entre lo que parece ser y no es, entre lo que es y no parece serlo.  Porque los fenómenos sociales gozan de las cualidades transformistas e impostoras del camaleón, porque el poder y la política se entienden mejor en el contexto continuo de un festival de disfraces.  De estas precariedades el capitalismo y la democracia formal son los mayores magos, alquimia donde las derechas reinan.  ¿Quién es quién?, es la pregunta que debe hacerse el analista responsable en una pasarela de máscaras.  Y para comprender el fenómeno Ortega/Murillo y de quienes lo adversamos desde la izquierda democrática, se requiere contestar esta interrogante con las complejidades implicadas.

No solamente existe la crueldad política; también pululan las crueldades económicas y las ejercidas en contra de la naturaleza y la paz.  Por ello, la lucha contra el régimen de Ortega presupone una crítica acérrima del neoliberalismo, el neocolonialismo, el militarismo y del rol que juegan todos los imperios en casi todo.  Subyace en lo apuntado una fundamental evidencia: que el capitalismo arrincona destructivamente a la humanidad sin otro paisaje más que el apocalíptico. La barbarie “es un monstruo grande y pisa fuerte”, diríase parafraseando el contenido de una canción bien conocida por mi generación. Ciertamente, el paisaje político y social en el planeta es unipolar: lo acapara la demencia -la esquizofrenia del poder-, aberración que deja fuera de foco lo bello y sublime que mora en el espíritu humano.  De esta indeseable cuadratura no se escapa el régimen de Ortega.

Ciertamente, sectores representativos de empresarios y políticos conservadores han sufrido una contundente y odiosa represión.  Verdadera también es la reacción airada de los Estados Unidos. Pero estos hechos no ocultan la naturaleza antipopular y reaccionaria del orteguismo. Solo ratifican lo lejos que el dictador puede llegar con tal de perpetuarse él como el único eje de un capitalismo familiar y tribal cercano al neoliberalismo.

Ortega ha sido categórico: es él -y solo él- quien reparte junto a su esposa, allegados militares y socios burgueses, las cartas del poder político y de los negocios. Nicaragua es su finca privada y es él el árbitro de todo.  ¿Qué hay de revolucionario o socialista en esto? La respuesta es inequívoca: nada, absolutamente nada. Porque el socialismo si ha de serlo ha de ser radicalmente democrático, predicamento que implica una postura moral y humanista  sine qua non de la política como condicionante de todo lo demás.

Por supuesto, Ortega odia a muchos de sus excompañeros de ruta que, para su desgracia, arruinaron una época de consenso oligárquico. Fue un periodo dorado y feliz de convivio con la burguesía no orteguista, alianza ungida por las jerarquías católica y evangélica. Pero no fue todo: contó con el beneplácito unánime de los organismos financieros internacionales y la tácita aprobación de los Estados Unidos.  ¿Qué sucedió para que esta luna de miel se agriara?

Todo este esquema corporativo se vino abajo el 18 de abril del 2018 cuando estalló un descontento popular contra las reformas de la Seguridad Social, impuestas mediante un decreto ejecutivo que, entre otras cosas, incluía un recorte del 5% a todas las pensiones y aumentos en las contribuciones de la patronal y los trabajadores.

Lo hecho fue neoliberalismo a rajatabla, al puro estilo de lo que Carlos Alvarado, el ingrato gobernante tico, continúa recetando e imaginando para su propio país. Estos son los antecedentes sobre los que se afinca una doctrina de terror que explica la farsa de las elecciones recién cumplidas, y que revelan los exabruptos maniáticos del dictador en contra de los prisioneros políticos.  Ortega es una versión tropical de aquel francés que dijo en el siglo XVIII: “el Estado soy yo”.

Hoy, el “contra”, es Ortega. Dar por buenas estas elecciones es injuriar a los más de 300 mártires. Pero eso no lo entienden quienes desde la “izquierda” son insensibles al dolor de los pueblos cuando no convienen a sus esquemas ideológicos. Hay ciudadanos para quienes no todas las opresiones son dignas de atención, sino solo las que escojan con tal de mortificar al adversario o al enemigo de turno.

Así, el paladar por los derechos humanos deviene en arbitrario y excluyente. Ello no es moralmente bueno ni consecuente con un sano análisis ético.  Se debe alertar sobre el divorcio que existe entre la política y la moral; igualmente, se debe denunciar un cierto ostracismo intelectual -con frecuencia alarmante- con el que políticos y analistas invisibilizan la reflexión ética y moral.

La más odiosa entre las costumbres políticas es aquella de catalogar al dolor humano según conveniencias insalubres o caprichosas. Conviene decir que el dolor parido por la injusticia es uno, sea en el norte o sea en el sur, o, en cualquier otra dirección que uno pueda imaginar.  No solamente es el caso de nuestro vecino país, o, el de Venezuela; también lo son los de Colombia y Honduras.  ¿Y los de Costa Rica? También lo son, tanto como los de Cuba. Sea quien sea, la quejumbre de los oprimidos es una sola frente a cualquier Estado que abusa cruelmente de su poder.

Existe, por supuesto, un esquema mental entre gente de buena fe que dice: “algo de bueno tendrá Ortega para que el imperio lo combata con tanta gana”. El sentimiento que produce esta falacia es tentador pero, definitivamente, es infantil, porque las aversiones emocionales no deben nublar el análisis serio de las contradicciones sociales como lo hizo Marx.

¿Podrá  suceder que dos o más agendas que se contradicen entre sí, que vehementemente se niegan entre sí, sean al unísono hostiles, cada una a su manera, a las aspiraciones democráticas del pueblo nicaragüense?; ¿Será factible que las demandas democráticas de las masas -en este particular segmento de su lucha revolucionaria- coincidan con las exigencias democráticas gerenciales de Washington para el mundo?  Pienso que sí, que es posible, porque de hecho está sucediendo. La constatación solo subraya la complejidad dialéctica (viva) de la realidad siempre al acecho de su negación y de sus inciertos frutos.

El problema central de toda política exterior que formule Washington consiste en cómo gestionar su hegemonía global.  Hoy su escogencia -convertida en imperfecta ortodoxia- es la de hacerlo a través de la construcción de formalidades democráticas y elecciones competitivas, porque el control del mundo y la siempre elusiva pax americana le rinde mejores réditos gerenciales en un mundo global y en medio de una espectacular revolución tecnológica. Ciertamente la democracia puede convertirse en un instrumento de dominación entre partes desiguales en poderío en  . Pero el imperio no ha estado exento de vaivenes e inconsecuencias, pues ha sido vergonzante, por ejemplo, el papel estelar asumido en los golpes de Estado contra Evo Morales y Mel Zelaya, en Bolivia y Honduras respectivamente.

Esta “gerencia democrática” es lo que el imperio se propone en Nicaragua y en el resto del mundo. Le permite enlazarse con la agenda popular y con la de los políticos criollos, conservadores o no.  Las realidades son lo que son: líneas nunca rectas y plenas de inusuales entrecruces.  El embrollo, este accidentado laberinto le permite a Biden pasar como campeón de la libertad y a Ortega como  el paladín del antiimperialismo y la dignidad. Las máscaras aludidas ni son totalmente ciertas ni totalmente falsas. De ahí que este cuadro requiera de un análisis novedoso y alejado de las consignas emocionales. El relator serio se obliga, entonces, a superar los mínimos de objetividad que le sean posible.

Ortega, en cambio, quiere gerenciar  Nicaragua conforme a su personalísima imagen, a su exclusiva manera, con quien sea, sin importar si es un Jeff Bezos, un Jack Ma o un Alexey Mordashovpero,  nombres todos que forman parte del exclusivo abanico oligárquico mundial.  Ortega se decidió  por una versión burguesa en familia y de clan, acompañada de un autoritarismo personal ajeno a los más elementales principios de legalidad.  Ese es el “detalle” y el de sus violentas consecuencias.  Este factor no se debe ignorar, menos lo debe hacer la izquierda que reivindica la universalidad de los derechos humanos.

Los dos relatos mencionados son relativamente contradictorios entre sí y producen en la dinámica una áspera contienda; sin embargo, comparten una finalidad común: cada bando busca sojuzgar al pueblo, cada cual en acopio a sus tiempos, sus espacios y sus preferencias políticas.  ¿Existirá incongruencia al entender que es posible que las necesidades democráticas de un pueblo y la estrategia democrática gerencial del imperio puedan confluir?

Nótese que “confluir” no significa “abrazarse” o “armonizarse” en un contexto político de múltiples conflictos; significa “entrecruzarse” por necesidad y necedad de la historia, entendida esta como fenómeno caótico de difíciles y certeras predicciones. Un ejemplo trágico de lo dicho es el conflicto sirio, escenario de múltiples actores e inimaginables alianzas. Otro modelo, digamos que a la larga feliz, ocurrió en nuestro país  -en el contexto la década de los 40 del siglo pasado- marcado por un convulso periodo de asociaciones atípicas que terminan coronando un Estado Social.  Así de complejo y complicado es todo esto.

Un perverso David no se exime solo por ser David, ni el perverso Goliat estará inevitablemente errado siempre en sus apreciaciones y consignas. La política revolucionaria es siempre muy arriesgada porque la realidad real no se deja atrapar por simples esquemas y dogmas, tampoco es un fenómeno que se deje ver fácilmente a primera vista. El análisis revolucionario es ingrato y fatigoso pues tiene la enorme responsabilidad de negarse a sí mismo a cada momento. Descifrar la mutante realidad es su trabajo.  El telón de fondo es la incertidumbre.

Este laboratorio no cesa en su bullir.  La historia no tiene leyes ni es un encadenamiento (una suerte de escalera) racional del bien o del mal; tampoco debe ser, académicamente hablando, un mercado de adivinaciones. La política la predicen los políticos y en ellos no hay que creer; las empresas encuestadoras lo hacen solo en ciertos aspectos, pero para hacerlo bien, al medidor demanda ciencia y para creerle, reputación. Pero esto último es otro tema que vale un ensayo separado.

Lo fundamental que con esmero he tratado de comunicar radica en lo siguiente: que en el mundo real en el que existimos -encapotado por la violencia política, el extravío existencial e injustificadas miserias materiales, signado todo por pocos y bellos amaneceres-, queda al ciudadano común el recurso de la moralidad política, la de contribuir a formular una ética humanista de lo público y privado, fundamentada en el espíritu y la letra de los derechos humanos.  Dentro de este enunciado, una de las prioridades es la protesta y la lucha contra la crueldad política y social.  La ética aplicada en sus particularidades, examinando la singularidad de cada caso, es una consideración que debe privar por encima de criterios dogmáticos o gustos ideológicos. A esto llamo “radicalismo democrático”.

(*) Allen Pérez es Abogado

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7 COMENTARIOS

  1. Estoy de acuerdo con vos en eso de que el sandinismo ya no existe, por eso es que desconfío de los viejos compañeros de Ortega que aseguran reestablecerlo ( a lo mejor sólo lo estoy imaginando) con el apoyo imperial. De la otra oposición, de la de los Chamorro que saquearon el país después de 1990 no espero nada bueno. Pienso que en el tema Nicaragua no hay proporción alguna en la vehemencia frente a sus gobernantes, sobre todo si hablamos de la Colombia con más de setenta años de guerra contra el pueblo, la que yo llamo la dictadura sin rostro, o tal vez con muchos, porque hacen elecciones para cambiar los monigotes cada cuatro años. En Chile seguimos con más de 600 presos políticos y la represión inmisericorde contra el pueblo mapuche, la represión en Honduras nunca mencionada por la gran prensa dejó cientos de víctimas. En fin, seguro que me vas a decir que estoy defendiendo al gobierno de Nicaragua (y al de Venezuela) PECCATA MAIORE, pondré a salvo mi alma je je je.

  2. De Allen R. Pérez: «Estimado Rogelio, para nada, aprecio tus criterios porque nutren mis preguntas. Escribí este ensayo que poquísima gente va a leer (por lo extenso) pero para mí necesario para ordenar ideas y sentimientos y así poner un poco de orden y limpieza en mi cerebro siempre inquieto. Lo he escrito con honestidad, acto que no es suficiente garantía para que lo expresado sea todo correcto. Lo que pienso y digo -siempre lo he sabido- no es santa palabra. Desde pequeño supe que la incertidumbre y la permanente contingencia me acompañarían el resto de mi vida. ¡Saludos cariñosos y agradecidos con quien me tendió la mano!

    • Te preguntas con razón a dónde está la izquierda en Nicaragua. Yo sí la veo: la izquierda está en el pueblo, con sus movilizaciones y sus demandas democráticas. Porque la lucha por hacer cierta la democracia, acercándola paso a paso a un ideal posible, que es una lucha gradual, complicada, lenta, que requiere de etapas con sus logros y retrocesos, es una demanda siempre revolucionaria, permanente en su necesidad histórica, que no se detiene con partidos o sin partidos de la clase trabajadora. En este sentido, el pueblo nicaragüense es una izquierda sin partidos propios capaces de atender programa político exclusivo de los oprimidos. Hablo de la independencia de clase. Dichas trincheras no existen porque el señor Ortega destruyó al FSLN original y revolucionario, quedándose únicamente con la franquicia de su nombre y al servicio de una dictadura personal. La vieja izquierda, la de sus opositores socialistas y comunistas, así como el grupo sandinista llamado MNR, por muchas razones no conjuntaron una oposición significativa, desde la izquierda, al modelo autoritario de Managua. Pero mientras haya opresión habrá izquierda, la del pueblo aunque sea sin una cabeza que sea su conciencia histórica de largo alcance, porque la revolución democrática es permanente. Con todo, no deja de ser un problema grave que los trabajadores del campo y la ciudad no tengan su propio partido, su propia vanguardia.

  3. La izquierda y la derecha son la misma cosa, un grupo de gente tratando de controlar el poder y la riqueza, como ver un partido de Saprissa y la Liga, los dos quieren ser campeones por los mismos motivos.
    Esos ideales políticos ya están añejos, ya no aplican, lo que aplica ahora es sobrevivir a la pandemia y al cambio climático, la supervivencia no tiene ideología política, esta es igual para todos.

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