miércoles 19, enero 2022
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¿La izquierda o las izquierdas?

Se comenta que el Frente Amplio  yace tendido, descalificado, como para no insistir en seguir considerándolo de izquierda.  ¿Obedece el término izquierda a alguna ontología conceptual e inmanente, platónica, que certifique su pureza? ¿Qué autoridad canónica decreta quién es de izquierda y quién no lo es?  ¡Girondino o jacobino, qué más da!  Para mí basta con que alguien o algún grupo se autocalifique de izquierda o de lo que le apetezca, porque hay derecho a apetecer y a creerse lo que uno quiera.  Para mí basta tomar nota de ello y nada más.  ¡Qué cosa tiene la política con sus etiquetas!  No me quitan el sueño. No es un asunto de fe, no pertenece al dilema shakesperiano de “ser o no ser”; débase, más bien, a la angustia sacramental de creer o no creer en espectros, en palabras de jabón que flotan y los airecillos dispersan, porque, curiosamente, nos causan angustia a pesar del derecho de creer uno lo que sea. Lo trascendental -políticamente hablando- desfila por otra avenida muy distinta.

Al candidato presidencial del Frente Amplio (FA), el diputado José María  Villalta, se le reclama su decidida censura a la conservadora dictadura nicaragüense.  Examinemos, pues, el asunto.  El señor Ortega se dice de izquierda y tiene defensores y detractores de izquierda. Bueno, a todos les presto oído cuando dicen que son de izquierda pues, como antes dije, tomo nota de ello. Pero  mi objeción a quienes ven algo positivo en el actual gobierno nicaragüense tiene que ver con la brutal represión del 2018 y de las que siguieron. Estas voces, me parece a mí, tienen un capote ligero a la hora de lidiar con el tema de los derechos humanos. No veo cómo se puede ignorar a los cientos de muertos, heridos, exiliados y desplazados.  Cobrarle al FA una mala visión sobre un asunto tan  grave es incorrecto dada la abundante prueba que obra contra el régimen de Managua.

Lo relevante, desde mi óptica de izquierda, es  el análisis concreto de lo concreto, lo más fáctico posible, capaz de alimentar las claves del pensamiento social que mejor se comprometa con la justicia social. Hablo de un pragmatismo responsable que supera abstracciones y transita realidades precisas; significa despertar del estado onírico en que nos hunden las soflamas ideológicas  y saberse situado en la dimensión de la realidad real si ha de hacerse política revolucionaria.

Permítaseme ahora un corto disgregue, un aparte que viene al caso. ¿Es la realidad real la única realidad?  La evidencia empírica constata que no. Existen otras realidades que obedecen, por ejemplo, a la imaginación creativa que es propia del arte.  Las subjetividades pueden tejer realidades muy personales: la esquizofrenia es una de ellas.  También existen intersubjetividades paranoicas  de naturaleza ideológica como la alimentada por la derecha global que ha resucitado un muerto que sigue bien muerto: me refiero al fantasma del “comunismo”.

Difícil es digerir que esta bobada se haya convertido en moneda común. Recuerda este derechismo inculto  aquellas patologías  de Stalin que miraba trotskistas en todas partes. Las derechas tanto como las izquierdas autoritarias languidecen en un mundo que ya no existe: el de la Guerra Fría del siglo pasado. Hay caballeros como don Ignacio Santos y, subiendo mucho la categoría, como el señor Mario Vargas Llosa, que se han aficionado  a ciertos exorcismos y dislates que únicamente bregan en el universo de las alucinaciones.

Así, don Rodrigo Chaves, imagina y miente, cuando dice que Villalta  es “enemigo de la empresa privada” y de que nos quiere “implantar un régimen como el de Ortega”. El programa político del FA desmiente tal ocurrencia.  Hay gente que crea ficciones sin mentir y hay otra que lo hace mintiendo y don Rodrigo es uno de ellos. El desteñido exministro de Hacienda vende, literalmente, una realidad que no es fiel a los hechos.

El asunto no es negar el universo plural de las realidades sino el saber clasificarlas. La pregunta de la política revolucionaria sobre la realidad  -asunto que busca entender y desgranar- no es otra que el de las relaciones sociales construidas desde el poder político, las estratificaciones sociales y los señoríos económicos. Solo un análisis lo más cercano a lo fáctico, fiel  en lo posible a los hechos, puede auscultar y explicar las dinámicas de la opresión y de la injusticia. Existen, por supuesto, otros elementos de importancia que deben considerarse como son los culturales en su amplitud antropológica y sociológica.  En una pincelada, esto es lo que entiendo como la búsqueda explicativa de la  realidad real, tema vertebral que mucha izquierda ha perdido de vista y que reclamo como una valiosa herencia de Marx. De ahí que sea de la mayor relevancia reflexionar sobre el lenguaje y la hermenéutica.

Hay que darse cuenta de que las etiquetas políticas han perdido transparencia. Se han vuelto casi ininteligibles. Nos extravían. Prácticamente  carecen de un valor descriptivo adecuado o de fondo. Se han convertido en representaciones vacías y gozan de una inutilidad relativa a la que acceden acuciosos investigadores sociales con la misión de deconstruir y decodificar  laberintos que son intrínsecos a lo simbólico.

El tráfico de la incomunicación política es caótico y ensordecedor. La política debe ser comunicada sin mentiras y con sencillez. Sin embargo, ello no ocurre así, porque la lascivia política -el desenfreno que causa  solo imaginar el poder- pertenece al ámbito de la locura. ¿Por qué ha extrañarse uno por los tonos irracionales y pobremente emocionales de las campañas electorales?

Ocurre esta odisea en ciénagas y fangales lingüísticos, como en otras habilidades de la comunicación, porque excesivo y hasta exótico es el simbolismo confuso que hierve en nuestra común y cotidiana babel. Lo que ocurre con las palabras y las emociones, con todo lo alegórico, en fin, con la creación del pensamiento y sus representaciones, responde a una sintomatología de la realidad real que no es dicha realidad en sí misma, sino una representación de esta, unas más fieles que otras. ¿Será posible traspasar con salud esta tóxica y tupida bruma?

El afán no es poco, es muy exigente, pues se trata de poner en evidencia la realidad real a través del conocimiento racional y posible de cada época. Dicha tarea es permanente y nunca acabar porque está impedida de llegar a un puerto definitivo, obligada siempre a comprobar y rectificar el curso en un océano de falsas representaciones. El constante ajuste de esta brújula es una fatalidad que niega la viabilidad del conocimiento absoluto.

Afirmo que la palabra “izquierda” no es un concepto sino una noción que tiene referentes históricos identificables y que empieza con la dramática epopeya de la Revolución Francesa. Desde entonces la izquierda es como mirar al cielo en una noche donde hay muchas estrellas. Sorprende su diversidad. Las hay, como ayer, buenas y hasta heroicas; también, torcidas y malévolas; y otras, que a nadie hacen daño.

(*) Allen Pérez es Abogado

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1 COMENTARIO

  1. Izquierda es una visión de mundo y un compromiso con los menos favorecidos. En Nicaragua usted ve en abril de 2018 una represión del gobierno, seguramente solo eso alcanzó a ser informado. Yo veo un intento de golpe de Estado, financiado y organizado por ONG que canalizaban los donativos de millones de dólares de EEUU. El objetivo: abortar el vertiginoso progreso que estaba teniendo Nicaragua dirigido por el FSLN. Tuvieron al país paralizado durante tres meses, su comercio nacional e internacional, con los llamados tranques, donde quemaron vivos ciudadanos y asesinaron muchos sandinistas, entre ellos 23 policías, destruyeron centros educativos y de salud, carreteras, monumentos provocando pérdidas de millones de dólares. Seguramente usted no se enteró de nada de esto porque Ignacio Santos solo informaba al revés y usted no tiene la paciencia de buscar otras fuentes. jf

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