sábado 21, mayo 2022
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El “arte” de la fundamentación de las sentencias penales, un derecho en peligro de extinción.

Se encuentran cada vez con menos frecuencia, aquellas sentencias judiciales que se bastan a si mismas, que enriquecen al derecho y que permiten a las partes acceder a un razonamiento profundo sobre su controversia.

El simplismo se ha apoderado de los estrados judiciales, donde ni los litigantes ni el juzgador, toman con la seriedad necesaria el “arte” de fundamentar. Parece que aquellas sentencias que impresionaban ser inapelables sólo aparecen de vez en cuando y dan una bocanada de oxígeno al derecho penal costarricense que cada día se acostumbra más a las sentencias de pocas páginas y menos ideas.

Lo básico, lo justo, lo rápido, se abren paso por encima de la calidad, la estadística parece hoy, más importante que el derecho humano a una tutela judicial efectiva y a una sentencia justa; los juicios que se realizan una y otra vez no son cosa extraña, por el contrario, como regla, cada juicio se hace al menos dos veces por la interacción de los Tribunales de segunda instancia y la Sala de Casación Penal y esto no es más que el reflejo de las constantes falencias de la sentencia judicial.

Debemos cuestionarnos, ¿será que este fenómeno del derecho procesal penal costarricense, que parece una consecuencia evolutiva, llegó para quedarse?, o ¿será el paso fugaz de una generación desatendida por parte de la academia? y que logró instalarse como un impostor en el seno de la administración de justicia, haciendo creer que lo único que importa de la sentencia es el “Por Tanto”.

Hoy nos encontramos en el precipicio de un caos, donde cada día se cuestiona más la institucionalidad del Poder Judicial y mucho de esos cuestionamientos, obedecen a sentencias dictadas sin ese sentire que como describe Guillermo Cabanellas, refiere al sentimiento del juzgador, lo que le motiva al dictar un fallo.

EL juez no sólo es garante de la legalidad, pues la lectura de la norma no requiere de ninguna experticia, lo que si la requiere, es el análisis de las normas, su integración con el resto del derecho, la aplicación de las reglas de convencionalidad, el ejercicio de aplicación de las reglas de las sana crítica racional en caso concreto, esa labor si demanda una pericia para la que juzgador debe estar calificado y que debe aplicar a la totalidad de los casos sometidos a su juicio, nunca con criterios selectivos que violentan el principio de equidad.

El ser humano tiene derecho a una “sentencia justa” como parte de la garantía de la justicia pronta y cumplida, en la que se dirima su controversia valorando todos los aspectos sometidos válidamente a juicio y que estos sean analizados en el fallo dándole el valor que cada uno de ellos amerite, pero nunca podrá ser admisible la simple enumeración de los elementos, debe el juzgador aplicarse en conocer cada elemento, en estudiarlo individualmente y en su contexto con el caso, para que pueda definir de que manera impacta en su resolución, pues al no hacerlo, deja al hombre sin su derecho y al derecho si su alma.

La justicia puede ser ciega, pero nunca puede parecer tonta. Las sentencias burdas, infundadas, negligentes son en sí mismas una forma de denegación de justicia y el Poder Judicial, hace mucho tiempo perdió el interés en este tema, llevando a los jueces a las sentencias automatizadas, genéricas y carentes de razonamiento, en las que cada vez más profundo se pierde la imagen de la democracia costarricense.

Es comprensible el hecho de que la alta demanda de los servicios jurisdiccionales aumenta la presión sobre el ser humano investido como juez, pero de este tener la sapiencia de descubrir, que en la escala de valores nunca podría estar la cantidad por encima de la calidad, de manera que es mejor un fallo bien dictado, que diez errados.

La sentencia del juez, debe volver a ser esa obra de arte, con argumentos sólidos y porqué no con buen verbo, que atraiga al lector al mismo tiempo que imparte verdadera justica; la sentencia debe volver a convertirse en literatura permanente para estudiantes y abogados, de la cual se pueda aprender y seguir la tradición de trasmitir el conocimiento en cascada desde lo más alto de la magistratura.

Como se extinguen las especies, así mismo, las sentencias pensadas y delicadamente redactadas están en el ocaso cada vez más lejanas y cuando al fin aparece una que vale la pena leer, vuelve la realidad, la absorbe y la desaparece entre la multitud dejando nuevamente al descubierto nuestro terrible destino, una justicia “light”, tan ligera como nuestra sociedad actual.

(*) Jorge Enrique Porras Leiva, Abogado Egresado de la Maestría en Derecho Constitucional UNED,  Ex Fiscal del Ministerio Público, Ex Juez del Tribunal Penal.

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