martes 27, septiembre 2022
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La razón del absurdo

A pesar de los asombrosos avances científicos y tecnológicos realizados durante el último siglo y medio, así como también de los positivos logros obtenidos en asuntos como los derechos humanos y la regulación de las transacciones comerciales y productivas, al igual que la comprensión más extendida de la imperiosa necesidad de cuidar el planeta (que estamos destruyendo más rápidamente de los que especialistas en el tema habían pronosticado), resulta paradójico que todavía el ser humano se arrodille ante las fantasías políticas y religiosas que, algunas nuevas y otras antiguas, emergen o persisten en la cultura de todos los países.

 

Pero lo más ridículo de todo resulta del hecho que quienes practican alguna de estas creencias políticas o religiosas, consideran nulas, equivocadas o nocivas cualesquiera otras que perviven junto a su propia concepción mental.  Prueba de una mezcla de limitaciones personales y de ignorancia suprema.

 

Si estamos condenados a servir a esas fantasías políticas o religiosas, lo menos que deberíamos aceptar es que los demás poseen tanta imaginación como nosotros y son capaces de generar concepciones tan absurdas y contradictorias como las nuestras. Y no es que una sea mejor o más cierta que la otra, sino que todas están equivocadas.

 

El problema radica en que el contrasentido es lo que confiere sentido al existir de la inmensa mayoría. Y esas fantasías políticas o religiosas impulsan el comportamiento individual o colectivo, para bien o para mal, como lo demuestra la historia.

 

Sentimos lo real como absurdo y viceversa porque reconocemos que somos incapaces de explicar su existencia. Bien podría no existir nada o que todo fuese distinto. Y de allí la necesidad humana de crear sentidos y contrasentidos que pretendan dar razón a la existencia, justificación a lo absurdo, explicación a lo inexplicable o incomprensible.

 

Estamos viviendo una de las más oscuras épocas de la historia, donde se mezclan esas mismas creencias con los más rastreros intereses de naciones, grupos y colectividades, mientras se ocultan hechos y circunstancias que de alguna forma cambiarían la manera de pensar y de actuar. En otras palabras: desaparecerían los egoísmos que provocan guerras y desastres colectivos, basados en esos mismos intereses, o lo que es peor, en las concepciones políticas o religiosas que obnubilan el correcto ejercicio de pensar.

 

Hoy, ante la agonía de un imperio y el surgimiento de otros que le arrebatarán la hegemonía sobre la determinación de la paz y la supervivencia de la especie, vuelve a girar la rueda de la historia -como lo ha hecho siempre- para dar inicio a un nuevo ciclo. Son éstos tiempos de parto y por lo tanto tiempos de dolor. Solamente que en esta oportunidad se tiene, por primera vez en la historia conocida, la capacidad de eliminar la especie humana de la faz de la tierra.

 

Y mientras tanto, en nuestra pequeñez e insignificancia, continuamos luchando entre nosotros basados en las más absurdas razones.

(*) Alfonso J. Palacios Echeverría

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