jueves 2, febrero 2023
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Cocobolo, de las selvas panameñas a las arcas del crimen organizado

Montevideo, 29 nov (Sputnik).- No solo personas son traficadas a través de las selvas de Panamá: la madera de cocobolo, conocida como el marfil latinoamericano, también seduce al crimen organizado en la nación istmeña.

Mientras el Tapón del Daríen afianza su leyenda negra de infierno para los migrantes, en otras selvas panameñas la mano criminal aferra hachas y sierras para talar clandestinamente árboles que valen su peso en oro.

En particular el palisandro cocobolo (Dalbergia retusa), especie originaria de la costa occidental de Centroamérica, es altamente cotizado por su madera dura y de tonalidades rojizas y naranjas, al punto de que por un contendero se han pagado medio millón de dólares en China.

Como otras maderas del género Dalbergia, el cocobolo goza de gran demanda por su belleza, pero sobre todo por sus excelentes propiedades mecánicas y tecnológicas, que la hacen ideal para ebanistería y la elaboración de artículos de lujo para autos, yates, muebles finos y piezas de instrumentos musicales.

Los contrabandistas burlan el patrullaje de las autoridades policiales y agentes del del Ministerio de Ambiente, que igual, de vez en cuando, realizan grandes decomisos de «tucas» (trozos de madera) de cocobolo, aunque rara vez son detenidos los infractores.

De hecho, a mediados de noviembre fueron encontradas 27 troncos serrados en el parque Soberanía, Gamboa, un bosque lluvioso a solo 32 kilómetros de Ciudad de Panamá.

El diario La Estrella de Panamá publicó recientemente una investigación periodística titulada «Bosque herido», que puso en evidencia la complicidad entre el crimen organizado y la corrupción existente en la emisión y administración de sellos requeridos para la exportación internacional de este producto.

Según las investigaciones, en el istmo operan al menos cinco organizaciones criminales dedicadas a la extracción ilegal de cocobolo de los bosques protegidos, los mezclan con los inventarios existentes en sus patios para luego ser exportados, principalmente a Asia.

Madera tentadora

Las redes de leñadores clandestinos se mueven en las orillas del Canal de Panamá, ocultos entre la foresta y con el sigilo de todo traficante, y la tranquilidad que proporciona la compra de voluntades y silencios, y la vigilancia deficiente de un Gobierno que ni siquiera tiene idea de cuántos árboles quedan en pie en los bosques protegidos por ley.

El mercado habla: un contenedor de 20 pies cúbicos de cocobolo en Panamá ronda los 100.000 dólares, pero en China vale hasta cinco veces, y en sentido general, el precio supera con creces a la emblemática caoba.

De acuerdo con datos de la Interpol, el comercio ilegal de madera mueve 152.000 millones de dólares anuales, solo superado por el narcotráfico y la trata de personas.

Los más valorado del cocobolo es su núcleo, por su intenso tono rojizo, naranja y marrón que es muy requerido, por ejemplo, para la fabricación de violines: China domina el 79 por ciento de dicho mercado, y cada instrumento cuesta una media de mil dólares.

Ante este escenario, la Fiscalía de Ambiente del Ministerio Público, la Dirección de Inteligencia Policial y la Dirección de Investigación Judicial de la Policía crearon un grupo de trabajo para enfrentar el tráfico indiscriminado de esta especie, de supervivencia comprometida.

Entre sus iniciativas se destaca la prohibición en 2014 de la tala de cocobolo, mediante una resolución cuyas recurrentes prórrogas, lejos de cohibir, incentivó a los traficantes en su burla de las autoridades que debe velar por la exportación legal de la especie, sobre todo por lo difícil de identificar la procedencia de la madera.

Pirámide del contrabando

Los taladores, si son sorprendidos y capturados en sus campamentos clandestinos, encaran penas de 48 meses de prisión, conmutable por multa, una posibilidad que envalentona a los criminales: hablan las billeteras, y los jornaleros vuelven a buscarse el pan monte adentro.

La pirámide de la tala ilegal tiene en su base justamente a los leñadores que por jornales de 50 dólares diarios cortan la madera que luego una red de transportistas traslada en vehículos de todo tipo y tamaño, desde camionetas hasta furgonetas y camiones para ganado, sin declarar su mercancía real.

En la cima están los financistas, empresas-fachada bien conectadas en las instituciones y con los clientes, que tienen a su cargo los trámites legales para exportar la madera recién cortada, camuflada en el inventario de sus patios hasta que puedan exportarla a sus destinos.

De nuevo, el principal obstáculo para los fiscales es determinar cuándo fue talado el cocobolo, otra de cuyas virtudes es conservarse en entornos cerrados y de humedad controlada. Pero la corrupción es tal, que en 2021 un decomiso supuestamente resguardado en un almacén ministerial, apareció luego en el patio de una empresa exportadora.

En otras palabras, un día más en Centroamérica. (Sputnik)

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