domingo 4, diciembre 2022
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Mi distancia entre ellos y yo

Siempre fueron las mujeres, mis mujeres amadas.  Ellas soplaron sobre las velas de mi vida, las velas de mi barco artesanal.  Primero me enseñaron la caridad cristiana, como ellas la entendían, por supuesto, pero con integridad.  Aprendí pronto el significado de la pobreza.  Me dolía mi cuerpo en aquella choza, que no se podía llamar casa, latas en medio de un montazal, con el suelo como piso, donde llevaba un poco de comida al atardecer.  Así se fue construyendo esta persona, que, adolescente apenas, atisbó que más allá de la caridad, era necesaria la solidaridad, la fraternidad que decía la revolución francesa.  Pasé del Cristo crucificado al guerrillero en combate, siempre en una versión radicalizada del Hallelujah.  Muy jovencito entré a militar, sí, a militar, al partido socialista costarricense, el de la hormiga.  Porque ya el partido vanguardia popular me había decepcionado, sin haberlo tocado siquiera.  Me obnubiló la revolución cubana y su “guerrillero heroico”, por eso salté a lo que creía “nueva izquierda”.  Búsqueda, ¿insensata?, de una revolución verdadera.  La urss, no era ni soviética ni socialista, y con información de primera mano, no teórica, de un amigo que se fue a estudiar a la Lumumba, y se encontró con los añicos de sus creencias.  He aquí un jovenzuelo que se convierte en militante destacado de un partido de “izquierdas”, y en tal carácter, invitado a un “comité central ampliado”.  El orgullo de ese chiquillo, que, si hubiese sido mi padre, todavía hubiese andado con pantalones cortos, por la pobreza en su hogar, no tuvo límites.  Invitado a participar en un “comité central ampliado” de su partido, donde estarían los dirigentes, todos adultos: el doctor Rodrigo Gutiérrez, Pepe Chico, Pico de Oro, Beto Salom, y otras “glorias” del partido de la hormiga.  La “tragedia” empezó no más llegar al lugar de la reunión, la quinta del doctor pico de oro, en Santa Ana.  Mi primera sorpresa fue que el “señor secretario general”, tenía una quinta en esa zona privilegiada del valle central.  Al estilo de las dachas de la nomenklatura urss.  No más entré a la propiedad y me encuentro con un peón. Por mi formación y mi sensibilidad, en ese momento, me fui a conversar con el peón.  Mi cerebro, jactancioso que es uno, torturado por las dudas y los desencantos: el dirigente de mi partido de izquierda, de “nueva izquierda”, tenía peones.  Las madrugadas que fueron parte de mi juventud, para ir a repartir volantes a la entrada de la fábrica de cemento en Aguacaliente, a la fábrica de láminas de asbesto en Paraíso, en la jardinería Linda Vista en Dulce Nombre…  Las noches pintando paredes, mis esfuerzos por hacer un boletín local para repartirlo con el periódico del partido…  Todo en entredicho en aquella reunión de “grandes señores” de la política, a la vista de un muchachillo, inocente, ingenuo y partidario fervoroso de una revolución que trajera igualdad y libertad, como también había prometido la revolución francesa, y tampoco la revolución rusa había cumplido.  Salí tambaleándome, y no por los tragos, de aquel ágape “izquierdizante”, con todas las luces de emergencia parpadeando.  El primer sueño se derrumbaba.  Poco duré más en dicho partido, después del “comité central ampliado”.  No podía compartir con personajes que solo veían su porvenir personal, en esta sociedad, escalando a nombre de los pobres.  Aquella intuición que mis mujeres me habían heredado, nunca falló.  Mi pensamiento falló muchas veces, pero mi intuición nunca.  Después de aquel evento, inicié un viaje hacia, ¿la verdadera revolución?  Pasé por el maoísmo, por el trotskismo, y finalmente aterricé en la anarquía.  De esta última etapa de mi “evolución política”, es de la cual nunca me arrepiento y espero nunca arrepentirme, porque, aunque no sea militante, y aunque esa idea no haya triunfado (de manera permanente), me parece que es la idea más alta de la humanidad, si tal es posible: el ideal de una sociedad organizada sin Estado.  Hoy, cuando leo como aquellos “señores de la nueva izquierda”, son pensionados de lujo y cómplices adinerados de gobernantes criminales, puedo ver la distancia que me separa de ellos, aún cuando mi vida no se haya llenado de bienes materiales, de dinero y de cuotas de poder.  No me arrepiento, porque creo que, de alguna manera, me acerco hacia mi realización humana en oposición a la realización gansteril de aquellos.  Mi solidaridad permanente con los pobres de Costa Rica, de Venezuela y de todo el mundo.

Barrio Villanina, Cabo Velas,

Un rabioso 25 de abril.

Julián Arenales

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1 COMENTARIO

  1. Buena experiencia, dolorosa pero buena. Piquito de Oro, de comunista de la quinta en Santa Ana, recuerdo que en la década de los ochenta andaba en una “Toyotona” de paquete, cuando no cualquiera podía tenerla. Este bicho es el mismo heredero de Maduro con la casa de la embajada y tiene 7.500.000 de puntual pensión. Igual que al historiador, al ex rector, al ex sindicalista etc los compró la oligarquía criolla con pensiones de lujo. Hasta ahí llegaron. (Huevo de Oro, el de los lados de la Sabana tiene mucho que ver en ese arte de reciclar comunistas).

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