lunes 16, mayo 2022
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La condena, de Franz Kafka

Kafka ya condenó al mundo, antes de que el mundo se condenase a sí mismo.

De Kafka se habla mucho, unos lo comprenden como decadente y otros como personaje de excepcional capacidad creativa, casi humorística. Los primeros lo confunden con los personajes que crea en su obra y no dejan de expresar la misma actitud que él refleja (el juicio fácil o inmediato basado en tópicos). Y los segundos también, pero con la diferencia que lo confunden con un elitista intelectual que en el fondo admiran. Pero bien, eso son teorías que otros matizan. También hay quien habla con mayor perspectiva, y reconoce que su obra es excepcional, seguramente de las mejores del siglo XX, y que él es quien mejor ha reflejado la deshumanización a la que ha conducido la burocracia moderna. Es una visión que comparto. Pero Kafka apunta más alto, a ideas muy poco o mal tratadas.

Conviene tener presente que fue una persona que pidió que nunca se publicara lo que escribió. No quiso que se hiciera negocio con sus textos, pero no lo respetaron. Lo hizo, por encima de todo, para él. Este hecho, nada menor, informa de que su motivación era sincera y exploratoria, seguramente para desarrollar una crítica compartida con su círculo más íntimo, con quien debería interactuar. Entendido esto, se comprende que la crítica a su obra descuida lo que le motivó a escribir. Filosofó una idea, pero esta obra, que seguramente existió, se destruyó o se escondió, quizá por consideraciones editoriales o, tal vez, quien sabe, lo hizo él mismo. Habla de una deshumanización que ya no comprende el edificio que hemos construido, sobre el que nos apoyamos y que a la vez nos convierte en instrumentos de una falsa armonía social donde muy pocos pueden orientar sus designios libremente.

Su libro más conocido es El proceso, que escribe en el año 1925. Trata de un hombre que aspira a triunfar observando e imitando únicamente a quienes están por encima de él, y utiliza a las personas por su interés. Parece que las cosas le van bien, pero todo cambia cuando se lo somete a un juicio, con lo cual trata de defender su honorabilidad, si bien no sabe por qué se le juzga. Cree que es un error y se obsesiona en querer demostrarlo, pero no lo consigue. Todo parece caótico. Silencios inexplicables, situaciones vergonzosas e intercambios absurdos. El hombre, llamado ‘K.’, no le encuentra el sentido, pero lo disimula huyendo de la evidencia de su ignorancia, que niega que existe. Sin entender nada, muere con un final pésimo, como todas las gestiones que hace a lo largo de todo el libro, tanto con las personas con las que interactúa como en el proceso judicial que nunca llega a empezar. ¿Por qué muere? En el libro se juzga y se condena a una persona sin nombre por el sencillo hecho de no entender ni cuidar el mundo en el cual vive. Pero, en realidad, es una condena minuciosamente meditada donde se juzga a la pobreza del ser social que Kafka caracteriza en un personaje llamado ‘K.’. ‘K.’ se siente juzgado, pero realmente no hay ninguna instancia que lo juzgue, del mismo modo que la sociedad no se juzga a sí misma. Por esta razón, el autor, a través de un libro que hace de espejo de la sociedad que vive, juzga su pobre y miserable conciencia de la realidad y lo condena a una muerte patética, de la que extrae toda brizna de solemnidad. Muere huyendo de la locura que le causa la obsesión por el juicio, como si de un fugitivo desesperado, que se siente cazado, se tratara.

Es un juicio a un mundo siempre dispuesto a juzgar y valorar las cosas por su uso, o interés, donde el autor quiere reflejar la pobreza y la ingratitud de nuestras relaciones. Es una crítica al efecto perverso de la constante impulsividad que nos rodea y nos empuja a desear todo lo que se nos ofrece. Se cuestiona un mundo donde se nos aboca a tener que progresar y nos asustan las consecuencias del estancamiento (o el retroceso) en la escalada del éxito soñado, donde casi todo vale si no hay una ley escrita que diga lo contrario.

El «proceso» se dirige a las prepotencias y las impertinencias no reconocidas; al cinismo y la ofensa tolerados; al absurdo vestido de racionalizaciones hipotéticas; a la superficialidad y la banalización del amor y la cultura. A un mundo que ha normalizado la censura de la libertad y la creatividad humanas. Un mundo convertido en un teatro, donde los protagonistas presionan y son presionados, que reflejan a una sociedad formada por los que pueden y los que no pueden. Donde la dureza y el sufrimiento se dan sentido a sí mismos, y donde los sentimientos y el amor se toleran como anecdóticos mientras no interfieran en el orden establecido, el cual es capaz de reprimirlos si se convierten en un problema. Un mundo donde esta crueldad se vive dentro de uno mismo.

En una visión introspectiva paralela, se podría decir que Kafka expresa cómo se llega a transformar el sentido de las cosas cuando todo se cuestiona por una razón especulativa, que abarca más allá de su uso práctico y se convierte en una moral exenta de sentimientos.

No sé si Franz Kafka pensaba así cuando escribía sus obras, pero el hecho es que (desde mi punto de vista) está bastante claro que se trata de una parábola existencial de la realidad, visto desde los laberintos de la mente, que poca gente explora.

Haciendo una lectura psicoanalítica, se puede decir que el libro representa una crítica social adentrándose en la propia mente del universo de un personaje cínico que no sabe que lo es, que de manera inconsciente se juzga a sí mismo de la misma forma que conscientemente lo hace con los demás, llegando a un estadio de neurosis o psicosis obsesiva. ‘K.’ no tiene ningún síntoma de depresión emocional, porque tiene las emociones reprimidas. Sencillamente no entiende nada ni sabe hasta qué punto es pobre emocionalmente, y entra en una paranoia persecutoria porque no soporta más engañarse a sí mismo. Es atacado por su subconsciente. Y esta cuestión es, por tanto, bastante más compleja que la simple trama aparente del libro. Kafka hace creer al lector que el juicio quizá existe, pero sólo existe dentro de su mente, y eso lo esconde.

En una visión más enfocada a nuestra condición psíquica, se observa como el elemento valorativo del juicio inconsciente es una losa, tanto para nosotros como para aquellos a quienes juzgamos. El ejercicio de «valorar» ‘es el resultado de una tendencia sistemática de la psique, que hace todo lo posible para lograr un equilibrio. Es un mecanismo que se regula por la necesidad de integrar todos los impulsos que se perciben, por lo que ajusta la realidad vivida este fin. Es la interconexión dual de los mundos consciente e inconsciente en un todo. Es el todo psíquico que funciona, realmente, como una unidad dual en sí mismo y dialoga, al mismo tiempo, con la psique colectiva. La psique aspira a lograr un equilibrio entre el juicio inconsciente y el juicio consciente, nada más. Pero si no lo consigue entra en conflicto y encuentra soluciones alternativas, como la depresión, la obsesión, el cinismo, la neurosis, la paranoia o el trastorno de la personalidad, la doble personalidad o la creación de alucinaciones, y la locura. Y del cinismo a la paranoia hay un paso, cuando entra en conflicto con la realidad social. ‘K’ sufre el desequilibrio que lo ha conducido a un cinismo paranoico, que no atiende, hasta volverse loco y morir. Dicho de otro modo, si el inconsciente no puede participar de la emoción consciente y expresarse bajo el control de una unidad psíquica, se transforma en un ente autónomo, recluido o reprimido, en la medida que negamos o relegamos su validez. Y es capaz de desafiar a la realidad consciente. Todo son síntomas de la ruptura psíquica. Todo forma parte del propio mecanismo psíquico, y de su peculiar lucha por persistir, y, en ciertos casos, de agredirse a sí mismo.

En una visión más espiritual, resaltar que este libro ayuda a comprender que el fracaso de nuestra capacidad psíquica conduce a la pérdida de nuestra vitalidad, y a la autodestrucción. Es la respuesta a la desautorización de uno mismo en un todo del que formamos parte. Y esto, en un contexto social que ha labrado un entorno donde los sentimientos no tienen valor, donde las personas no valen lo que son sino lo que sirven para un sistema deshumanizado, es insoportable.

2 de mayo de 2020

(*) Andreu Marfull Pujadas, Profesor en Planificación y Geografía Urbana a la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez, México.

 

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