lunes 4, julio 2022
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El deporte ¿Manchado?

En 1821 se independizó el país pacíficamente creo que del imperio español. Y con frecuencia me acosa la pregunta de qué utilidad práctica puede tener eso si ese imperio se acabó más o menos por esa misma época. ¿Qué valor actual tiene ser libre de un amo que no existe si el país está hipotecado a acreedores que sí están vivitos y coleando?  ¿Somos independientes? ¿Podemos disponer de un bien que no es nuestro o que tiene “una anotación” como dicen los notarios?

¿Qué tiene que ver esto con el deporte?  Que el deporte es una prueba “en directo y a todo color” de que no tenemos ni la solvencia ni la libertad para siquiera respetar ni en principio su lema clásico:  mente sana en cuerpo sano. 

Solo mentes muy torcidas podrían haber inventado el tipo de publicidad que ensucia el deporte con algo peor que con basura.  ¡Qué vulgaridad, que indignidad para la profesión del narrador deportivo eso de tener que meternos a nosotros, amantes de los deportes, que somos la audiencia y víctimas indefensas e incautas, anuncitos alevosos de productos y empresas comerciales en la narración por radio y televisión de los acontecimientos deportivos! ¡Qué suciedad maligna e impropia!  No podemos quitárnoslos de encima porque son ataques ultrarrápidos y sorpresivos tipo guerrillero, de frecuencia impredecible.  No podemos abalanzarnos al aparato para bajar el volumen y no oír esa propaganda que nos meten a la fuerza porque dura menos de unos segundos entre lance y lance de la actividad.  Yo me siento a escuchar la radio o a ver el televisor para escuchar o ver un acontecimiento deportivo, no para que me laven el cerebro subrepticiamente con basura sobre ungüentos, píldoras, tónicos, comidas rápidas (¡muy deportivas! ¿no?), bienes raíces y cuanta cosa comercial más hay.  Una cosa es que en las transmisiones haya un espacio separado, en el descanso, o antes o después para todo lo que es propaganda advirtiéndose a la audiencia que se trata del espacio publicitario y otra cosa es este asalto sorpresivo, no solicitado, durante el acto deportivo. 

Bueno, pues pensarlo, porque esta forma de intervención subliminal puede ser calificada como invasión, acoso y agresión psicológicas.  Incluso pienso que cabe una acción legal contra tal invasión furtiva de nuestra perceptibilidad.  No soy experto en el tema pero me suena a que se trata del condicionamiento subliminal que está prohibido en muchos sitios y que me hace pensar en los estudios y experimentos en conductismo de, por ejemplo, Pávlov, Watson y Skinner.   Yo no quiero escuchar ni ver nada de eso y menos al recordar que no existía tal cosa cuando practiqué más de un deporte formalmente;  que el aprendizaje por el que pasé en la primaria y la secundaria y que me dio mi padre en educación física se nos había introducido por medio de una bonita, elegante y sana “gimnasia sueca”, que jamás se habría podido asociar con dinero, negocios o comercio.  La característica de toda esa ambientación era la higiene física y mental, el sano orgullo y la nobleza por cierto muy bien representados por el saludo de la esgrima clásica de la que me antojaron mis tíos abuelos.

¿Por qué no se rebelan los narradores y sus asistentes contra algo tan vergonzoso e impropio en la práctica de una profesión como es obligarlos a hacer doblete repartiendo anuncios?  Obviamente no tengo la respuesta pero sí se sé que a mí me molesta muchísimo.  He escuchado que es porque si no se hace así no sería factible seguir transmitiendo los acontecimientos deportivos.  Entonces ¿por encima del interés deportivo que según hemos creído es el principal en el momento nos debemos como siervos tanto ellos como los espectadores y los auditores cautivos a unos acreedores a quienes debemos servir obedientemente? ¿En el país libre y soberano?

Pero hay más:  lo que para mí es un robo que no podemos prevenir por tratarse de algo que se entremezcla con la imagen televisiva del acontecimiento.  Yo he pagado por un servicio de transmisión por cable para ver en toda la magnitud de mi pantalla las transmisiones de los actos que me interesan.  Pero resulta que de vez en cuando me reducen a un 80% el tamaño de mi pantalla, sin mi permiso, me roban un 20% de lo que he comprado, para meterme, violenta y repentinamente, en los márgenes izquierdo e inferior, un espacio de basura publicitaria que yo no quiero ver mientras se está desarrollando el acontecimiento;  de nuevo, sin poder yo hacer nada al respecto.  Esto es invasión violenta de mi espacio por el que he pagado así como lo que parece ser un intento de condicionamiento conductivista encubierto. 

¿Y los campos deportivos y los uniformes? Los han convertido en vulgares carteleras atiborradas de anuncios.  Las canchas y pistas rodeadas de vallas publicitarias en algunos casos hasta con juegos de luces que distraen y violan, en mi opinión, lo que debe ser un límpido y grandioso campo de deportes.  En los uniformes ya no se puede leer ni el nombre de los deportistas entre tanto rótulo de propaganda comercial.  Y, bueno, ya que están podrían hacerla completa: reservar el espacio que coincide con las nalgas del deportista para anuncios de papel higiénico y esas cosas.  Se ha violado toda la mística de la mente sana en cuerpo sano y se han manchado los colores y los emblemas de los equipos, que siempre fueron como decir sagrados, ondeados en el aire orgullosamente y celosamente salvaguardados. 

Para mí esto es una vergüenza y una pena, la degeneración de una cultura, una olímpica descomposición, siendo la violación comercial del deporte y de sus templos uno de sus signos más patentes.  A este ritmo no debería sorprendernos comenzar a ver una similar invasión de los templos religiosos y hasta de los templos del aparato del Estado con técnicas similares;  y a la población considerarlo como algo de lo más normal, claro, porque ya habrá sido cuidadosamente condicionada.  Yo de momento reduzco mi malestar todo lo que puedo bajando el volumen del televisor a cero (cuando escucho radio ¡ni modo!) mientras veo el acontecimiento del que se trate practicando la guitarra y preguntándome si habrá en el país algún ente tipo ministerio, gabinete, asamblea, comisión, consejo, sociedad, asociación, instituto, club, banda, congregación o turba con autoridad en este campo o si no será que ya es demasiado tarde;  que el gran capital no solo ha comprado el deporte, sino el paquete completo:  también nos ha comprado a nosotros, sus espectadores y aficionados que al final quedamos como los perros de Pávlov. 

(*) Orlando García Valverde, Traductor-Intérprete Oficial

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1 COMENTARIO

  1. Es comprensible su punto de vista pero lejos de la realidad.Analice al Saprissa,el equipo de mayor fanaticada.No recibe taquilla por el Covid por mas de un año.En Costa Rica las empresas de licores tiene prohibicion de colocar anuncios en recintos deportivos y su consumo en estadios prohibida.Ahi tiene dos entradas importantisimas en 0.Sin embargo el plantel compuesto ahora de jugadores profesionales en su mayoria,es una planilla alta que responder, asi como demas gastos.Los equipos hacen toda clase de esfuerzo por buscar patrocinadores.Vea las finanzas de los participantes hoy dia en nuestro campeonato y vera el desastre.
    Ha pensado que regular aun mas los ingresos al futbol,iria en detrimento del deporte que tanto disfrutamos.Serian los narcos los nuevos patrocinadores ?
    Fuera de la jugada totalmente.

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