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La Costa Rica que tenemos

Fuente: Rolando Araya Monge  |  2011-05-17

Al escribir estas reflexiones, siento dolor por la Costa Rica que se nos escurre entre las manos; preocupación, por el oscuro horizonte hacia delante. El espectáculo en la Asamblea Legislativa el 1 de Mayo, al lado de publicaciones de cifras sobre la verdadera situación nacional, especialmente en educación, estremece a los más optimistas. Ahora, es más claro el panorama para reclamar el chasco de la célebre mesa servida, sentir los tropiezos de un rumbo equivocado, y percatarnos del alarmante declive en la calidad del liderazgo político, como evidenció el tumulto parlamentario.

Sin embargo, la situación nacional es el espejo del ser costarricense que ha decantado en los últimos tiempos, con una dieta mental de valores chatarra e hipnotizado por la basura audiovisual del ambiente. Nada es ajeno a nuestra manera de ser y cada acontecimiento nos refleja. Y tanto unos como otros, los de arriba y los de abajo, los denunciantes y los denunciados, todos somos también parte de una sociedad con un visible deterioro espiritual, moral y psicológico. La crisis política llega a todas partes. Y no es posible sacar un cántaro de agua pura de un estanque con bacterias. Países que creíamos atrasados muestran índices educativos que opacan los nuestros. Los problemas se entrelazan.

Me siento responsable de haber redactado el Estatuto del PLN de 1979, con el cual se produjo la llamada profundización democrática. Con ella, en lugar de subir la calidad de los dirigentes escogidos, desde el inicio se vio cómo muchas personas con prestigio y capacidad se fueron retirando, para evitar aquella vorágine de prácticas vulgares, de anónimos, matráfulas, compra de votos, fraudes y manejos clientelares. El producto político de estos procesos llegó a controlar la elección de candidatos a diputados, y hasta los órganos máximos del PLN. Aun partidos con una cultura de más rigores, como el PAC, han sido afectados por la retirada general de tantos ciudadanos idóneos de la política electoral. Cuesta encontrar gente preparada con deseos de aceptar cargos en los mandos políticos y gubernamentales.

Declinación de valores. Cuando el proyecto de la Segunda República se hallaba ya en el ocaso, a mediados de la década de 1980, no hubo una alternativa visionaria. Sin sueños, se abrió espacio al cinismo y sobrevino una declinación en valores, al oportunismo. Del bienestar del mayor número se pasó al crecimiento económico, como la estrella del norte. La ética del dinero permeó la cultura, incluyendo a la política. La corrupción se vio abonada por esa inexorable tentación en una borrachera materialista. Los programas sociales pasaron a ser señuelos electorales. Se llegó a aceptar la idea dogmática del vínculo irremediable entre crecimiento y reducción de la pobreza. Eso justificó una generación de premisas equivocadas y, como se puede constatar, los índices de pobreza se mantienen al mismo nivel de 1986, mientras el PIB se ha multiplicado varias veces desde entonces. La riqueza se concentra velozmente, y la carga tributaria se perpetúa en niveles tercermundistas. La conflictividad se expande con la frustración.

Los problemas son más difíciles y la incapacidad para resolverlos empieza a angustiar más a la nación, al borde de escandalizarse por el panorama político que ve. Una multifacética oposición, con una importante victoria en la Asamblea Legislativa, también cae en el síndrome de la visión cortoplacista y carece todavía de una propuesta para generar esperanza.

Políticas de Estado. Al iniciarse la presente administración planteé a Ottón Solís y a Luis Gerardo Villanueva la idea de constituir, bajo el alero parlamentario, una comisión de expertos, de figuras notables, con el propósito de dirigir un proceso de definición de políticas de Estado en seguridad ciudadana, educación, energía, infraestructura, salud, gobernabilidad y otros. Buscar consensos, ver más lejos, construir trochas. El PAC prefirió esperar a que se aclararan los nublados del día y el Presidente de la Asamblea se quedó entrampado, sin el apoyo de un Ministro de la Presidencia desvinculado del parlamento, perplejo ante la inusitada campaña electoral en su Partido. ¿y Doña Laura? Ella cree que vamos bien.

Tiempo después, me enteré que Luis Fishman, preocupado por el vacío político, estaba dispuesto a buscar un mecanismo semejante. Y cuando veo la lúcida unanimidad con la cual se aprobó la reforma constitucional para establecer un mínimo de 8% del PIB, como presupuesto educativo, me vuelve el alma al cuerpo, pues estaba a punto de creer que los libertarios prenderían fuego a lo poquito que quedaba de la obra política que distinguió a Costa Rica por varias décadas. Ahora, sería muy bueno que los votos afirmativos a esta enmienda se hayan dado en conciencia de la necesidad de dotar de fondos frescos a una ambiciosa revolución educativa.

No se puede navegar sin rumbo y no hay siquiera una idea del puerto de destino. El país cuenta con personas lúcidas como para abrir un espacio a propuestas visionarias, capaces de dibujar nuevos surcos de esperanza. Podemos empezar de nuevo.

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