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Francia: Al infierno se va por atajos

Fuente: Enrique Uribe Carreño  |  2012-05-04

1. Juana de Arco, la heroína nacional francesa del siglo XV, es el simbolo preferido por el Frente Nacional.// 2. 1 de mayo, militantes socialistas difunden el programa de Hollande.

La ultra derecha francesa lepeniza el fin de la campaña presidencial

Una campaña electoral es un espejo en donde las sociedades ven reflejados sus temores e ideales. En Francia, el pasado 22 de abril, la desazón y la propaganda que, desde hace tres décadas, asocia delincuencia, inseguridad e inmigración han llevado a gran parte del electorado a utilizar la papeleta de voto como guante de boxeo para propinarle un puñetazo al establecimiento (y de paso a los valores republicanos). El Frente Nacional de la ultra derechista Marine Le Pen obtuvo 6 400 000 votos (18%). De manera que entre las dos vueltas, François Hollande (28,5%) y Nicolás Sarkozy (27%) han tenido que dirigirse en particular a los electores seducidos por este nacionalismo new look de la hija del fundador del Frente Nacional. El socialista Hollande lo ha hecho haciendo un llamado a la reconciliación y alertando del peligro que entraña votar por candidatos que “juegan con el fuego, al poner la cuestión de la inmigración en el centro de la campaña electoral”. El candidato Sarkozy, de la Unión por un Movimiento Popular, se ha deslizado vertiginosamente hacia las orillas donde campa Marine Le Pen, glosando sin reparos sobre los peligros de la inmigración, la necesidad de las fronteras y la defensa de la identidad. El próximo domingo, gane quien gane tendrá que vérselas con Le Pen en la tercera vuelta, las legislativas del 10 y 17 de junio. El bipartidismo francés tendrá que componer con un tercer partido, abiertamente nacionalista, anti europeo y, por lo tanto, premoderno. En el discurso del 1 de mayo, la Presidenta del Frente Nacional machacó varias veces sus letanías: “la élite ha traicionado al bravo pueblo francés”, “ellos son mundialistas y europeístas, nosotros nacionalistas y patriotas, ellos son “inmigracionistas”, nosotros no”, “en las próximas legislativas los diputados del frente nacional volverán al Parlamento, serán los soldados, los defensores, los abogados del pueblo francés”. 

Entre 1965, año del último mandato de de Gaulle (fundador de la V República), y 2007, se levaron a cabo en Francia 8 elecciones presidenciales, 6 ganadas por la derecha gaullista y dos por la izquierda. Los dos bandos han respetado el consenso sobre los valores republicanos y en cada elección el disenso ha tenido un claro signo político; es decir, la derecha es conservadora y la izquierda progresista. Tras la primera vuelta, el pasado 22 de abril, Nicolás Sarkozy afirmó que “las ideas de Le Pen no son incompatibles con la República”. Esta declaración quiebra el consenso tradicional mantenido por los dos grandes partidos en torno a los valores republicanos.

En 2002, el candidato de la izquierda, Leonel Jospin, perdió frente a Jacques Chirac, entre otras cosas, por tratar de borrar fronteras ideológicas y querer posicionarse en el centro, llegando incluso a afirmar “soy de inspiración socialista, pero mi proyecto no es socialista”. En aquella ocasión, ante el discurso descafeinado de Jospin, gran parte del electorado de izquierdas dio su voto a los otros 16 candidatos en liza. El resultado fue la elección del nacionalista Jean Marie Le Pen (16%) para la segunda vuelta. Ahora bien, en las elecciones actuales, el candidato de izquierdas, François  Hollande ha reivindicado sin rodeos su familia socialista, sus valores socialistas y anunciando que en caso de victoria haría un gobierno de corte socialista. En este sentido, si hace lo que dice, y, al hacerlo, logra debilitar la gestión tecnocrática, Hollande, se le recordará como el presidente que habrá repolitizado la agenda presidencial. A pesar de que  François Hollande ha sido tratado de inexperto y de Flamby (un flan de sobre) por sus adversarios, por el momento, ha sabido sortear esta elección tratando de ganarse los votos desde las ideas, no desde las tripas. 

“El nacionalismo es la guerra”

Para los Le Pen, padre e hija, entre el Partido Socialista y la Unión por un Movimiento Popular (UMP) no hay ninguna diferencia. Marine Le Pen volvió a repetirlo el 1 de mayo, “no hay ni derecha ni izquierda. El PS y la UMP son dos caras de una misma moneda”. Es la misma retórica populista que desde hace 30 años arremete contra la élite y la acusa de ser cosmopolita y vende-patria; una élite, dice Marine Le Pen, “que ha dado la espalda al pueblo trabajador, abierto el país a la inmigración salvaje, enajenado la soberanía a los tecnócratas de Bruselas”, y un etc. de traiciones más. 

¿Qué responder a Le Pen? Difícil de contradecirla en cuanto al balance social de las dos últimas décadas, caracterizadas por un empobrecimiento creciente de la población. Pero este reproche viniendo de la parte de los Le Pen para mi es más que risible. Primero, los Le Pen son millonarios, siempre se han beneficiado del sistema económico que critican, y, segundo, los remedios racistas que ellos proponen serían peores que la enfermedad que pretender curar. El nacionalismo es la guerra, dijo con razón François Mitterrand.  Por otro lado, es un hecho que en los últimos 25 años, los dos grandes partidos han sido paralizados por una camisa de fuerza tecnocrática, la cual ha vaciado la política en aras de la gestión. Por último, en Francia la formación política de izquierdas que ha gobernado y que se jacta de representar a las clases populares -Partido Socialista- se ha vuelto un partido que los franceses califican de gauche-caviar (izquierda-caviar o socialistas de champán), una izquierda de hábitos caros acusada de haber perdido el contacto con los ciudadanos y cuyo representante más caricatural es Dominique Strauss Kahn, ex director del FMI, amante de champán, de los coches de lujo y de otras frivolidades.

El crisol republicano

¿Qué contenidos hay detrás de las etiquetas de derechas e izquierdas? Tras la revolución de 1789, la derecha y la izquierda giraron cada una en torno a dos grandes matrices: La derecha se reagrupó alrededor del culto de la Nación y la izquierda se especializó en la custodia de los ideales de la Revolución. Con el tiempo, la nación derivó en nacionalismo, siendo éste el carburante de las guerras fratricidas intra-europeas y mundiales. La revolución francesa se exportó, y allí donde se instaló, con gobiernos llamados comunistas, fue incapaz de garantizar los valores de libertad prometidos por los revolucionarios de 1789. Está claro, y es una suerte, la existencia de  movimientos como los “indignados”, “alter mundialistas”, “Piratas” y otras corrientes de opinión ya que tratarán siempre de ampliar las márgenes de la hoja en la que los partidos escriben sus programas. Pero la idea de la Revolución heredada de 1789, por ahora, está agotada.  En Francia, tras dos siglos de luchas sociales se han logrado conquistar derechos que hoy constituyen lo que se ha llamado el crisol republicano. Hoy por hoy, las derechas siguen defiendo la nación y las izquierdas (no todas con la misma convicción) se empecinan en mantener las conquistas sociales. Con la emergencia de partidos como el Frente Nacional se corre el riesgo de caer y fomentar una matriz ideológica que gira en torno a aspectos biológicos y culturalistas. Estos partidos son premodernos ya que niegan las referencias al contrato social. 

En las últimas tres décadas, además del concepto de nación y de los valores de justicia heredados de la revolución francesa, de hecho, han surgido otras dos matrices en la retórica política. Una de estas matrices es la defensa de la naturaleza. La otra matriz, derivada del miedo que produce el no poder controlar la globalización, se concentra en la reivindicación de la identidad nacional y de la raza. El cambio climático, Chernóbil y Fukushima son hitos que sirven de acicate a la movilización ecologista. El 11 de septiembre y la pauperización que azota Europa son amenazas que muchos achacan a la incontrolable globalización. La instalación definitiva de la matriz ecologista es un fenómeno que concierne todo el planeta y enriquece positivamente el debate político. En cambio, el eje ideológico que irriga el discurso nacionalista a partir de la raza y la identidad nacional es una vuelta atrás, a los tiempos del chovinismo patriotero y belicista. Ya desde 1974 -año en el que Jean Marie Le Pen presentó  primera vez su candidatura en unas presidenciales (0.7%)- la ecuación que vincula la delincuencia y la inmigración comenzó a servir en la construcción de la figura del chivo expiatorio moderno. Estudios sociológicos (Tissot Sylvie, Diccionario de la lepenización, 2002) datan de esta época el inicio de lo que se ha dado en llamar “la lepenización de las mentes”, es decir la expresión de un racismo patente en la élites políticas y periodísticas que ven la inmigración como un problema, obvian las dificultades que sufren los inmigrantes e incluso usan el lenguaje de los partidos de ultra derecha como el Frente Nacional : “La invasión” (Giscard), “el umbral de tolerancia” (Mitterrand, Juppé), “las clases sociales peligrosas” y los “sauvageons”-salvajuelos (Chevènement), la “racaille” gentuza o escoria (Sarkozy). Este proceso de lepenización ha desembocado en una “biologización de las relaciones entre el Estado y los extranjeros”, según la periodista de Mediapart Carine Fouteau. 

Consecuencias de las crisis

Francia es un país muy politizado y las presidenciales de 2012 han servido de laboratorio en la búsqueda de respuestas a la crisis que llaman económica o financiera, aunque en realidad es también política y existencial. La ultra derecha ha sido pionera en dar soluciones. Soluciones que ya han sido aplicadas varias veces en el pasado. Casi nada es nuevo en Europa. Si echamos un vistazo a la España del siglo XVI, vemos que las tres bancarrotas (1557, 1575 y 1596) desencadenaron la represión y la deportación de moriscos y judíos (1566 y 1570). En el Quijote, Miguel de Cervantes nos cuenta lo que vivieron los deportados en la época de Felipe II : “Doquiera que estamos lloramos por España, que, en fin, nacimos en ella y es nuestra patria natural, en ninguna parte hallamos el acogimiento que nuestra desventura desea, y en Berbería y en todas las partes de África donde esperábamos ser recibidos, acogidos y regalados, allí es donde más nos ofenden y maltratan…”. La historia se repite. Crisis y deportaciones van de la mano.

La crisis financiera actual se ha acompañado en Europa de la estigmatización, acoso y expulsión. En Francia, Patrick Buisson, viejo camarada de Jean Marie Le Pen, a la sazón consejero del príncipe, fue uno de los redactores del famoso discurso que Nicolás Sarkozy pronunció en Grenoble, en el cual se anticipaban las expulsiones ilegales de gitanos. En 2011, 32.922 extranjeros fueron expulsados de Francia. Para el 2012, primero la barra se fijó en 35.000 deportaciones, luego, entre la primera vuelta y la segunda vuelta de la elección presidencial, el ministro del Interior Claude Gueant anunció que las expulsiones se elevarían a 40.000. En toda Europa, la gestión de los temas que conciernen los inmigrantes se ha vuelto un argumento electoral. La lucha de clases ha dejado el espacio al supuesto choque de civilizaciones. Los nacionalistas se frotan las manos. José Manuel García Margallo, ministro español de Asuntos Exteriores, dejó las cosas claras la semana pasada: “Las dos grandes guerras del siglo pasado fueron precedidas por el ascenso de ese tipo de ideologías, que se acentúa con las crisis económicas, como demostraron Mussolini en Italia, Primo de Rivera en España o la victoria del partido nacionalsocialista en Alemania”. Precisamente, en Alemania, en 2010, un ensayo xenófobo se convirtió en el mayor éxito editorial de la pos guerra, con más de 1 300 000 ejemplares vendidos.  El libro de Thilo Sarrazin, Alemania se auto disuelve, es de hecho un panfleto anti-musulmán y racista, muy parecido a las tesis que Samuel Huntington desarrolló para estigmatizar y alertar sobre “los gravísimos perjuicios que ocasionan los mejicanos a la civilización wasp (White, Anglo-Saxon and Protestant)” en los Estados Unidos. Si por allá llueve, por aquí no escampa.

La tesis de Sarrazín coincide con los diagnósticos de Marine Le Pen y de otros líderes nacionalistas europeos, según la cual los musulmanes son “el foco del problema”. Los patriotas no deben dormirse, dice un prospecto del Frente Nacional, hay muchas tareas pendientes: deben enfrentarse al Islam que atenta contra la nación y menoscaba las bases de la cultura occidental, deben luchar contra el multiculturalismo que es un fracaso, deben expulsar a los inmigrantes que aprovechan y destruyen el sistema de bienestar y deben velar porque la solidaridad institucional (los subsidios sociales) se dirija ante todo a los nacionales. El 22 de junio pasado “el patriota” escandinavo Anders Breivik puso una  bomba que destrozó el centro político de Oslo y luego asesinó en la isla vacacional de Utoya a 66 jóvenes simpatizantes de las juventudes laboristas noruegas. Esta matanza fue el hecho más sangriento acaecido en Noruega desde la II Guerra Mundial, el doble atentado causó 77 muertes. “No eran inocentes ni niños, sino activistas políticos que trabajan por el multiculturalismo”, ha dicho Anders Breivik al referirse a sus víctimas de la Isla de Utoya. Breivik fue miembro del ultra derechista Partido del Progreso, representado por 41 de los 169 diputados del Parlamento noruego. 

Definitivamente un fantasma pardo recorre Europa. En recientes elecciones, los ultra nacionalistas han sacado entre 15 y 30% en seis países (Austria, Finlandia, Holanda, Francia, Hungría y Suiza). Pero fue precisamente en Francia, en las presidenciales de 1988, cuando el líder del Frente Nacional obtuvo 14,5% de los votos que comenzó la fiebre nacionalista en Europa. Hoy, este partido tiene en la mira hacerse con la presidencia en 2017. El domingo próximo, si los sondeos se confirman, François Hollande será elegido presidente y su victoria constituirá una señal de apertura y quizás ayude a frenar la ascensión ultra derechista. Si Nicolás Sarkozy vuelve al Eliseo, y los conservadores franceses se dejan influenciar por la visión política de los lepenistas,  la unidad europea correrá un grave peligro. Al infierno se va por atajos, canta Joaquín Sabina, pero también se puede llegar al tiro, como dicen los chilenos. 

(*) Académico en Estrasburgo y colaborador de Elpais.cr

Comentarios

  • Adrián José Zúñiga Bonilla2012-05-04 Este es el peligro real y, como la historia enseña, puede incendiar al mundo entero. La extrema derecha es la ideología más macabra y destructiva que el ser humano ha creado, pues se basa en el odio, la agresión es su método y la muerte su resultado... La muerte de millones.
  • Bernal Mendoza O. 2012-05-05 Gracias a Elpais.cr por traer este análisis. Los demás medios esconden la verdad. Excelente la página de OPINIÓN. De verdad, ofrece una amplia gama de opiniones censuradas en otros medios. Tienen a los mejores, felicidades.
  • Un_Lector Curioso2012-05-06 Tal vez se le podría responder a Len Pen que Francia debido a su pasado colonialista nada honroso le debe a sus ex-colonias francófonas por lo menos el libre tránsito por sus suelos.
  • Adan32012-05-09 Este mal se declina en otras latitudes como un rechazo al indigena. Citemos aqui a Brecht: "El vientre de" la bestia todavia es fecundo". Este analisis, muy bueno y muy bien documentado prueba que hasta en las mejores familias ocurren incidentes lamentables...

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