sábado 4, diciembre 2021
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Bioeconomía: eje de la transformación productiva con equidad social y sostenibilidad ambiental

La crisis multidimensional, derivada de la pandemia, plantea nuevos desafíos para la recuperación económica y el crecimiento inclusivo y sostenible. Organismos regionales, tales como la Secretaría de Integración Económica Regional (SIECA) y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL), están llamando la atención sobre la necesidad de impulsar un cambio estructural en el modelo de desarrollo económico, que incorpore nuevos ejes de reconversión y trasformación productivas, para la promoción de los encadenamientos y las articulaciones entre los sectores productivos de las distintas economías de la región (matriz insumo producto).

Entre esos nuevos ejes dinamizadores del aparato productivo se encuentra el desarrollo de la bioeconomía, en cuyo ámbito Costa Rica posee una gran variedad de recursos biológicos (núcleos endógenos para el desarrollo sostenible), así como una cultura institucional de conservación y aprovechamiento de la biodiversidad, que hay que actualizar y mejorar.  De tal forma, el cambio estructural (primera condición) que se propone en la Estrategia Nacional de Bioeconomía, que recientemente se hizo pública, deberá estar acompañada por un proceso de cambio e innovación institucional (segunda condición), clave para el diseño y consolidación de un marco jurídico institucional (esquema de gobernanza), que brinde una normativa orientadora y promotora de la política pública y las alianzas público-privadas, en torno al impulso y consolidación de lo que se entiende como sector de bioeconomía (con toda su complejidad y multidimensionalidad).

La tercera condición que acompaña al cambio estructural e institucional para el desarrollo de la bioeconomía es el que se refiere al cambio tecnológico (I-D+i).  La innovación social e institucional, se convierte en centro neurálgico para la articulación y cooperación interinstitucional a las distintas escalas de gobernanza (nacional, regional y local).  Así mismo, se requiere de un enfoque territorial, para identificar y desarrollar capital social (capacidad asociativa), recursos endógenos y ventajas competitivas territoriales, en torno a los cuales definir políticas productivas de precisión, que respondan a las particularidades de cada territorio y a su dotación de recursos (naturales, humanos e institucionales). El reconocimiento y participación de los actores, públicos y privados, en el proceso de identificación, diseño e implementación de los programas de fomento de la bioeconomía, a nivel territorial y local, es clave para la equidad y sostenibilidad de estos. En esta misma dirección, la formación de un sector dinámico y altamente competitivo de pequeñas y medianas empresas, organizado en esquemas asociativos y con apoyo institucional, contribuirá con el empleo productivo y el bienestar de los hogares en las comunidades.

De tal manera, la Estrategia Nacional de Bioeconomía tiene la tarea de identificar actividades productivas con alto potencial en los diferentes territorios (cuarta condición), a partir de lo cual se construyan esquemas de gobernanza adecuados a las particularidades de localización y naturaleza de los procesos productivos, que se quieran promover (quinta condición).  Lo ideal será generar economías de aglomeración (clústeres) en torno a actividades económicas catalizadoras y dinamizadoras del desarrollo económico local y regional, con fuertes encadenamientos hacia atrás y hacia adelante. La forma de hacer este proceso operativo es mediante la identificación y definición de sistemas localizados y especializados de producción, aprovechando las ventajas competitivas estáticas (Porter) propias del territorio y acompañándolas de políticas públicas de reconversión productiva, con gran precisión y eficiencia en la selección y asignación de recursos, para convertir las ventajas estáticas en ventajas competitivas dinámicas (sexta condición).

Los sistemas localizados para el desarrollo de actividades bioeconómicas, parte de una delimitación geográfica en la que se ubican una serie de instituciones públicas y privadas con diversidad de recursos y capacidades (recursos financieros, capital humano, formación técnica, investigación-desarrollo e innovación (I-D+i) y gestión de mercados).  Estas instituciones y sus recursos interactúan con los actores y agentes locales, generando sinergias y procesos de cooperación para el funcionamiento dinámico del sistema.  De tal forma, la generación de encadenamientos productivos y sectoriales se articulan con encadenamientos institucionales, a través de los cuales se genera un círculo virtuoso entre la asignación de recursos (inversión), el aumento en los niveles de productividad y competitividad de las actividades productivas y una mayor participación en los mercados.  El sistema localizado y especializado se sustenta en una estructura productiva caracterizada por la cooperación y asociatividad de los agentes en función de la productividad y la competitividad, lo cual permite no solo la generación de economías de escala, sino también economías de diferenciación o economías de ámbito, como se conocen en la literatura.

El potencial de Costa Rica, para desarrollar sistemas localizados, basados en la especialización en actividades de la bioeconomía, nos muestra un horizonte pintado de colores.  Por ejemplo, el país cuenta con zonas costeras, ricas en recursos naturales y biodiversidad marina (economía azul), para el desarrollo de múltiples actividades económicas sostenibles, tales como: el turismo ecológico y de investigación científica, que se pueden promover a través de convenios con universidades internacionales e institutos de investigación especializados en la diversidad marina, para la bioprospección y cursos y talleres in situ, el cultivo sostenible de especies marinas, como los proyectos impulsados por el Parque Marino del Pacífico de la Universidad Nacional, en conjunto con otras instituciones y comunidades en el Golfo de Nicoya.  En esta misma línea, se puede avanzar hacia la reconversión de los servicios asociados con el turismo costero, a partir del fomento de buenas prácticas ambientales, compras públicas verdes y sustentables por parte de los municipios e implementación de programas, como Bandera Azul, por parte de las comunidades locales.  Esto es también válido para el Caribe, así como para el Pacífico Sur, donde se encuentra concentrada una buena parte de la biodiversidad nacional. Articular actividades productivas con la conservación de dichos recursos debe seguir un enfoque ecosistémico, donde el uso y aprovechamiento sostenible de los recursos se complementa con el desarrollo humano de la población, para de esta forma reducir las asimetrías territoriales que se reflejan en indicadores altos de desempleo, pobreza y desigualdad en estos territorios (séptima condición).

De igual forma, son múltiples las posibilidades de generar economías de aglomeración en torno a los parques nacionales y áreas protegidas (economía verde), que los pueda hacer sustentables a largo plazo.  Los ingresos por visitación a algunos de estos parques nacionales podrían verse aumentados si se articularan políticas institucionales para el fomento de actividades productivas sostenibles, con planificación territorial (planes reguladores) que ordenen y orienten el desarrollo económico de los territorios donde se encuentran.  Un aspecto clave al respecto es el diseño e implementación de un esquema de gobernanza para la formación de clústeres de servicios con sello verde (economía naranja), que permita generar mayores encadenamientos productivos y a la vez haga más sostenible el proceso, a lo largo de las cadenas de valor. Así mismo, los vínculos naturales entre los servicios turísticos (turismo médico y de bienestar) y la conservación y aprovechamiento de los recursos biológicos pueden fortalecerse todavía más en aquellos territorios (como Liberia y San Carlos) que ya han demostrado condiciones para una especialización en estas actividades.

Nuevas líneas de agronegocios, orientadas por el uso de tecnologías y técnicas de manejo sostenibles y con buenas prácticas (agricultura de precisión, agricultura orgánica, biomasa, control biológico, comercio justo), pueden ser exitosas en las regiones Brunca, Chorotega, Huetar Norte y Huetar Caribe. Otro sector con múltiples ventajas de localización y de recursos naturales es el de energías limpias; tanto es así que se ha identificado un corredor que articula territorialmente fuentes de energía hidroeléctrica, energía eólica, energía solar y geotérmica, que transversa varios territorios en la provincia de Guanacaste.  A esto se le debe agregar la experiencia exitosa, que incorpora I-D+i, de la compañía Ad Astra Rocket, con el motor de plasma y proyectos de producción y almacenamiento de energía renovable, lo que podría tener una gran incidencia en el desarrollo de mercados de sostenibles y en el posicionamiento de nuestro país en la reconversión de su matriz energética; lo cual se articula con el Plan Nacional de Descarbonización en el Gran Área Metropolitana.

Para finalizar, el enfoque sectorial y territorial de la estrategia de desarrollo del sector de bioeconomía, debe contemplar el proceso de construcción y reconversión de ciudades y territorios sostenibles, enmarcándolo dentro del objetivo 11 de la Agenda de los Objetivos para el Desarrollo Sostenible: ciudades y comunidades sostenibles.  Avanzar en este objetivo es clave para la consolidación de la estrategia de bioeconomía y para ingresar a las redes líderes a nivel mundial, como el C40 CITIES, que establecen parámetros y políticas para caminar hacia la sostenibilidad urbana. Desde la reducción de CO2, el uso de energías renovables, el adecuado manejo de residuos, redes de transporte público limpio, corredores verdes y espacios públicos inclusivos y libres de contaminación, huertas urbanas y acceso y distribución de servicios básicos sostenibles (agua potable, energía, conectividad); son todos componentes del metabolismo saludable de la ciudad. Evolucionar hacia ciudades sostenibles, ofrece múltiples oportunidades para la aglomeración de actividades económicas relacionadas con el sector servicios especializados, infraestructura y logística de transportes, tecnología e innovación, arte-cultura-gastronomía-recreación, construcción y arquitectura, salud y bienestar, formación de recurso humano, entre muchas otras.

En el contexto de crisis sistémica que enfrentamos, pensar en las oportunidades que el país tiene para dar un paso hacia adelante y emerger, habla positivamente de nuestra resiliencia y visión históricas.  La Estrategia Nacional de Bioeconomía, se inscribe dentro de una aspiración compartida en nuestro contrato social: la transformación productiva con equidad social-territorial y ambiental.

(*) Rafael Arias Ramírez, PhD., Investigador del Programa de Sectores Productivos Escuela de Economía de la Universidad Nacional.

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