sábado 3, diciembre 2022
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Los niños, las tablets y los teléfonos inteligentes

No conozco a profundidad ni he participado en investigaciones relacionadas con el efecto que causa en los menores de edad el uso excesivo de las llamadas tables y los teléfonos inteligentes (que hoy tienen cada uno de ellos más capacidad que la primera computadora que tuve hace treinta años), sino que lo que expondré a continuación es el producto de las observaciones personales y puramente empíricas.

 

Todo parece indicar que el ensimismamiento que causa el uso excesivo por parte de los niños de estos instrumentos electrónicos, deriva posteriormente en la desconección con la realidad de la vida pura y simple, maestra inequívoca que nos enseña a través de la experiencia propia y la observación a través del contacto directo, y en algunos casos llega, incluso, a no crear el sentimiento de pertenencia indispensable para la convivencia familiar y social.

 

El uso de las pantallas en la infancia es un tema controvertido. Está claro que llevamos años viviendo la era digital y todos los cambios que ha producido (para bien y para mal) han venido para quedarse. Muchos padres se preguntan sobre qué efectos puede llegar a tener el móvil y la tablet (el uso excesivo de pantallas, en general) tiene en el cerebro y en la capacidad de atención de los niños.

 

Los niños de ahora, los denominados ‘nativos digitales’ o ‘generación T‘, perciben la tecnología como algo natural ya que ha estado presente desde siempre en su vida. No podemos negarles ni eliminar la tecnología, pero sí introducirla o manejarla de una manera adecuada y que no resulte nociva para su desarrollo.

 

Cuán distinto es hoy el mundo de los niños. En la infancia de los que ya somos mayores y que no gozamos de estas maravillas tecnológicas, sino que jugábamos en las calles y los predios cercanos a nuestras casas, muchas veces con juegos inventados por nosotros mismos, o nos subíamos a los árboles a comer las frutas que directamente tomábamos de las ramas, y pasábamos horas conversando con nuestro amiguitos y compañeros de juego, éramos, por decirlo de alguna forma, mentalmente más sanos.

 

Si observamos el comportamiento de un niño pequeño podemos ver que lo que le mueve o motiva a la acción es la exploración del medio. Los niños necesitan aprender a orientarse, desplazarse, conocer cómo son los objetos (formas, texturas, dimensiones…) y la exploración del medio es el mecanismo que se emplea para ello. No hace falta más que ver a un niño entrar en una habitación en la que nunca ha estado, enseguida cualquier cosa va a captar su atención y le va a enganchar para que la coja, la manipule e incluso cree un juego con ella.

 

Este mecanismo sensorial-atencional, en el que el estímulo que entra por nuestros sentidos (a nivel auditivo, visual, táctil…) genera un impacto en el cerebro infantil y las vías neurológicas se activan hasta poner a nuestro córtex prefrontal (la zona superior del cerebro donde está el mayor control de las habilidades mentales) en funcionamiento, sigue el camino natural de activación neurológica, podríamos decir que es la atención natural.

 

En contrapartida, las pantallas tienen un método de captar la atención completamente opuesto. Este mecanismo genera que podamos atender plenamente sin tener que activar el circuito natural, recibiendo de manera pasiva toda la información sin activar ese mínimo esfuerzo que realizamos de la manera cotidiana.

 

Lo señalado anteriormente, por sí solo, enciende una luz de alerta -o debería hacerlo- en aquellos que tienen la responsabilidad de criar y educar a las nuevas generaciones. Al parecer se ha comprobado una disminución de las capacidades cerebrales en aquellos niños que pasan gran parte del día pegados a sus teléfonos o tablets. Sus capacidades activas de observación se deterioran.

 

Para muchos es común observar, incluso en los mayores, cómo el estar pegados a los teléfonos inteligentes se convierte en una especie de manía, al punto de entorpecer la socialización y el contacto con los demás. Imagínese Usted, ahora, lo que a mediano y largo plazo puede causar en los niños.

 

(*) Alfonso J. Palacios Echeverría

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