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Ha partido un sabio

Fuente: Luko Hilje Quirós  |  2013-06-11

1. Don Jorge León. // 2. Jardín Botánico CATIE- Fachada. // 3. Jardn Botánico CATIE- Placa

La noticia fue muy triste, aunque esperada, pues su salud se había deteriorado de manera irreversible en el último año y medio. En diciembre de 2012, en la celebración de su cumpleaños 96 -a la cual su familia tuvo la deferencia de invitarme-, a don Jorge ya le costaba mucho expresarse, aunque su mente estaba lúcida; de hecho, me contaban ellos que solía leer el periódico todos los días, por lo que se mantenía al tanto de lo que ocurría en el país y en el mundo.

Y, disfrutó de tanta claridad mental hasta años recientes, que no cesaba de hacer aportes, tanto en el campo de la botánica como en el de la historiografía. 

En el primer caso, dejó lista la versión de la segunda edición del notable libro "Nombres comunes de las plantas de Costa Rica", escrito con Luis Poveda y editado por Pablo Sánchez, destacados botánicos. En las casi 900 páginas de tan oportuna obra, aparece información detallada no solo acerca de la nomenclatura popular de nuestras plantas, sino también una breve pero sustanciosa síntesis de la historia natural de cada una de ellas, lo que revela el espíritu de divulgador que caracterizó a este educador de raigambre; además, incluye una rica sección introductoria en la que, como destacado etnobotánico que fue, se esmera en esclarecer el origen indígena, antillano, español, etc. de muchos de esos nombres, la mayoría sonoros y hermosos. ¿No lo son, acaso, esquijoche, malacahuite, mochigüiste, siemymaka, susumba, ascá, cirrí, güísaro, tucuico y turrú?

En el otro caso, tras una prolongada espera, por fin en 2011 apareció el libro "La América Central", centrado en la figura del danés Anders S. Oersted, el primer naturalista que exploró Costa Rica a profundidad. Cabe destacar que en su texto don Jorge compiló el pequeño libro "La América Central; investigaciones sobre su flora y su geografía física", publicado en 1863 en Copenhague, al cual sumó dos artículos poco o nada conocidos del propio Oersted, más una biografía de éste escrita por Robert Brown; aparte de traducir tres de estos artículos, de manera meticulosa él les incorporó abundantes notas explicativas, para facilitar su comprensión.

Asimismo, su lucidez y enciclopedismo lo convirtieron por mucho tiempo en un referente imprescindible para entender numerosos aspectos de nuestra historia natural, así como de los aportes de varios naturalistas, tanto extranjeros como nacionales, en el conocimiento de nuestra biodiversidad. 

Fue justamente eso lo que me acercó a él en los últimos años, pues solía llamarlo cuando en mis indagaciones históricas me surgían dudas a primera vista insolubles, y algunas veces hasta lo visité en su casa. Con su proverbial don de gentes, humildad, paciencia, sabiduría y generosidad, acogía con gran interés mis inquietudes y, más de una vez, me llamó después para ofrecerme la información que me había podido conseguir. Guardo con afecto y gratitud unas tarjetas de fichero, con vetustas referencias bibliográficas, en las que su impecable caligrafía ya empezaba a desdibujarse.

En un artículo intitulado "¡Gracias, querido don Jorge!" (Semanario Universidad, No. 1679, 17-VIII-06) narré lo que significó él para mí desde los albores de mi carrera universitaria. Por cierto, dicho artículo corresponde a la alocución que hice en el homenaje que, con motivo del Día Nacional de la Ciencia y la Tecnología en 2006, le tributó el Ministerio de Ciencia y Tecnología (MICIT) pocos días antes; aunque estaba invitado a ese acto, no figuraba yo como expositor, pero los organizadores me permitieron rendirle ese pequeño reconocimiento, que tuve la oportunidad de releer seis años después, en la celebración de su cumpleaños 96, ante un círculo de familiares y amistades más íntimo.

Cabe hacer aquí una digresión para destacar que, nacido el 9 de diciembre de 1916 en el pintoresco pueblo de Barva, en Heredia, aquel muchacho llamado Jorge León Arguedas no se conformó con ser un abnegado y diligente maestro de enseñanza primaria, graduado en la célebre Escuela Normal de su provincia natal. Más bien, desde el remoto villorrio de Juan Viñas, donde inició sus labores docentes con apenas 20 años de edad, solía dedicar su tiempo de reposo a la recolección de plantas, que enviaba al Museo Nacional; por cierto, fue en esos parajes donde su admirado Oersted efectuó algunas de sus herborizaciones más significativas. Esta relación, que aumentó en intensidad con el tiempo, le permitiría ser reclutado como botánico por dicha entidad pocos años después, donde permaneció unos cuatro años. 

También fue profesor en el Liceo Nocturno, en la capital, y de esos años data su libro "Nueva geografía de Costa Rica", publicado en 1942. Alguna vez me contó que esa fue una iniciativa personal, para orientar a los visitantes que llegaban del extranjero, pero tales fueron su calidad y aceptación, que se convertiría en un imprescindible texto para la educación secundaria.

En 1943, en plena Segunda Guerra Mundial, fue contratado por el Instituto de Asuntos Interamericanos, un ente que desde nuestro país suplía con hortalizas y otros víveres a los casi 20.000 soldados estadounidenses que resguardaban el canal de Panamá; por cierto, dicha entidad fue el antecedente del célebre Servicio Técnico Interamericano de Cooperación Agrícola (STICA), establecido a inicios de 1948, cuyo programa de extensión dio un portentoso impulso al desarrollo de nuestras zonas rurales. Pero para don Jorge este no fue tan solo un cambio de institución, sino una nueva manera de ver la botánica, pues ahora se trataba de incursionar en la fitotecnia, es decir, en la aplicación práctica del conocimiento botánico, y él lo haría con gran solvencia, estudiando, experimentando y divulgando entre los agricultores las mejores técnicas agronómicas para producir los cultivos requeridos.

Concluida la época bélica, y fogueado él en esas lides en el citado Instituto, ya en 1947 se había mudado al Instituto Interamericano de Ciencias Agrícolas (IICA), establecido en Turrialba en 1943. Ese paso marcaría su vida profesional para siempre. A partir de esa época, sus labores no eran tan dispersas, sino que se concentraban en la introducción y mantenimiento de germoplasma (semillas y plantas) de valor económico, para su posterior intercambio con los países que lo requerían. Desde entonces, el eje de su vida profesional fue la fitogenética, lo cual en 1951 lo indujo a emprender estudios doctorales en Washington University, en Missouri, en cercana relación con el célebre Jardín Botánico de Missouri, que hasta hoy ha mantenido fructíferos proyectos para el estudio de las floras costarricense y mesoamericana.

De regreso al IICA, en 1953, empezó a desplegar una ingente y brillante labor en el campo de la conservación y el manejo de recursos fitogenéticos, de cobertura continental y hasta mundial. En 1962, y por seis años, permaneció en Perú laborando siempre para el IICA, y fue ahí donde se nutrió del conocimiento etnobotánico necesario para dar forma muchos años después, como parte de un panel de especialistas, al libro "Lost crops of the Incas", enfocado en cultivos andinos de valor alimenticio, domesticados por los incas; conservo una copia de esta obra, publicada en 1989 por la Academia Nacional de Ciencias de los EE.UU., que él me obsequiara con gentileza.

Sus continuos aportes científico-técnicos, así como su demostrada capacidad de gestión, le merecieron que en 1968 la FAO lo reclutara en su sede central, en Roma, como jefe del Programa de Introducción de Plantas, así como Director de la Unidad de Ecología de Plantas y Recursos Genéticos; fue en ese año que el IICA publicó su libro "Fundamentos botánicos de los cultivos tropicales", que en 1985 mutaría su nombre por el de "Botánica de los cultivos tropicales", convertido en un clásico en su campo y de gran acogida en todo el continente. En estas nuevas labores, la impronta de don Jorge alcanzó una dimensión planetaria, sin distingos de barreras geográficas, ideológicas o religiosas. Como científico comprometido con la humanidad en su más pura esencia, supo llevar a la práctica el lema institucional Fiat panis ("Hágase el pan"), honrando con creces a la FAO, lo que le permitió permanecer allá por unos ocho años.

Pero a este barveño, por entonces de unos 60 años y ya ciudadano universal, lo llamaba el terruño, y decidió retornar a su entrañable Turrialba, tan cercana al Juan Viñas de sus tiempos de maestro, y que había atestiguado el despegue del extenso y fecundo periplo que le había correspondido emprender. En efecto, para 1976 se reincorporaba al hermoso campus del antiguo IICA, ahora denominado Centro Agronómico Tropical de Investigación y Enseñanza (CATIE), donde ejercería el puesto de jefe de la Unidad de Recursos Genéticos y, eventualmente, la subdirección de la institución, siempre con el encomio, eficiencia y distinción que caracterizaron toda su carrera.  

Tras su jubilación, no cesó de colaborar de manera ad honorem con entidades nacionales, en aspectos de docencia, investigación, gestión y fortalecimiento institucional. Especie de hijo pródigo, con desprendimiento entregaba sus vastos y profundos conocimientos y experiencia al país que lo vio nacer.

Fue en esa etapa de su inagotable vida profesional que lo pude conocer, al fundarse en 1989 el  Instituto Nacional de Biodiversidad (INBio). Aunque fue uno de los 11 individuos a quienes nos correspondió fundar esta extraordinaria e innovadora institución, yo como representante de la Universidad Nacional (UNA), no tuve oportunidad de tratarlo entonces, por varias razones. Eso sí, desde sus albores el INBio se benefició con los aportes señeros de don Jorge, quien se convirtió en el vicepresidente de su primera Junta Directiva, secundando a ese otro gran científico que es el Dr. Rodrigo Gámez, virólogo vegetal que tanto ha enaltecido a Costa Rica.  

Uno de los factores que dificultó mi relación con don Jorge fue el alejamiento causado por mi mudanza de la UNA al CATIE, a inicios de 1991, donde laboraría por 13 estupendos años como entomólogo agrícola y forestal, en apoyo de los países del continente americano. Pero recuerdo que fue por ahí de 1994 que, en una reunión a la cual él acudió en el CATIE, tuvimos la oportunidad de conversar. En ese encuentro reafirmé en mi mente los conceptos que tenía de él, como erudito, científico riguroso, metódico, mesurado y juicioso en sus opiniones, humilde hasta los tuétanos, y generoso en compartir sus conocimientos, como un auténtico maestro.

Desde entonces, nos comunicábamos de manera esporádica, pero ya con el vínculo amistoso nacido ese afortunado día de 1994. Con la confianza que le tenía, en el año 2002 le solicité un artículo para la sección "Biografías" de la revista "Manejo Integrado de Plagas y Agroecología", acerca del notable científico ruso Vavilov, proponente del concepto de los centros de origen de las plantas cultivadas, de importancia cardinal en las ciencias biológicas y agronómicas. Don Jorge respondió con presteza, con el excelente artículo "Nikolai Ivanovich Vavilov: padre de la fitogeografía aplicada" y, como él no usaba computadora, lo entregó escrito a mano, con una caligrafía envidiable, a sus 86 años de edad; hoy conservo ese manuscrito en mis archivos, como uno de los documentos más preciados, con la expectativa de donarlo algún día a alguna entidad que le pueda dar el mejor uso posible.

Fue más o menos por esa época que me había propuesto esclarecer algunos pasajes confusos de la historia del IICA, lo que me llevó a un final feliz, que culminó en mi artículo "El caucho, un hongo y la guerra: los orígenes del CATIE en Turrialba", publicado en la citada revista. Pero, aunque hallé fuentes documentales clave, pude despejar las incógnitas esenciales solamente gracias a varias pistas que me aportó don Jorge. Por tanto, no solo incluí su nombre en la sección de agradecimientos, sino que en una versión popular del artículo, intitulada "¿Fue La Hulera precursora del CATIE?" y publicada en la revista "Turrialba Hoy", como dedicatoria consigné lo siguiente: "Al Dr. Jorge León, maestro de las ciencias agrícolas en el continente".

En realidad, para fortuna mía, esos eran nuestros primeros acercamientos, pues en el año 2006, cuando descubrí en estado de abandono la tumba del médico y naturalista alemán Karl Hoffmann en el Cementerio General, dos artículos suyos me resultaron providenciales para profundizar en la vida de este formidable ser humano, lo que al final me condujo a escribir dos libros sobre él. De hecho, ya en 1941, con 25 años de edad, don Jorge había publicado el breve pero importante artículo "Carlos Hoffmann. Nota biográfica", en la Revista de los Archivos Nacionales, y para el año 2002 había salido a la luz su prolijo artículo "La exploración botánica de Costa Rica en el siglo XIX", como un capítulo del libro "Ciencia y técnica en la Costa Rica del siglo XIX", editado por el amigo Giovanni Peraldo.

En los últimos años, durante la prolongada escritura del voluminoso libro "Trópico agreste; la huella de los naturalistas alemanes en la Costa Rica del siglo XIX", actualmente en la fase de diagramación, mis contactos con don Jorge se incrementaron. Y, como era de esperar, no cesaba de aportarme pistas, documentos y opiniones, siempre pertinentes y cabales.

Pero su proverbial generosidad se extendió mucho más allá. Y fue así como hace unos nueve meses, sabiéndose irreversiblemente enfermo, a través de su hijo Jorge nos ofreció a cuatro personas pasar a revisar parte de su biblioteca y tomar lo que deseáramos, confiado en que cuidaríamos bien de tan valiosos materiales bibliográficos. 

Ratón de biblioteca, como lo soy, me deleité toda una tarde esculcando entre cajas y estantes, hasta dar con verdaderas joyas de historia natural, agricultura tropical, e historia de la ciencia y filosofía, entre las que destaca "De la naturaleza de las cosas", del filósofo y poeta romano Tito Lucrecio Caro, que he ido paladeando de a poquitos, como se hace con los elíxires exquisitos; cabe acotar que, antes de don Jorge, este libro perteneció nada menos que a Eduardo Calsamiglia, uno de nuestros primeros y más destacados poetas, cuya firma figura en el libro. Asimismo, hallé una separata del artículo "Fusarium disease of coffee in Costa Rica", referido a esta enfermedad fúngica del café, publicado en 1932 por nuestro sabio Clorito Picado en una revista portorriqueña; en él aparece una dedicatoria, de puño y letra de Clorito, para don Manuel Valerio, quien fuera director del Museo Nacional entre 1932 y 1935.

En fin, mi relación con el entrañable don Jorge fue una permanente caja de gratas sorpresas, el grueso de cuya extraordinaria biblioteca ha quedado en las excelentes manos de su hijo homónimo, economista e historiador, por cierto galardonado el año pasado con el Premio Nacional Aquileo J. Echeverría 2012 por su libro "Historia económica de Costa Rica en el siglo XX: la economía rural". Un hijo digno y afectuoso, al igual que Roberto y Ana Teresa, todas ellas nobles personas y muy destacados profesionales. 

Tal vez fue ese el mayor galardón que recibió don Jorge durante su vida pues, junto con ese ángel guardián que fue doña Maruja Sáenz Ulloa, culta dama descendiente de notables personalidades heredianas, supo sembrar, cuidar y cosechar el espíritu de familia, armonizando sus demandantes quehaceres profesionales con un hogar realmente ejemplar, digno de emulación.

A propósito de homenajes, por fortuna a don Jorge se le pudo y se le supo homenajear en vida, y son abundantes las distinciones que se le hicieron, dentro y fuera de Costa Rica. No es mi intención enumerarlas, pero sí debo destacar una de gran pertinencia, como lo fue el bautizo del Jardín Botánico del CATIE con su nombre, durante la gestión del Director General de entonces, el Dr. Pedro Ferreira. Gracias a la visión y al tesón de don Jorge desde fines de los años 40, en ese predio figuran abundantes accesiones o procedencias de plantas tropicales de importancia agrícola, algunas con gran potencial, pero poco aprovechadas hasta ahora en el mundo.

En cuanto al fallecimiento de don Jorge, yo estaba de visita en el CATIE, montando unos experimentos, cuando fui informado por su familia de que el desenlace estaba cerca. Me enteré ya al atardecer, y decidí caminar un rato por el campus, evocando a don Jorge, así como a tantas personas que supieron enaltecer al IICA y al CATIE, algunos de la estatura de Ralph Allee, Leslie Holdridge, Jorge de Alba, Frederick Hardy, Paulo de Tarso Alvim, Bob Hart, Joe Saunders, Gilberto Páez, Jorge Soria, Gerardo Budowski y Ludwig Müller, casi todos ya idos. A su vez, pensé en los grupos de niños que, uniformados y de la mano de sus maestras, en horas diurnas había visto recorriendo proyectos en el campus ese 5 de junio, Día Mundial del Ambiente, gracias en gran parte a esos pioneros que supieron abrir senderos, tanto en nuestras zonas rurales como en nuestras mentes.

Poco antes de la medianoche, don Jorge descansó para siempre, allá en la capital, donde residió por muchos años. De nuevo, informado por su familia a la mañana siguiente, lo comuniqué al Dr. José Joaquín Campos, Director General, y poco después la comunidad se enteraba con consternación del deceso de don Jorge -pues se le respetaba y amaba como a pocos-, mientras que la bandera del CATIE reposaba a media asta.

Y esa mañana, como debía hacer una diligencia en el Jardín Botánico, aproveché para buscar la placa que reza así: "Jardín Botánico Dr. Jorge León Arguedas. Nominado en reconocimiento a las invaluables contribuciones del Dr. León a la creación y desarrollo de las colecciones de recursos genéticos del CATIE y al conocimiento de la botánica de la América tropical. Turrialba, Diciembre 14, 2001". Estando frente a ella, me percaté de que ese metal y el pedestal de cemento que la sostiene quizás perduren por siglos, eternizando así la memoria de don Jorge. 

Pero, de pronto, me gustó más imaginar su legado de otra manera: eternizado en las simientes que tanto se esmeró en preservar y distribuir a manos llenas porque, aunque frágiles, portan esa irrevocable capacidad germinativa que, entre renaceres y crecimientos, siempre harán posible el prodigio de la vida. Y, tratándose de cultivos, nos hacen abrigar la esperanza de que un venturoso día desaparezca el hambre en el mundo.

(*) luko@ice.co.cr

Comentarios

  • Alejandra Fernanadez Bonilla2013-06-11 Excelente reseña. Me uno a ustedes y les dejo el link de una semblanza que produje en el 2007 cuando don Jorge León tenía 90 año. Fui hasta Turrialba al CATIE con él y su hijo Jorge quien aparece en el video. http://www.youtube.com/user/EspectroCanal15
  • Quírico Jiménez2013-06-11 Maravilloso amigo Luko. Don Jorge León fue mi amigo, le conocí hace más de 30 años. De él y de mi hermano y maestro Luis Poveda aprendí muchísimo sobre las matas. Gran pérdida sin duda. Quírico Jiménez.
  • Juan Carlos Goñi2013-06-11 Con enorme afecto le estoy eternamente agradecido por sus palabras que reviven la grandeza de alma de Don Jorge. Muchas gracias.
  • Carlos Salazar2013-06-11 Tuve la dicha de conocer a don Jorge a finales de 1979 en el Catie, y elaboré reportajes para la Revista Respuesta y la agencia de noticias IPS-Tercer Mundo, uno de ellos era "Congelado hacia el Siglo XXI", una magnifica colección de semillas en una cámara de frío a menos de cero grados, si mal no recuerdo. En esa época me impactó su visión sobre el deterioro de la naturaleza y todo lo que estamos viendo, a causa del mal manejo que hacemos del planeta. Paz a sus restos.
  • Alejandra Fernanadez Bonilla2013-06-11 Excelente reseña. Me uno a ustedes y les dejo el link de una semblanza que produje en el 2007 cuando don Jorge León tenía 90 año. Fui hasta Turrialba al CATIE con él y su hijo Jorge quien aparece en el video. http://www.youtube.com/user/EspectroCanal15
  • Francisco Jiménez2013-06-13 Brillante reseña Luko, como siempre. Indudablemente aún con la riqueza de nuestro idioma, faltan palabras para expresar las múltiples cualidades humanas, científicas, profesionales, los enormes aportes de Don Jorge a la humanidad; Don Jorge sí es un benemérito de la Patria.
  • Jeffrey Jones2013-06-13 Que triste noticia. Me complace mucho esta nota de Luko muy completa, ya que destaca la gran contribucion que hizo Don Jorge a CATIE en el campo fitogenetico. Es un legado digno del gran hombre, Jorge Leon.
  • Ronald Chaves Cardenas2013-06-13 Excelente articulo Luko. No tuve el placer de conocer al Maestro, pero al leer esas epicas odiseas de un tico enamorado de sus tierra, de su quehacer, de su ente y de los amantes de las plantas, me viene en mente pensar que seria estupendo puideras dedicar algun dia tiempo, si aun no lo has hecho, para escribir sobre Julio Valerio, Jose Joaquin Leiton Jimenez y Pittier, precursores del conocimentro etnobotanico de Costa Rica y de la Ameica Tropical. Te felicito una vez mas por deleitarnos con paginas que enriquecen nuestro animo.
  • José Rafael Flores Alvarado.-2013-06-13 Pérdida de un gran investigador y científico, mis condolencias a sus familiaes
  • Yaqueline A. Gheno-Heredia.2013-06-14 Genial!! gracias por compartir estos pensamientos y sentimientos tan profundos sobre Don Jorge! yo solo conozco algo de su obra como el Libro que menciona sobre la "Botánica de los cultivos tropicales", Soy mexicana y he visitado Costa Rica, tengo ahí grandes amigos y colegas y es muy importante difundir este tipo de reseñas, pues no es lo mismo conocer la obra por los libros que asercarse a la vida y pasión de un personaje tan ilustre de nuestro mundo!!! Gracias de verdad, porque con tus palabras, me hiciste sintir que yo también conocí a Don Jorge!!!! y con su existencia reafirmar mi convicción sobre el gusto y el amor a las plantas y a la Etnobotánica!! Gracias.
  • Jose Rutilio Quezada2013-06-21 Luko: Te felicito por tan amplio y bien escrito articulo sobre la vida y obra de don Jorge. Siempre sigo con interes tus articulos, en los que se destacan la minuciosidad historica y la prosa de hermoso estilo. Que la el Creador haya recibido a don Jorge en su seno y que descance en paz. Jose Rutilio Quezada
  • Rodolfo Martínez López 2013-10-172013-10-17 No tuve el placer de conocer a tan destacado intelectual costarricense, emergido de la más costarricense familia y terruño nacional, a través de su prosa sobria y serena, has sabido decantar toda la admiración que por tan noble espíritu lleno de humanismo, humildad y grandeza investigativa has desarrollado, no tuve el placer de conocerlo, leer sus libros, ni estar el alguna de sus sapientes y emotivas charlas, no todos somos tan afortunados en esta vida, otros conocieron y disfrutaron de oír y tener tan cerca a nuestro señor Jesucristo como hoy yo tengo mi computador, eso no es justicia ni injusticia, sino solamente el devenir del ignoto destino de los hombres, creado y desarrollado por un Dios que siempre busca lo mejor para todos nosotros, no tuve el inmenso placer de conocer a don Jorge, pero a trabes de tu pluma llena de nostalgia y de sentimientos, has trazado un cuadro de su vida digno de un Rembrant y has sido tan integral y completo en tu descripción del maestro, que hoy yo casi dudo si lo conocí, porque en este momento yo también sufro por la perdida de tan valiosa y distinguida figura de la intelectualidad humanista costarricense...para su familia ruego al señor Jesús derrame mirra espiritual que aplaque un poco el inmenso dolor que los flagela y sus ángeles traigan la conformidad, paz y aceptación, que él se encuentra disfrutando de una de las mansiones que nuestro señor Jesucristo prometió a sus hijos selectos, a usted Luko solo puedo humildemente volver a felicitarlo, por poner al servicio del pueblo de Costa Rica el acervo valiosísimo de su ingente talento y formación científica como destacado Biólogo y Entomólogo, como exhaustivo investigador de los intrincado vericuetos de nuestra historia patria logrando gracias a su ingente esfuerzo llevar luz y claridad en temas donde antes sólo existía sombras, opiniones y confusión; pero sobre todo por ser un destacado, sobrio y estilizado prosista, que como nunca me caso de libarlo, nunca me cansaré de degustar sus excelentes artículos. ¡Lo felicito y por favor síganos permitiendo disfrutar de su prosa y ensayos tan interesantes y útiles para aumentar nuestra cultura, gracias!
  • Ana cecilia Campos Camacho2013-10-21 Que interesante conocer la vida y obra de personajes costarricenses tan entregados y comprometidos con lo nuestro, llamese ciencia, educación, cultura. Que hermoso conocer para valorar más a estos profesionales hechos en los tiempos del honor y la honradez, que reflejan el ser de un tico auténtico, sin contaminación, ni corrupció, lleno de amor por lo que hace, que orgullo que sea un herediano este valioso señor, que nos dejó grandes enseñanzas. Lo felicito por mostrarnos su valiosa obra.

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