miércoles 17, agosto 2022
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COVID 19: ¿Salvar a la humanidad o salvar la economía de mercado?

Esta historia comienza hace millones de años, pero como toda historia, se conecta con el presente; el presente tiene mucho que ver con esa evolución.

El planeta tierra tiene su origen hace más de 4.600 millones de años. Las plantas, cualquier sea su especie y porte, aparecen en un período que es de entre 1.500 y 4.000 millones de años. Por su parte los animales, muchos de los cuales han desaparecido como especies, surgen en la faz de la tierra unos 500 millones de antes de nuestra época. Finalmente, el ser humano tal cual lo conocemos hoy día, el homo sapiens, después de haber pasado una larga evolución como primates, está en la tierra hace alrededor de 500.000 años. Y la agricultura, una actividad con la que las personas satisfacen necesidades vitales, se establece hace unos 15.000 años, y su evolución en términos de progreso, y de extensas áreas ganadas a la naturaleza, adquiere una evolución explosiva desde unos 150 años atrás.

En el párrafo precedente hemos omitido deliberadamente una cuestión central en el propósito de este trabajo: destacar que los microorganismos (hongos, bacterias, virus) están presentes en la superficie del planeta tierra desde hace al menos 3000 millones de años. Desde entonces, los virus han vivido en la naturaleza, sobre plantas y animales, pero como son menos que microscópicos, no los hemos detectado hasta hace relativamente poco.

Si bien el ser humano es un producto natural de la (larga) evolución de las especies, en un periodo cortísimo de la historia planetaria ha venido interrumpiendo el equilibrio natural, y cada vez más intensamente. Ahora ya no solamente empujado por sus necesidades básicas, sino también con el espíritu de lucro (como única racionalidad para la toma de decisiones) con que lo ha contagiado el capitalismo, y cada vez a un ritmo mayor, la sociedad expandió sus fronteras a expensas de un acaparamiento de las bases naturales.

La sociedad creyó que con su raciocinio, y con la ayuda de la tecnología, cada vez más sofisticada, podría dominar, conquistar a la naturaleza, incluidos esos pequeñísimos “bichitos” a los que denominamos virus, cuya etimología viene de veneno. Pero, a fines de 2019 y principios de 2020, esa ecuación se alteró.

Ahora es la sociedad la que está sorprendida, con miedo, angustia, ansiedad, pareciendo dominada por el microbio. ¿Se puede derrotar, o al menos contener al coronavirus? ¿Tendrá la humanidad nuevamente un “as bajo la manga” que nos auxilie?

No nos engañemos; no se trata solamente de que el coronavirus puede matar al que lo contrae: está afectando y profundamente, la economía y el paradigma en que vivimos en el mundo contemporáneo.

Desde la postura antropocéntrica lo más lógico es preguntarse: ¿cómo es posible que la humanidad, que ha llegado a manipular los genomas, o sea la dotación genética de muchas especies animales, vegetales, bacterianas, conozca sólo parcialmente las características biológicas de este virus, cuál es su hábitat en la naturaleza, o si fue recientemente duplicado o mutado en un laboratorio, cómo llega al ser humano, etc.?

Los líderes políticos a nivel mundial se han tenido que enfrentar a algo novedoso, y en muchos casos sólo hacen lo que pueden para tratar de salir airosos. Algunos, debiendo recalcular casi a diario la estrategia de cómo enfrentar este “enemigo invisible”, otros negando su existencia, y unos pocos tratando de tomar todos los recaudos para que la situación sanitaria no haga estragos en su población. Todo esto claro, en una delicada tensión con los impactos que cada estrategia tiene en la economía que tampoco gozaba de buena salud, al menos en el contexto latinoamericano.

Gran parte del espectro de los hombres más ricos y ciertas instituciones, no pueden seguir pensando únicamente en la ganancia; deben volver su razón hacia este organismo sub microscópico, y en un mismo plano, a las personas más vulnerables y pobres.

En esta coyuntura tan complicada es necesaria la revalorización del rol del Estado como factor de articulación de todas las fuerzas de la sociedad. Sin embargo, no es difícil notar falta de diálogo efectivo de una dirigencia que usualmente no expone ideas y menos aún visión de futuro. Esto es así tanto frente a esta coyuntura, pero sobre todo frente a los desafíos de constituir una sociedad global más justa y equitativa, en un desarrollo armónico con el medio ambiente.

A riesgo de ser incompletos o parciales en estas apreciaciones, debemos reconocer que en los países afectados por el Covid 19, el Estado, quizás tarde en algunos países, ha sabido asumir el rol que le corresponde, como son la aplicación de políticas públicas que contribuyan a “contener” al virus. Si bien la gravedad y globalidad de la pandemia han hecho necesarios mayores controles, restricciones y generación de datos personales, habrá que estar atentos a las condiciones del nuevo equilibrio post-pandemia en cuanto a libertades fundamentales.

Lo que no se puede justificar, es que, ante la carencia de insumos médicos y otros, se discrimine entre quiénes viven y quiénes no. Como expresa Enrique Leff, se necesita de una “justicia sanitaria”.

En este sentido, en estos últimos días, se ha visto un fuerte crecimiento del Covid 19 en las villas de la ciudad de Buenos Aires y del gran Buenos Aires en Argentina; esto es una demostración cabal de que el hacinamiento, la falta de empleo, etc., son “cómplices” en la propagación de la pandemia.

Es posible que la sociedad supere esta crisis, pero debemos transformar el modelo que nos rige, en una sociedad más respetuosa de la naturaleza, más solidaria, más inclusiva, menos materialista, que sepa convivir con riesgos de todo tipo, en la que el lucro no sea el único objetivo que mueva a las personas.

También se requiere, ya para facilitar la transformación del modelo vigente, un Estado más presente, que no necesariamente implica un estado autoritario, sino una estructura de gobierno que atienda a las necesidades de los más vulnerables. Esto no será fácil; ante un avance explosivo del virus, el Estado debería contener eventuales convulsiones sociales de cierta magnitud.

El tema del tipo de Estado que pueda contener y dar respuesta a la inquietud social, cuando no violenta, es un tema en discusión entre muchos intelectuales. Unos afirman que lo más eficaz sería un estado democrático para que tenga más participación la sociedad en pleno, y otros se inclinan por uno autoritario, una especie de Leviatán sanitario que pueda resolver o reprimir estos conflictos.

Pero, ¿tendrán los Estados actuales la suficiente fuerza legal para ejercer el rol antes citado, dando a la vez respuesta a la crisis económica y a la crisis ambiental?

Las tendencias macroeconómicas globales, y fallas en las políticas sociales enfocadas sólo al asistencialismo, soslayando las políticas de prevención, han relegado las inversiones en infraestructura básica, sobre todo para la educación, la salud, el acceso al agua potable, el saneamiento, etc.

Por su parte, algunos economistas opinan que se debe volver a un nuevo New Deal que permita movilizar la economía, generar empleo para las millones de personas desocupadas en el mundo, las que ya arrojó la pandemia, y las que seguirá generando, aun cuando se la mitigue. En cualquier caso habrá que generar políticas más igualitarias e inclusivas

Independientemente de la eventual superación de Covid 19, con su probable erradicación, la humanidad y sus gobiernos no deben olvidar, y asumir responsabilidades, que se enfrentan a una triple crisis, quizás nunca ocurrida en este planeta; la crisis del coronavirus, la crisis ambiental y del cambio climático, y la crisis económica. La sociedad no debe pensar solo en cómo protegerse del coronavirus, sino qué hará con el mundo cuando se “vaya” el Covid 19.

Por otro lado, las manifestaciones ambientales positivas debido al freno de mano forzado a la Economía, arroja un indicador indiscutible de la correlación entre escala de los procesos socio-económicos (el metabolismo socio-económico) y degradación del ambiente. Hablamos de reducción de emisiones de gases de efecto invernadero, reducción del smog en grandes urbes, resurgimiento de la biodiversidad en ámbitos urbanos, etc., como se ha expresado en varios medios de difusión y en ámbitos académicos.

Como conclusión de estas líneas, todo esto conduce hacia una reflexión acerca de la necesidad de un cambio en el modelo de desarrollo, teniendo en cuenta, las tres dimensiones ya mencionadas: economía eficiente que satisfaga las necesidades de la población con una necesaria y paralela preservación de lo ambiental.

(*) Alberto López Calderón1 – Claudio Passalía2

  1. Ex­­­­‑presidente de la Asociación Argentino-Uruguaya de Economía Ecológica (ASAUEE).

lopezcal@hotmail.com

  1. Universidad Nacional del Litoral / CONICET (Argentina). ASAUEE.

cpassalia@unl.edu.ar

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