martes 7, febrero 2023
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El aborto existencial

El terrible vacío interior del hombre*, cada día que pasa es más y más profundo, la indiferencia hacia todo lo que no sea externo, nos muestra cómo nuestro ego ha suplantado completamente nuestra capacidad de razonar, de reflexionar, de pensar; hemos introducido en nuestro interior el inmenso deseo de poseer, de tener, de utilizar. Basta mirar un poco alrededor y veremos esa imperiosa necesidad de tener, que borra nuestra humanidad para convertirse en sistemática y lóbrega idolatría de las cosas materiales: cual fetiche imprescindible de nuestra existencia.

Durante los ajetreados meses de la pandemia actual, cuando todo parecía derrumbarse, en el fondo hubiéramos creído que regresábamos después a una vida más sencilla, menos materialista, había desaparecido la sonrisa de nuestros rostros, quizá una vez fuera seríamos mejores esta vez. Fue en vano, se borró el sufrimiento.

Una vez pregunté a un amigo muy sabio, ¿cuál es la razón para que un borracho después de los estragos causados por una fiesta, sea incapaz de acordarse de estos dolores ante la primera fiesta que regrese? Mi amigo después de mucho pensar me dijo: -Porque se olvida el dolor y es suplantado por el recuerdo de la sensación gratificante de las primeras copas.

Mucho pensé en esa frase, pasó el tiempo y veo que la mente humana prefiere borrar todo lo malo y sustituirlo por imágenes idealizadas de una parte de esa realidad.

Este fenómeno se da en todos los ámbitos de nuestra existencia, preferimos ignorar las cosas que nos llevan a meditar profundamente sobre X o Y temas, entonces caemos nuevamente en el hoyo.

De todas maneras, la “inteligencia artificial”(que no es artificial ni es inteligencia), ha creado la falsa sensación de que todo lo sabemos a un click de distancia, todo, porque creemos fatalmente que internet es la fuente de la sabiduría, siendo que cada día nuestros teléfonos y computadoras nos aíslan más y más no solo de las demás personas, nos aíslan de nosotros mismos.

Le pregunté a una magnífica amiga, cómo hacía para mantener contacto con cinco mil “amigos” de Facebook, me dijo que eran sus amistades. No supe que responder. No todo en el mundo virtual digital es malo, claro que no, lo malo no es su uso, lo malo es la dependencia que vamos desarrollando de esa realidad virtual.

A la medicina le ha causado un inmenso bien y enorme mal, bien porque es fácil revisar datos que de otra manera antes no podíamos tan sencillamente aclarar, mal porque ahora mucho paciente llega a “tantearnos” (como a las gallinas antaño, que había que palpar con un dedo a ver si tenían huevo), a ver si sabemos o no acerca del mal que le aqueja. Son verdaderos duelos de conocimiento, lo cual no estaría mal si no interfiriese con el acto médico-paciente. Esto es aplicable a cualquier otro campo, si lo menciono es porque yo lo he vivido.

Hemos aceptado “la muerte de Dios” de Nietzsche, no lo vemos no existe, es la razón de esta sinrazón, no vemos la virtualidad cómo se trasforma de letras, figuras y sonidos, aunque creemos que existe, pero negamos a Dios.

Hemos abortado nuestro espíritu, mediante una manera de pensar negacionista, entonces saliendo de esta tragedia de la pandemia, ahora volvemos la vista fuera de la tragedia que viven dos pueblos parientes entre sí: Ucrania y Rusia.

El vacío interior lo hemos llenado de cosas materiales (de su imagen) y poco o nada tenemos de vida espiritual, posiblemente porque tampoco creemos que exista el espíritu o el alma, no, solo somos producto de la azarosa evolución, nada más. Somos el resultado perfecto de un aborto existencial.

*Genérico, humanidad, ellas y ellos.

(*) Dr. Rogelio Arce Barrantes es médico

 

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