miércoles 28, febrero 2024
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Algo malo está sucediendo

Sin caer en la ridícula moda del catastrofismo que tan frecuentemente aparece en los medios digitales, o en el negativismo absurdo de ciertos medios de comunicación locales (impresos, televisivos y radiales), que más parece el resultado de la manipulación y deformación intencionada de la información, hasta el punto de haber perdido casi totalmente la credibilidad del público, creo necesario realizar algunas reflexiones acerca de lo que actualmente está sucediendo en el área de influencia más cercana a la región europea, que en cierta forma es la responsable primigenia por sus acciones de hace más de varios decenios.
Me refiero al Oriente Medio, a África y a Ucrania, que son los más conocidos pues los medios de comunicación les prestan mayor atención.
Oriente Medio es, a día de hoy, una región con múltiples focos de inestabilidad y un creciente grado de complejidad en las crisis y conflictos que afectan al conjunto de sus países. La destrucción de Siria, la descomposición de Irak, las convulsiones en Egipto y Libia, las rivalidades entre las petromonarquías del Golfo, las complicadas relaciones con Irán, el malestar social extendido, la explotación de las divisiones etnosectarias, la expansión de yihadismo, la confusión de la política de Estados Unidos en la zona y la perpetuación del conflicto israelo-palestino son algunos síntomas –y también resultados– de la creciente complejidad que está experimentando Oriente Medio.
El conflicto israelí-palestino se reavivó de nuevo el sábado 7 de octubre después de que Hamás (y entendámonos, no el Estado Palestino, sino Hamás) lanzó una ofensiva sorpresa contra Israel. En represalia, el Estado Hebreo ordenó el lunes 9 de octubre el «asedio total» de la Franja de Gaza controlada por el movimiento islamista palestino. Se trata de un nuevo capítulo mortífero de un conflicto que se remonta a mediados del siglo XX.
Los innumerables conflictos que se están viviendo actualmente en África nos lleva a hablar de una «triple crisis» que afecta a los sectores alimentarios, energéticos y financieros. Como consecuencia de este drama humano muchos países africanos viven una incesante subida del precio de la vida, lo que conlleva un aumento del número de personas que pasan hambre.
Esta triple crisis supone un círculo vicioso, pues genera una inestabilidad política y social que, de nuevo, vuelve a ser la mecha que enciende nuevos conflictos. Y, por si fuera poco, la pandemia de la Covid-19 y la Guerra en Ucrania han agravado más la situación, según el Secretario de la ONU, António Guterres. Tanto es así, que África tiene la cifra más alta de conflictos armados en todo el mundo. Se estima que la cifra de muertos civiles producidos por los conflictos armados africanos, en los últimos años, está cerca de los seiscientos mil.
Ahora mismo estamos viendo una situación mucho más desesperada, alertaba en declaraciones a Euronews la directora científica del centro de investigación NOVAFRICA, Cátia Batista. En ese sentido, también las autoridades europeas son conscientes de que una crisis sin precedentes en el continente africano desembocará en una mayor presión migratoria. Sin ir más lejos, en una entrevista en Bloomberg, el vicepresidente de la Comisión Europea, Margaritis Schinas, advirtió sobre las consecuencias de la crisis en África: que los nuevos flujos de migraciones hacia Europa no iban a ser tan manejables.
Por otro lado al inicio de 2013 se observaba un proceso consistente en un amplio giro geopolítico en Europa, que empezó con el reposicionamiento de Rusia como potencia regional y con el debilitamiento de la presencia de Estados Unidos en este continente, porque se hallaba inmerso en las intervenciones militares en Afganistán e Irak desde principios del decenio del 2000. Este giro inició aproximadamente en 2005. Además, Alemania se había acercado a Rusia, a la vez se había distanciado de Estados Unidos, en cuanto a sus nexos comerciales. Por estos cambios en la correlación geopolítica de fuerzas, surgieron nuevas tendencias de alineamiento de los países europeos. Así, el corredor europeo oriental que comprende los Estados Bálticos, Polonia, la República Checa, Eslovaquia, Hungría, Rumania y Bulgaria, denominado corredor Intermarium, emergió como un área de contención entre Rusia y Estados Unidos.
Esto significa que la línea de batalla que dividía Europa entre los dos bloques de la Guerra Fría se movió hacia el Este y los países a lo largo de esta línea son aliados de Occidente.
Rusia, a su vez, ha venido posicionándose como gran potencia energética del siglo XXI y ha desarrollado una red de oleoductos y gasoductos que podría convertirla en el gran árbitro del suministro de petróleo y gas para Europa y los grandes centros económicos y demográficos del Asia Oriental (China, India, Japón, Corea del Sur).
Esta nueva estrategia de Rusia ha cambiado la geopolítica tradicional de Europa durante la Guerra Fría, acercándose a Alemania por el consumo alemán de energéticos rusos, hecho que es contrario a las recomendaciones del padre de la visión geopolítica británica, Sir Halford Mackinder, que aconsejaba a las potencias marítimas la estrategia de separar a Alemania de Rusia.
Cada vez es más evidente, por tanto, que el orden unipolar del poder mundial cede espacio al multipolar. Este proceso, sin embargo, no puede transcurrir sin conflictos, ya que la aparición de nuevos actores internacionales quita poderío a las potencias ya establecidas acostumbradas a un liderazgo sin condiciones. Sin embargo, al inicio de su primer periodo presidencial, Barack Obama reconoció esta nueva realidad mundial e intentó articular una nueva política exterior para con Rusia, denominada reset, que fracasó por las presiones de los republicanos más renuentes a aceptar esta nueva realidad.
En esta transformación geopolítica se inscriben los acontecimientos que hoy atestiguamos en Ucrania, donde por un golpe de Estado, de manera muy violenta y aliándose con los nacionalistas ucranianos que poseen una ideología racista, antirrusa y antisemita, semejantes a la del nazismo alemán de Hitler. Occidente colocó en el poder a un gobierno antirruso, que fracturó la constitucionalidad del poder presidencial en Ucrania, ya que Víctor Yanukóvich, presidente derrocado, fue elegido legalmente. Esta acción fue un acto desesperado ante la negativa del presidente Yanukóvich de firmar el Acuerdo de Asociación Oriental en Vilnius, en noviembre de 2013.
Todo lo que sucedió posteriormente, incluyendo la persecución de sus propios ciudadanos en los territorios limítrofes con Rusia, las presiones de la OTAN por cercar a la Federación incluyendo a Ucrania en dicho cerco, el haber desoído todos los llamados rusos al diálogo, y la invasión posterior que conocemos, develó claramente los interese de la Unión Europea y el imperio norteamericano con respecto del surgimiento ruso.
La situación no está concluida, ni mucho menos, y las consecuencias para los países de la Unión Europea han sido desastrosos, contrario a lo que esperaban con los miles de sanciones impuestas a Rusia. Además de que ni siquiera sospechaban la fortaleza tecnológica armamentística rusa, que se ha demostrado ampliamente.
Solamente he mencionado tres casos, aunque en nuestro país los medios de comunicación poco o nada dicen de ellos, que ilustran el peligro inminente que rodea a todo el orbe, en caso de agravarse las tensiones existentes, y otras que pudieran surgir en adelante.
Y detrás de todo ello, disfrazándose de intereses geopolíticos de lo que llamaríamos hoy potencias, se encuentra el inmenso poder de las industria armamentística mundial, norteamericana y europea, que lucran a sus anchas con todos estos conflictos.
Lo interesante de todo ello es que, si vemos detenidamente la historia de occidente, encontraríamos que las dos guerras mundiales se llevaron a cabo en Europa, fueron los países europeos los que convirtieron en colonias extensos territorios del cercano oriente (y hasta del lejano oriente) y de África, que el imperio norteamericano aprendió muy bien la lección y se apoderó prácticamente, aunque por otros medios, de todo el planeta, con pequeñas excepciones, en beneficio propio. Y que la historia ha sido tergiversada descaradamente, a fin de ocultar no solamente atrocidades, sino también la codicia desmedida que ha guiado la acción de las potencias de antes y actuales.
Mientras el egoísmo de los grandes conglomerados económicos, la prepotencia descarada y el absoluto desprecio del derecho internacional continúen como van hasta ahora, la visión prospectiva para la humanidad no es, precisamente, muy optimista.
(*) Alfonso J. Palacios Echeverría

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